Procuren Llevar una Vida Santa

Hebreos 12.14-16 NTV

Dicen que la inflación de las palabras produce la devaluación de las mismas. Tal pareciera que algo así ha sucedido con la palabra santidad y sus derivadas. Tanto se ha mencionado, tantos son los que hablan de santidad que, pareciera, no sólo las palabras que la definen sino la santidad misma ha perdido su trascendencia e importancia en la vida cotidiana. Sin embargo, la Biblia, la Palabra de Dios, sigue insistiendo en su exhortación para que procuremos llevar una vida santa ya que, nos advierte, los que no son santos no verán al Señor.

Como sabemos, la palabra santo significa un estado de pureza. Aún cuando, dada nuestra condición humana, no podemos evitar del todo la práctica del pecado, somos animados a procurar, a esforzarnos para llevar una vida santa, a mantenernos en un estado de pureza. Cabe señalar que la exhortación contenida en nuestro pasaje se da en un contexto de conflicto. El verso doce nos anima a renovar las fuerzas de las manos cansadas y a fortalecer las rodillas debilitadas. El verso trece, por su lado, nos anima a trazar un camino recto para nuestros pies. Indicando que si lo hacemos así, los débiles y los cojos no caerán, sino que se fortalecerán.

Así, la exhortación es que quienes se encuentran en una situación de conflicto, de prueba y aún quienes se encuentran siendo castigados por Dios (vs 5 y 6), deben esforzarse para llevar una vida santa. Es decir, los tiempos de prueba y de castigo divino son tiempos propicios para la purificación de nuestra vida. Si tomamos en cuenta la frecuente relación que existe entre el suplicar la clemencia divina y la práctica del ayuno, podemos comprender que es necesario que cuando nos acercamos a Dios nos despojemos de aquello que nos estorba, de lo que nos impide mantener una relación más íntima con él. Quizá a ello se deba la exhortación del verso primero que nos invita a quitarnos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar… a fin de poder estar en condiciones de mantener nuestro camino a Dios.

Pecado, otra de las palabras que, de tanto que han sido usadas, parecen haber perdido su significado y trascendencia. Pecado es, simplemente, errar el blanco. En el Nuevo Testamento se refiere al principio rector que en nuestro interior nos inclina a la práctica de lo que Dios aborrece. La práctica pecaminosa, la acción misma, sólo pone en evidencia que dentro nuestro hay un sistema ético equivocado. Que nuestra valoración moral, el acercamiento que hacemos al bien y al mal carece del fundamento de la obediencia. Por lo tanto, asumimos que toca a nosotros determinar lo que es bueno o malo. Nuestra cultura nos dice que todo es relativo, que no hay verdades absolutas. De ahí nuestra propensión a la tolerancia, de otros y de nosotros mismos, en cuanto a la práctica de aquello que Dios ha definido como pecado.

Inmoralidad sexual, impureza, pasiones sensuales, idolatría, hechicería, hostilidad, peleas, celos, arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias, divisiones, envidia, borracheras, fiestas desenfrenadas y otros pecados parecidos, asegura San Pablo (Gálatas 5.19-21), ofenden a Dios y hacen que quienes los practican se vuelvan sus enemigos y estén sujetos a su juicio. Son las cosas que, mientras más las practicamos, más se nos enredan y nos impiden caminar el camino de Jesucristo. La práctica del pecado tiene como característica principal la pérdida de la sensibilidad. Quien práctica el pecado se adapta al mismo. A mayor pecado, menos incomodidad, menor extrañeza, mayor comodidad en la práctica del mismo. Se pasa de la vergüenza a la ostentación, de la pena al orgullo retador que se expresa en el desafío y el menosprecio de aquellos que nos llaman a volvernos al bien.

Sin embargo, el pecado insensibiliza pero no logra acallar nuestra conciencia. Esta es la facultad innata del ser humano de conocer cuál es la voluntad de Dios respecto de lo bueno y lo malo. La conciencia sobrevive al embate del pecado. Son, precisamente, las situaciones de crisis, las épocas de prueba, los tiempos del silencio de Dios, aquello que sirve como caja de resonancia a la voz de nuestra conciencia y nos anima a volvernos al Señor.

