La actividad propia de cada miembro

Efesios 4.15 y 16

Insisto en que ser iglesia es un privilegio. No sólo porque implica el hecho mismo de nuestra salvación –nuestra reconciliación y comunión con Dios-, sino porque nos permite el convertirnos en colaboradores de Dios en su tarea de redención. En nosotros se hace presente el reino de Dios –su orden-, y al través de nosotros se establece en nuestras áreas de influencia personales, familiares y sociales. En nuestros oikos.

Estar en Cristo, ser iglesia, da sentido y dirección a nuestra vida. Esto significa que es en Cristo y en su iglesia que encontramos y entendemos la razón de ser de nuestra vida. Estar en Cristo nos indica el para qué vivimos, da sentido a nuestra vida. Además, al estar en Cristo, descubrimos cuál es el camino o rumbo que somos llamados a seguir de acuerdo con el llamamiento que hemos recibido. Cristo da dirección, rumbo, a nuestra vida.

Razón y rumbo son los elementos que contrastan la nueva vida en Cristo con nuestra vida pasada, nuestra vida sin él. Sin Cristo hemos vivido como ovejas sin pastor, erráticos e incapaces de ver más allá de lo inmediato. Mateo 9.36 Esto explica nuestros fracasos y, sobre todo, la insatisfacción de nuestra vida pasada. Sin importar cuánto hicimos y cuánto logramos, estábamos vacíos y sin esperanza, sin razón de vivir. Incapaces para construir permanentemente y temerosos ante la incertidumbre del futuro.

La vida en Cristo establece y hace posibles nuevas metas. Pablo se refiere a la que resulta esencial para todo cristiano, discípulo de Cristo: creceremos en todo sentido hasta parecernos más y más a CristoEfesios 4.15 Un viejo himno recupera este deseo y lo expresa así: Y ser como Cristo, tan sólo yo anhelo y ser como él, al fin llegaré. Quien es animado por tan sublime deseo asume que no hay mejor manera de vivir el aquí y el ahora, y se compromete a ello. Pero, también toma en cuenta que Cristo no es sin la iglesia ni ajeno a la misma. Él, dice Pablo: es la cabeza de su cuerpo, que es la iglesia. Así que lo Cristo es y hace lo es y lo hace en y al través de la iglesia, su cuerpo.

Ello implica, desde luego, que Cristo capacita y provee lo que la iglesia necesita para acompañarlo en el cumplimiento de su tarea. Además de los hombres y mujeres dones a los que el Apóstol se refiere en el verso 11 de nuestro pasaje, Cristo dota de dones, capacidades y ministerios a cada uno de los miembros de su cuerpo. Ello es lo que nos permite entender la frase paulina de nuestro pasaje, según la traducción NTV: Y cada parte, al cumplir con su función específica, ayuda a que las demás se desarrollenEfesios 4.16

Ahora bien, de acuerdo con 1 Corintios 12.7 TLAD: Dios nos enseña quecuando el Espíritu nos da alguna capacidad especial, lo hace para que procuremos el bien de los demás. El Espíritu Santo capacita así a la iglesia como un todo, pero a cada uno de sus miembros en lo particular, para que contribuyan de manera adecuada y oportuna al cumplimiento de la tarea de la misma. Cada uno, de acuerdo con los dones, las capacidades y los ministerios o espacios de servicio asignados, puede y debe esforzarse para que se cumpla el propósito integral de la iglesia.

Los dones, las capacidades y los espacios de servicio asignados se refieren e implican el todo de la vida del discípulo de Cristo. Aunque están enfocados al bien de los demás, entendiendo a estos primero como los miembros del cuerpo de Cristo, no se limitan ni circunscriben a la vida litúrgica, a los cultos o a lo que pasa en el templo, ni de los cristianos en sí. Tienen que ver y afectan la profesión y los oficios de los miembros de la iglesia. Es decir, influyen y aún determinan lo que la persona hace en su diario vivir en todas y cada una de las esferas de su cotidianidad: personal, familiar, laboral/estudiantil, social… y aún en su participación política en la sociedad (entendiendo esta como su quehacer ciudadano).

