Gracia, perdón, restauración

CFN Mujeres en su GraciaPerdonar y restaurar relaciones son dos temas difíciles por separado y sumamente difíciles cuando se trata de relacionarlos. No siempre se puede restaurar las relaciones dañadas, pero, aún en tales casos, el perdón sigue siendo vigente y un reto que debe ser atentado adecuada y oportunamente. Desafortunadamente, alrededor del temor existen muchos mitos y mal entendidos, lo que dificulta el que perdonemos. Por otro lado, no todas las relaciones dañadas son susceptibles de ser restauradas porque, aunque se pudiera, hacerlo no siempre resultaría más conveniente.

En la consideración de ambos temas debemos partir de un elemento principal, toral[1], la identidad del creyente. El quienes somos determina nuestro propósito y nuestro quehacer, establece nuestras prioridades y compromisos vitales. Es decir, somos emplazados como es digno de la vocación con la que hemos sido llamados. Efesios 4.1 Si somos beneficiarios de la gracia somos llamados a vivir como tales. Honrando el privilegio que hemos recibido y actuando de manera consecuente con el amor de Dios. Es decir, correspondiendo prioritariamente con nuestro amor a Dios antes que amándonos a nosotros o a los nuestros. En todo, el punto de referencia del creyente redimido es Cristo y su relación con él.

Sólo quien hace de Cristo su prioridad está en condiciones de obedecer el mandato de perdonar. Si Cristo y nuestra relación con él, el perdonar no tiene sentido, no tiene razón. ¿Por qué habría que perdonar al que me ha ofendido? Por razón de Cristo. Para seguir siendo libre en y para Cristo. Libre para ser quien Cristo me ha hecho y, así, libre para estar en comunión con él.

Las ofensas que recibimos se convierten en obstáculos que el diablo usa como trampas para que no se siga manifestando en nosotros lo que es propio de nuestra identidad como cristianos. No perdonar produce, da vida a un proceso de degradación de la identidad que empieza por el sufrimiento, este produce un deterioro de la intimidad, lo que engendra amargura (ira sin resolver), culminando con la aparición del odio. Una cuestión paradójica es que quien no perdona puede encontrarse amando y odiando a la misma persona al mismo tiempo. Este proceso atrapa a quien ha sido ofendido, así que quien perdona se libera a sí mismo, aunque el otro siga atrapado en su dinámica de pecado.

Por ello resulta tan importante el insistir en lo que no es el perdón. No es olvido ni negación de la ofensa. Tampoco es la desaparición de los sentimientos de furia y dolor producto de la ofensa. Mucho menos es la eliminación o desaparición de las consecuencias de las conductas equivocadas, sean propias o del otro. Menos aún es la aceptación, la validación o el desarrollo de una actitud resiliente de las conductas tóxicas de quienes ofenden.

Los términos bíblicos que se traducen al español son, principalmente, dos y su significado resulta revelador. El primero es afesis: despido, liberación. El segundo, paresis: pasar por encima, dejar a un lado, suspensión de un juicio. Esto resulta relevante porque, como hemos dicho, las ofensas que recibimos de convierten en un obstáculo, en una barrera con la que el diablo trata de impedir que se manifieste quiénes somos y quién está en nosotros. No debemos olvidar que la obra del diablo, que ha venido para matar, robar y destruir, se concentra en tres acciones principales: observa, aprovecha y provoca. Cuando somos lastimados él observa, no sólo al agresor y su conducta sino nuestra reacción, lo que la ofensa ha provocado en nosotros. La confusión, la tristeza profunda, el rencor, el deseo de venganza, etc., y aprovecha lo que ve. Entonces provoca, ya sea a nosotros o a quien nos ha ofendido y aún a quienes están a nuestro lado. Generalmente genera alianzas reivindicativas con aquellas personas en las que confiamos, quienes ejercen algún tipo de influencia o autoridad sobre nosotros, y las usa para alentarnos a no actuarnos al estilo de Cristo sino en nuestra carne.

Por eso, al perdonar al otro, al pasar por encima del obstáculo que su ofensa significa, somos libres del poder de sus acciones y del poder de las consecuencias de las mismas. Podemos perdonar porque somos libres dado que nosotros mismos hemos sido perdonados. Y, nuestro perdón es una propuesta, una invitación al otro para que recupere la dignidad perdida al haber actuar de manera contraria al cómo ha sido creado o regenerado. Sin embargo, perdonar al otro no implica el hacernos responsables de su respuesta al perdón que le otorgamos. Tampoco significa que permanezcamos atados a él en un modelo de relación indigna y no propia de nuestra identidad como hijos de Dios. Nunca debemos olvidar que somos portadores de Cristo, portadores de su gracia.

