Que te Casaste con la Persona Equivocada

 Génesis 29.20-30

 Tarde o temprano, una mirada, una palabra, cierta actitud lleva a la persona a aceptar que se ha casado con la persona equivocada. Desde luego, tal descubrimiento provoca emociones encontradas. Por un lado, es cierto que hay lugar para la sorpresa (la realidad nos coge desprevenidos), y las emociones que son propias de ella: ira, frustración, decepción y temor, entre otras. Pero, por el otro, hay también lugar para el auto reproche, para el reclamo a uno mismo, pues uno se da cuenta que siempre ha sabido, cuando menos intuido, que la persona con la que se ha casado no es aquella que ella creyó conocer, que se trata de alguien diferente de quien supuso era. Lo que se percibe cuando está oscuro no es lo mismo que se ve cuando amanece, tal como Jacob pudo comprobar.

Generalmente, cuando conocemos mejor a nuestro cónyuge y nos enfrentamos a aquellas de sus características que nos sorprenden, lastiman e incomodan, optamos por hacerle el primero y principal responsable de nuestra sorpresa y de los daños colaterales que le acompañan. sin embargo, conviene considerar que, en buena medida y en la mayoría de los casos, el otro siempre se ha mostrado tal cual es, pues el matrimonio lo único que ha hecho es regar la semilla de su identidad. La relación matrimonial sólo ha venido a hacer más evidente y relevante aquello que ya estaba ahí y que ya conocíamos en mayor o en menor grado.

Una investigación realizada entre mujeres norteamericanas divorciadas, muestra que el treinta por ciento de las mismas sabía que se estaba casando con la persona equivocada en el momento mismo de la formalización de su relación matrimonial. ¿Qué explica que muchos se casen sabiendo que su elección de pareja no es la más adecuada, o que, cuando menos, conlleva un alto porcentaje de riesgo? Es más, ¿qué explica que muchas parejas se mantengan atadas a una relación matrimonial disfuncionalmente dolorosa para ellos y para los suyos? De entre las varias razones posibles, propongo tres como las más frecuentes y, por lo tanto, importantes:

  1. La inversión realizada a lo largo de la relación. Esta tiene que ver con el tiempo, los recursos (personales y/o familiares), y la intimidad sexual compartida. Mientras más se invierte en una relación disfuncional, mayor el costo de la inversión realizada, pues la disfuncionalidad de la relación produce una depreciación del valor-utilidad de lo que invertimos. No sólo nunca resulta suficiente, sino que se devalúa cada vez más convirtiéndose en pérdida.
  2. El temor a la soledad. Este, uno de los potenciadores de la codependencia, es un factor que se fortalece con la disfuncionalidad. La razón es que esta hace más y más vulnerable a la persona, la aísla y la desgasta hasta el grado de que le imposibilita, o parece hacerlo, para el desarrollo de relaciones alternativas sanas. El temor a la soledad da lugar a pensamientos mágicos tales como aquel tan conocido: mi amor y cuidado podrán cambiarlo.
  3. La culpa aprendida. Malas inversiones y temores engendran culpas. Algunas son legítimas, fruto y consecuencia de nuestros errores. Esas nos dan la oportunidad de juzgar objetivamente nuestras decisiones y actuar en consecuencia. Pero, la culpa aprendida nos mantiene cautivos, haciendo una y otra vez lo que nos angustia y desarrollando nuestra capacidad de resiliencia. Consecuentemente aprendemos a permanecer en la situación que nos lastima y que atenta contra nuestra identidad.

A toda relación de pareja le amanece, y la luz del nuevo día pone en evidencia situaciones que demandan el actuar en consecuencia. Como en el caso de Jacob a quien la luz del día le reveló que no estaba casado con quien él creía y por quien había pagado ¡siete años de su vida! ¿Qué hacer ante la realidad manifiesta? Hay quienes ven en el divorcio, en la separación, la primera alternativa. Sin embargo, se tiende a olvidar que la separación no significa el fin de la relación, sino sólo la modificación de la misma. Las relaciones unen, marcan y condicionan a las personas.

A la luz de la fe, la separación debe y puede considerarse, sí, como una opción, pero no siempre como la más inmediata. La fe en el Dios de Jesucristo nos da la oportunidad, nos capacita y empodera para que podamos modificar nuestros patrones de relación y practicar aquellos que resulten funcionales, adecuados y, sobre todo, dignos de nosotros. Le legitimidad de la separación es fruto del encarar oportuna y adecuadamente las fortalezas y debilidades de nuestra relación. Si el resultado de tal acercamiento indica la conveniencia de la separación, nada obliga a la pareja a permanecer unida en una dinámica indigna y atentatoria contra su identidad y la de los suyos.

Jacob, ese hombre de doble ánimo y débil carácter, nos muestra el camino a seguir. Primero, porque asume su inconformidad con la realidad que encara y se ocupa de recuperar aquello que ha perdido. Además, porque asume también la responsabilidad de sus actos, independientemente de la razón de los mismos. En su peculiar condición recupera a Raquel, pero honra su compromiso con Lea. Así, Jacob nos muestra que en toda relación hay cosas con las que no conviene que nos conformemos. Pero, al mismo tiempo, hay también cosas que podemos rescatar y perfeccionar de tal manera que hagan redituable nuestra inversión relacional.

Hay quienes, animados y animadas por una falsa piedad cristiana se rehusan a aceptar su desencanto y desánimo respecto de su relación matrimonial. La niegan con la boca, aunque la padecen en el corazón. Permanecen atados a Lea, sin dejar de amar a Raquel. Viven divididos en sí mismos, siempre en el riesgo de caer. Cada vez más vulnerables a estímulos enfermos y cada vez más hartos de la relación de la que participan. Olvidan que el camino de la redención pasa por el cambio de la manera de pensar y por el hacer la vida de una manera diferente. Olvidan que hay mayor piedad en el identificar y asumir lo que no es propio, que en el renunciar al gozo del equilibrio con uno mismo.