Efectivamente, una vez que se hace evidente la injusticia, lo impropio de nuestra conducta, somos llamados a buscar el rostro del Señor. El Salmista lo expresa así: Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Y hace evidente la única alternativa congruente cuando la voz de nuestra conciencia nos llama, cuando concluye: Tu rostro buscaré, oh Jehová; no escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo; mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación. Salmos 27.8 y 9

Buscar el rostro del Señor, procurar la santidad, requiere de nuestra confesión, nuestro arrepentimiento y nuestra conversión. Confesar significa hablar la misma cosa, estar de acuerdo. Voluntariamente vamos ante el Señor y llamamos pecado a lo que es pecado. Asumimos que hemos hecho aquello que ofende a Dios. Asumimos la responsabilidad personal por nuestro pecado. Así que nos dolemos y cambiamos nuestra manera de pensar respecto de tal actitud y práctica. Nos dolemos por haber ofendido a Dios quien es el Señor y quien nos ha bendecido tanto. Finalmente, nos convertimos, es decir, nos comprometemos en el esfuerzo de no practicar más el pecado y vivir una vida de pureza en la que Dios sea glorificado.

En la práctica del pecado siempre salimos perdiendo lo más por lo menos. Como Esaú, quien por un plato de comida perdió todos los beneficios aparejados a su condición de primer hijo. Así que conviene tener presente que el pecado siempre quita y nunca aporta nada trascendente. De manera categórica la Biblia nos advierte que la paga del pecado es la muerte. La muerte como enemistad con Dios, pero también la muerte de la paz, de la integridad propia, así como la muerte de la confianza, del amor, de las relaciones que resultan afectadas por nuestra mala puntería.

En tiempos de crisis conviene, resulta indispensable, asegurar lo que tenemos, evitar mayores pérdidas, ponernos a salvo. Hay que fortalecer nuestras relaciones nucleares, recuperar nuestros recursos materiales, fortalecer nuestro cuerpo, sí. Pero, sobre todo, en tiempos de crisis tenemos que recuperar la armonía de nuestra relación con Dios. Nunca, pero sobre todo en tiempos de crisis, podemos darnos el lujo de enfrentar la ira de Dios. Él es nuestro último recurso, el único lugar de refugio seguro cuando las tempestades de la vida se derraman sobre nosotros. Dios es el único y el solo que puede consolarnos en nuestros tiempos de aflicción.

El Profeta Isaías nos convoca: Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo, llámenlo mientras está cerca. Que el malvado deje su camino, que el perverso deje sus ideas; vuélvanse al Señor, y él tendrá compasión de ustedes; vuélvanse a nuestro Dios, que es generoso para perdonar. Isaías 55.6 y 7. Además, nos recuerda el llamado del Señor: Vengan ya, vamos a discutir en serio, a ver si nos ponemos de acuerdo. Si ustedes me obedecen, yo los perdonaré. Sus pecados los han manchado como con tinta roja; pero yo los limpiaré. ¡Los dejaré blancos como la nieve! Isaías 1.18-19 TLAD

Dios es amplio en perdonar, es generoso para perdonar. Es este, entonces, nuestro espacio de oportunidad. Podemos venir a él, confesando, arrepintiéndonos y cambiando nuestra manera de pensar. Su perdón libera nuestra alma de las cargas que nos están destruyendo, nos hace libres. Más aún, su perdón provee la fortaleza y la rectitud que necesitamos para salir adelante del valle de sombra de muerte que estamos cruzando. Vale la pena, entonces, volvernos a Dios y procurar llevar una vida santa.

Sí, los tiempos malos siempre son buenos tiempos para volvernos a Dios.

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2 comentarios en “Procuren Llevar una Vida Santa”

  1. carlos eduardo Says:

    dios te bendiga muy buena exortacion palabra de sabiduria y y alimento para nuestros hueso y espiritud y alma amen

  2. carlos eduardo Says:

    palabra sabia y buena exortacion alimento para nuestra alma y clarida para buscar una vida agradable delante de Dios amen Dios te bendiga


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