Las ofensas y el perdón replantean, siempre, la necesidad de redimensionar los modelos relacionales de los que participamos. Las relaciones nunca terminan, no se acaban. Ni siquiera cuando alguno o algunos de quienes participaron de las mismas mueren, de muchas formas siguen estando presentes. Puede acabarse el matrimonio, pero los cónyuges siguen estando en relación. Padres o hijos pueden renegar unos de otros, pero siguen estando en relación. Los hermanos pueden odiar a sus hermanos, pero persiste algún tipo de relación. Porque, las relaciones no acaban, sólo se modifican.

Las ofensas provocan crisis, tensiones, tanto en quienes ofenden como en quienes son ofendidos y aún en aquellos que participan colateralmente de dicha relación. Especialmente quienes participan en relaciones de pareja saben de esto y consciente e inconscientemente procuran superar la tensión que sufren. Por ello, casi de manera cíclica, las parejas buscan algún punto de equilibrio, algún espacio de permanencia en el atractivo físico y sexual, en la estabilidad económica, en la adquisición de bienes inmuebles, en la relación con los hijos, en el cultivo de intereses similares, etc. Todo para terminar descubriendo que, si bien resultan tales recursos equilibradores, apenas lo son temporalmente y siempre insuficientes. Lo temporal e insuficiente está determinado por el hecho de que tales equilibrios son pronto superados por las nuevas circunstancias que la dinámica relacional crea en el corto, mediano y largo plazos.

Ello se debe a que el equilibrio resulta de quien se es y no de qué se hace o tiene. La Biblia dice que la paga que deja el pecado es la muerteRomanos 6.23 NTV  Dado que no se refiere a la muerte física inmediata del pecador, tal declaración exhibe una paradoja: Quien peca, viviendo está muerto. Es decir, confronta una condición ambivalente, contradictoria. O es un vivo que está muerto o un muerto que parece estar vivo. Alguien así difícilmente puede vivir en equilibrio dado que vive en un estado permanente de confrontación, de enemistad, con Dios, consigo mismo y con los demás. La recuperación de su equilibrio depende, pasa necesariamente, por la reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás. Lo mismo es válido para quienes se unen en yugo desigual con quienes no participan de su misma naturaleza. No importa cuántas ganas le echen a la relación, cuántas esperanzas y placer los anime, cuán bien se sientan. No hay comunión y sin comunión, no hay equilibrio[2]2 Corintios 6.14ss

Aquí conviene destacar que la calidad de la relación nunca estará determinada por el participante más santo, más consagrado, más maduro, más inteligente, etc. La calidad de la relación siempre está determinada por quien es menos santo, menos consagrado, menos maduro, menos inteligente, etc. Vuelvo a lo que decía ayer, las relaciones sanas requieren del principio de igualdad. De igualdad de naturaleza, dijimos y ahora agrego, de igualdad de propósito. Se requiere que los participantes, la pareja, sean de la misma naturaleza y que están comprometidos en el mismo propósito de agradar a Dios.

Siendo las cosas así, podemos proponer que el equilibrio de la pareja resulta del equilibrio individual de sus integrantes. Y que tal equilibrio personal sólo resulta de que los integrantes de la pareja estén, literalmente, en paz con Dios. Este estar en paz con Dios es una obra de gracia provista en Jesucristo, pero, también es un propósito. La paz con Dios resulta también de la determinación firme de la persona de mantenerse en sintonía con su Señor y Salvador. En la relación de pareja esto se traduce en la disposición de hacer todo aquello que contribuya a que sus integrantes permanezcan en comunión con Dios y a evitar o superar todo aquello que atente contra la armonía en el día a día entre Dios y los esposos, así como entre Dios y la pareja.

La violencia doméstica es una experiencia tan común que ha llegado a parecer natural. Círculo dosY, cuidado, porque por más que la violencia sea normal nunca podrá ser natural. La norma no cambia la naturaleza perversa de la violencia y la agresión domésticas. Los estudiosos del tema han desarrollado una herramienta que nos permite diagnosticar objetivamente el cómo de nuestras relaciones domésticas y nos ayuda a decidir cuál debe ser nuestra decisión al respecto. En efecto, el Círculo de la Violencia Doméstica nos ayuda porque revela que esta es un proceso que se compone de tres etapas: La de la acumulación de tensiones, la del estallido grave y la de la reconciliación o luna de miel. El esquema muestra el engaño que atrapa a muchos quienes, al negarse a dejar ir, a perdonar, siguen atados y enredándose en tales patrones relacionales. Lo que no consideran es que las aparentes expresiones de mejoría de la relación: arrepentimiento del ofensor, cambios en el trato, ofertas de paz, etc., sólo son redes que atrapan a unos y a otros.