Uno de los más grandes riesgos de los creyentes es limitar su fe a meras ideas, conceptos o elucubraciones teológicas. Pero, podemos saber mucho acerca de Cristo y no estar afectados por su realidad en el todo de nuestra vida. Alister McGrath dice al respecto:

Mi fe había afectado mi mente, pero había dejado el resto sin tocar. Hasta ese momento, había pensado sobre el crecimiento espiritual en términos de acumulación de conocimiento. Así que había leído comentarios bíblicos y libros sobre teología sistemática. Pero eso no había profundizado la calidad de mi fe. Yo era como la persona que ha leído libros sobre Francia, pero nunca ha visitado el país.

La fe necesita aterrizarse en nuestro aquí y ahora, en nuestra cotidianidad. A menos que afecte el cómo vivimos nuestras relaciones personales, el ejercicio de nuestra profesión u oficio, la administración de nuestros recursos materiales y económicos, el uso cotidiano de nuestro tiempo, las elecciones prácticas de la vida, etc. Mientras no aterrizamos nuestra fe, es decir, en tanto no la llevamos a nuestro hacer cotidiano, todo es mera teoría y, por lo tanto, no podemos ser útiles ni compartir nuestros dones en favor de los demás. Aterrizar nuestra fe implica el ver la vida desde la perspectiva de Cristo, de sus intereses, sus compromisos y sus propósitos y participar de lo que él está haciendo y para lo cual nos ha capacitado.

Cada una las esferas antes mencionadas se convierten en un espacio del Reino en el que Jesucristo se hace presente en y al través de nosotros. McGrath, abunda en el sentido de que la iglesia es una comunidad de creyentes, un puesto de avanzada del cielo en la tierra, un lugar en el que mora el espíritu de gracia. Zacarías 12:10. De la misma manera que los romanos en Filipo hablaban el idioma de Roma y obedecían sus leyes, nosotros también obedecemos las costumbres y los valores de los cielos en lo cotidiano de la vida. Como cristianos, vivimos en dos mundos y debemos aprender a navegar en ambos mientras que, a final de cuentas, siempre nos mantenemos fieles a nuestra verdadera patria.

La Biblia dice que: todo beneficio y todo don perfecto bajan de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni períodos de sombraSantiago 1.17 Este todo incluye: vida, salud, recursos, matrimonio, familia, conocimientos, profesión, escuela, trabajo, muebles e inmuebles, etc. Sabemos, entonces, que lo que somos y tenemos lo hemos recibido por gracia y con un propósito: que procuremos el bien de los demás.

¿Cómo estamos cumpliendo con nuestra función específica? ¿Qué clase de mayordomos estamos siendo? La vida congregacional nos da la oportunidad de ser buenos mayordomos y así cumplir adecuadamente con nuestra función específica y de esa manera contribuir para que la iglesia vaya creciendo y cobrando más fuerza por causa del amor. En la iglesia, en el cuerpo de Cristo, no hay ni miembros, ni funciones de menor importancia. La presencia efectiva y el quehacer amoroso de todos resultan indispensables y contribuyen de manera importante al bien de la iglesia y, desde luego, a la realización de la tarea que hemos recibido.

Termino invitando a unos y a otros a que revaloremos la importancia de nuestro aporte al bien de los demás. A que demos la importancia debida a los dones, las capacidades y los espacios de servicio que el Espíritu nos ha proporcionado. A que sintonicemos nuestra vida con la voluntad de Dios y, con la dirección y la ayuda del Espíritu Santo, seamos y hagamos lo que es propio de nosotros para la honra y gloria de nuestro Señor Jesucristo.

A esto los animo, a esto los convoco.

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