He Visto al Señor


Juan 20.1-19

Si algo se hace notorio en la Semana de la Pasión, es la madurez de Cristo. Hay quién ha dicho que la madurez consiste en hacer lo que conviene hacer, independientemente de si nos resulta fácil o agradable hacerlo. El testimonio de Jesús se convierte en un imperioso llamado para que maduremos. El recordatorio de su vida y de la congruencia. Una y otra vez hablamos sobre la imperiosa necesidad que tenemos de madurar, de crecer en Cristo. Estoy seguro que algunos esta semana, al reflexionar en la obra de Cristo, se propusieron madurar y quizá hasta elaboraron una lista sobre las cosas que debían hacer y las que no. En algunas han avanzado y en otras no. Pero, ¿estamos madurando?

La palabra madurez viene del griego teleios que significa habiendo alcanzado su fin, acabado, completo. Esta es la misma palabra para perfecto, así que madurar es hacerse perfecto y madurez es perfeccionar. ¿Quién puede hacerse perfecto a sí mismo? Nadie. Por lo tanto debemos preguntarnos qué es lo que nos permite madurar. Qué es, precisamente, lo que debemos hacer para estar en condiciones de ser perfectos. La respuesta es terriblemente sencilla, la madurez la alcanzamos cuando estamos henchidos de Cristo (Ef 4.13 LBAD). Esta expresión se traduce como “crecer en todo hacia Cristo”, en DHH y, hasta que todos lleguemos a… la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, RVA. En Efesios, Pablo se refiere a Cristo como el varón perfecto. Los creyentes, sus discípulos, debemos vivir en unión vital con él, enraizados en él, y nutrirnos de él. Manteniendo un ritmo de crecimiento en el Señor, y fortaleciéndonos y vigorizándonos en la verdad.

Considerar esto nos hace ver que la madurez, el crecimiento, es un fruto, es consecuencia de algo más. De entrada, no tiene que ver con lo que hacemos, sino con lo que somos. De acuerdo con la Biblia, tiene que ver con nuestra posición en Cristo, con nuestro estar en Cristo. El mismo Señor Jesús, poco antes de su muerte y resurrección, exhorta a los doce diciéndoles: Procuren vivir en mí y que yo viva en ustedes. Una rama no puede producir fruto cuando está separada de la vid, ni ustedes pueden producir frutos [madurar] si se apartan de mí. Sí, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Cualquiera que viva en mí y yo en él producirá una gran cantidad de frutos, pero separado de mí nadie puede hacer nada. Juan 15 LBAD

María Magdalena, ¿la recuerdan?, es un modelo que nos permite entender mejor esto. De acuerdo con Lucas, María Magdalena (de Magdala), era una de las mujeres que seguían a Jesús y le servían con sus bienes. Pero también nos dice cuál es el punto de partida de la relación de esta mujer con Jesús. Era ella, nos dice el evangelio: de la que había expulsado siete demonios. Juan, por su parte, al introducir a María Magdalena en el relato de la resurrección, nos ubica en el extremo teleios de esta mujer, cuando registra las palabras que ella exclama ante los discípulos incrédulos: ¡He visto al Señor!, les dijo, y, resalta Juan, les comunicó el mensaje.

Tomemos nota, la que había sido liberada de siete demonios, aparece haciendo común, es decir, comunicando a Cristo. ¿Cómo puede llegar una persona de ser poseída por siete demonios a ser un instrumento de las buenas nuevas de Dios? La respuesta es, otra vez, terriblemente sencilla: María Magdalena, la que estuvo llena de demonios, al pie del sepulcro está henchida de Cristo por cuanto ha permanecido en él. Sí, su presencia en el sepulcro da testimonio que María Magdalena permaneció en Cristo y al lado de Cristo.

La cruz no tuvo el poder de separarla del Señor. Es cierto que, en el Calvario, se mantuvo mirando de lejos, pero su presencia en tal lugar daba testimonio de su cercanía con Cristo. Confundida, llena de dolor y confusión, pero, cercana a Cristo. El primer día de la semana, muy de mañana, entre las tres y las seis horas, fue el sepulcro. Una superstición judía decía que el espíritu de los muertos se mantenía rondando su cadáver por tres días. Quizá María quería permanecer ahí donde el espíritu de Jesús rondaba.

Sin embargo, el hecho más evidente de su cercanía con Jesús, resulta serlo el reconocimiento mutuo que se da al pronunciar ambos el nombre del otro. María, Raboni (Maestro). María sabía que Jesús pronunciaba su nombre como ningún otro podía hacerlo. Por eso, al escucharlo, supo que era Jesús. Con toda seguridad, María no entendía lo que estaba pasando alrededor de la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús, ni las razones de todo ello. Pero permaneció cerca de Jesús. Permaneció unida a Jesús, como buena rama permaneció unida al árbol. Y, entonces, dio fruto, hizo evidente su madurez en Cristo.

La expresión registrada por Juan en el verso 18, requiere de nuestra especial atención. María se refiere a una experiencia personal, conciente, impactante: He visto al Señor. El mensaje de María sigue a la experiencia que la misma ha tenido con el Señor. La madurez siempre sigue a la experiencia. En las cuestiones del Espíritu, no puede madurar quien no tiene una experiencia personal, conciente, impactante, con Jesucristo. Cualquiera puede ser inteligente, pero la madurez implica sabiduría además de conocimiento. La sabiduría tiene que ver con la comprensión prácticas de las cuestiones relacionadas con Dios. Estas no se adquieren mediante el mero ejercicio intelectual o racional; requieren de la relación con Dios por medio de Cristo.

María Magdalena empezó a madurar cuando Cristo impactó su vida liberándola del dominio de siete demonios. Siguió madurando mientras lo seguía, a veces de cerca de veces a lo lejos, pero siempre en comunión con él. El día en que todos los paradigmas cayeron y surgió uno nuevo, al pie del sepulcro vacío, María seguía siguiendo a Cristo. Si estaba fuera del sepulcro, llevando especies aromáticas para perfumar el cuerpo que ella asumía muerto, es porque no entendía del todo a Cristo. Pero, aún sin poder entenderlo, seguía creyendo en él y, por lo tanto, procurando estar cerca suyo. Por ello es que pudo ver al Señor. Porque lo siguió hasta el fin. El cambio en María se explica en su declaración a los discípulos. Lo que María les dijo fue: jorao, lo vi con mis ojos y con mi mente. Pude discernirlo.

Sólo puede ver a Jesús quien sigue a Jesús. Madurar es seguir, imitar, a Jesús a quien vemos. Nosotros, y en nuestras circunstancias, sólo podemos verlo cuando lo seguimos. No basta con seguirlo hasta la cruz, a veces también hay permanecer en la incertidumbre del sepulcro. Pero, siempre, procurando estar cerca de aquel a quien amamos aunque no siempre lo entendemos. Propongámonos que este domingo en que celebramos la resurrección de nuestro Señor, sea el parte aguas que de lugar a nuestra madurez. Sí, en la que resulta de que, en todo, nos proponemos seguir a Jesús. Como María, a nosotros también se nos promete que hemos de ver al Señor. En efecto, el Apóstol Juan nos asegura: Queridos hermanos, ya somos hijos de Dios. Y aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca seremos como él, porque lo veremos tal como es. 1 Juan 3.2

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