En la tarea de la recuperación de nuestro equilibrio personal y del de nuestra relación matrimonial cuando las sombras del romanticismo son desplazadas por la luz de la realidad, son tres las condiciones que debemos atender:

  1. Ocuparnos de la recuperación de nuestra identidad. Ya que algo en nosotros nos ha llevado a participar de relaciones disfuncionales, se trata de recuperar el equilibrio de nuestra identidad. Esto requiere del conocimiento de nuestras fortalezas y debilidades. De la identificación de nuestros pensamientos ansiosos. Salmos 139. 23 y 24 Obviamente hay áreas personales que debemos sanar y otras que debemos fortalecer. La recuperación de nuestra identidad reclama de nuestra madurez personal, de nuestro crecimiento individual. También requiere del cultivo de nuestra responsabilidad personal. Es decir, del dar atención y tomar cuidado de aquello que decidimos; así como del reconocer la obligación que tenemos de responder por lo que hemos decidido y/o hecho.
  2. Negarnos a la generación de daños colaterales. Hay quienes, cuando la relación de pareja entra en un ciclo de crisis agravada optan por embarazarse, comprar una casa, iniciar un negocio, etc. Todo, sin haberse ocupado de las causas que provocan y acentúan su condición crítica. En otros casos, se descubre en el desapego emocional, el caminar paralelo y aún en la infidelidad las respuestas al dolor que se experimenta. Se olvida que el mal nunca derrota al mal, así que las personas se dejan vencer por lo malo y terminan complicando y dañando mucho más la relación primaria de la que participan. La Palabra de Dios nos exhorta para que no tomemos parte en las estériles acciones de quienes pertenecen al mundo de las tinieblas y, nos anima a que, más bien las desenmascaremos. Efesios 5.11 La razón es sencilla, si nos ponemos al mismo nivel de la inmadurez de nuestra pareja, sólo aportaremos mayor inmadurez al todo de nuestra relación. No olvidemos, pues, que somos llamados a vencer con el bien el mal. Romanos 12.21 No conviene perforar los tumores encapsulados.
  3. Proponernos honrar a Dios en todo lo que hacemos. Honramos a Dios cuando hacemos lo correcto: lo adecuado y lo oportuno. Es decir, honramos a Dios cuando lo respetamos y tomamos en cuenta lo que él ha establecido como lo bueno, lo justo. Así como hay leyes naturales que debemos respetar si queremos estar en equilibrio con la naturaleza, así hay leyes morales que debemos respetar si queremos estar en equilibrio con nosotros mismos y con nuestros semejantes. Además, honramos a Dios cuando nos proponemos agradarle en lo que somos y en lo que hacemos. Por ello la importancia de la exhortación paulina: examinen siempre qué es lo que agrada al Señor… cuiden mucho su comportamiento. No vivan neciamente, sino con sabiduría. Aprovechen bien este momento decisivo, porque los días son malos. Cuando honramos al Señor abrimos la puerta de su bendición y de su ayuda en nuestro favor. Dios, asegura su Palabra, honra a los que lo honran, y los que lo desprecien serán puestos en ridículo. 1 Samuel 2.30 DHH Cuando honramos a Dios en nuestra relación matrimonial, él no solamente trae orden y equilibrio a nuestra vida sino que hace resplandecer nuestra justicia y derecho como brilla el sol del mediodía. Salmos 37

En cierta manera, todos nos hemos casado con la persona equivocada. Pero, en la mayoría de los casos el equívoco no estaba en ella sino en lo que nosotros vimos, o creímos haber visto en ella, en la imagen que nosotros le impusimos a ella. Así, la recuperación de nuestro equilibrio se inicia en nosotros mismos. Fortalecidos en nuestra identidad y sentido de propósito vital, podemos gozarnos en las fortalezas de nuestra pareja y responder proactivamente a la manifestación de sus debilidades. De esa manera, si nuestra pareja asume la responsabilidad de su propia madurez y se muestra dispuesta a colaborar en la recuperación del equilibrio de nuestra relación, podremos empoderar nuestra relación y descubrir las riquezas de la misma. Y, si nuestra pareja no está dispuesta a madurar y a colaborar para el bien de nuestro matrimonio, podremos, de todas maneras, seguir adelante descubriendo lo mejor de nosotros y creciendo en el todo de nuestra vida. Libres y capaces para aprovechar el tiempo de oportunidad que la vida nos ofrece, honrando y alabando a Dios en todo lo que hacemos.

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4 comentarios en “Que te Casaste con la Persona Equivocada”

  1. Karen Mejia Says:

    Me gusto mucho poder leer esta predica, aun que aun no estoy casada creo que ayuda a prevenir “errores”, pedir a Dios en oración por parejas futuras para los jóvenes.

  2. casadepan Says:

    Bien decían las viejitas, más vale prevenir que lamentar. Gracias por tomarte el tiempo para leer estas propuestas de reflexión.

    • Luis Says:

      Dios les bendiga por tan serio e importante ministerio, me gustaría saber si puedo contactar con ustedes o si pueden proporcionarme información sobre mi asunto, quisiera que me ayudarán a aclarar unas dudas sobre el matrimonio. Ustedes explican muy bien pero quizá no alcanzo a asimilar por estar con una esposa narcisista. Les agradeceré mucho que me ayudarán. Gracias y que Dios les bendiga.


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