Al análisis de la situación sigue la toma de decisiones. Como hemos dicho, el referente para tales decisiones es Cristo, nuestra relación con él. Generalmente nos ocupamos de lo que sentimos, de la condición del otro, de los hijos, del qué dirán, etc., como los elementos de decisión. Todos ellos son referentes equivocados, porque nosotros nos debemos a Cristo. Ello implica que sean dos las preguntas principales al tomar nuestras decisiones: ¿Lo que hago, en lo que participo, honra a Cristo? Y ¿Lo que hago, en lo que participo, me mantiene unido, unida, a Cristo o atenta contra mi comunión con él?

La respuesta a tales preguntas es la que establece el criterio de qué relaciones conviene restaurar y cuáles no. A veces decimos que Dios quiere que todos los matrimonios rotos sean restaurados. Me parece que Cristo no participa de tal opinión cuando establece: No crean que vine a traer paz a la tierra. ¡Vine a traer guerras! Mateo 10.32ss NBV, Es decir, Cristo nos llama a estar dispuestos a perder para ganar, para ganar lo que permanece para siempre, su comunión. Porque aquí cabe recordar que toda relación familiar termina con la muerte, mientras que la relación con Cristo es eterna.

Si la comunión con Dios es la base, el espacio de equilibrio de la pareja, la paciencia y el perdón mutuos son los principales elementos que contribuyen a permanecer en tal espacio de equilibrio. Quien asume como el bien superior de la pareja y sus integrantes la comunión con Dios estará dispuesto a perder (privilegios, derechos, paz, retribución, etc.), con tal de conservar tal comunión. La relación de pareja, como la relación con Dios, pasa por la digna negación de uno mismo. Por, el dejar ir, el renunciar a aquello, que contribuya a nuestra comunión con el Señor. No se trata, desde luego, de la disposición a participar en modelos indignos de relación, pero sí de privilegiar la dignidad de la relación por sobre aquellas cuestiones que, por causa de Cristo, podemos considerar basura. Filipenses 3.8

Pero, también, quien está en comunión con Dios y la valora como el bien superior de su vida, sabe cuándo se ha llegado al momento de renunciar al modelo de relación que tanto le daña y que pone en riesgo su relación con Dios. Insisto, hay relaciones que son recuperables y otras que no, no porque no se pueda, sino porque no convienen. En algunos casos, el modelo relacional debe pasar de esposos a padres responsables de los hijos. Es decir, a aceptar que la relación matrimonial se ha acabado, aunque perviva la relación parental. Como hemos dicho, hay quienes se esfuerzan en dar respiración artificial a modelos relacionales que han dejado de ser. Esperanza, aún una fe sin sentido, necesidades económicas, emocionales, terceras personas, etc., se convierten en las razones o sinrazones para intentar mantener vivos modelos relacionales nocivos. Por favor, si se te murió el caballo, desmóntalo.

Quiero terminar recordando que, en todo y por todo, Dios es suficiente. Y que la gracia es suficiente porque nos ha hecho y nos conserva salvos. Pero, también que la gracia es capacitadora. Nos capacita para enfrentar el reto de una vida consagrada a Dios. Que es la gracia la que explica que, junto con San Pablo podamos decir: Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos pero no caemos en la desesperación. 9Somos perseguidos pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos. 10Mediante el sufrimiento, nuestro cuerpo sigue participando de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús también pueda verse en nuestro cuerpo. 2 Corintios 4.8-10

 

 

 

 

[1][1] toral [to-ral] adj. Principal o de más fuerza y vigor. Arco, columna torol. – Arq. Aplícase a cada uno de los cuatro arcos en que descansa la cúpula de un edificio

[2] No se asocien íntimamente con los que son incrédulos. ¿Cómo puede la justicia asociarse con la maldad? ¿Cómo puede la luz vivir con las tinieblas? ¿Qué armonía puede haber entre Cristo y el diablo? ¿Cómo puede un creyente asociarse con un incrédulo?

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