Según haya prosperado

1 Corintios 16.1-4

iCP disciplinasdevocionalesComo bien sabemos, hablar de cuestiones de dinero tiene mala fama. Sobre todo, cuando se asocian dinero y fe. Sin embargo, empiezo proponiendo que la cuestión del dinero está íntimamente relacionada con la espiritualidad de las personas. Primero, porque la manera en que nos acercamos a tal cuestión hace evidente si nuestras motivaciones vitales son animadas por el Espíritu de Dios o por nuestra carnalidad. Además de que en el cumplimiento de nuestras responsabilidades económicas como miembros del cuerpo de Cristo, la iglesia, se hace evidente nuestra fe. Entendiendo esta tanto como fidelidad como confianza. En resumidas cuentas, la cuestión económica es una cuestión tan espiritual como cualquier otra cosa que forma parte de nuestra vida.

La consideración de las cuestiones relativas a las riquezas, mismas que identificamos sintéticamente en el dinero, empieza por el presupuesto bíblico que asegura que Dios es el dueño de todo. Hageo 2.8; Salmos 24.1 Luego entonces, los seres humanos que también somos suyos, resultamos ser meros administradores de lo que por naturaleza pertenece al Señor. De esta manera, la administración que hacemos de los recursos puestos a nuestro cuidado y bajo nuestra administración muestra si somos o no movidos a honrar a Dios con la misma y evidencia nuestra comunión o discordia con él. Es una cuestión espiritual pues la misma descubre si creemos que Dios existe y que él es el Señor de todos y de todo, insisto.

De lo anterior resulta la importancia de asumir que mediante el uso de nuestros tesoros y, en particular, mediante la entrega de nuestros diezmos y ofrendas cultivamos nuestra devoción a Dios. La fidelidad que mostramos, así como la fe que expresamos afirma nuestra comunión con Dios. Además, fortalece nuestra comunión e identidad con nuestros hermanos pues nos unimos a ellos en el compromiso de contribuir para que la obra de Dios pueda llevarse a cabo.

Respecto de nuestros dones materiales, la Biblia establece dos formas de contribución por parte del creyente: los diezmos y las ofrendas.  Los creyentes somos llamados a diezmar y a ofrendar. Al hacerlo reconocemos la validez y la actualidad de los principios establecidos por Dios en la administración de los recursos recibidos. Reconocemos que Dios ha establecido, y que tiene el derecho de hacerlo, el que podamos disponer libre y sabiamente del noventa por ciento de nuestros ingresos y entregar la décima parte de los mismos para que haya alimento en su casa. Malaquías 3.10 Además reconocemos la enseñanza bíblica de que ante los distintos tipos de necesidades que la iglesia y las personas alrededor suyo enfrentan, toca a nosotros ofrecer -ofrendar, de nuestros recursos para contribuir al bienestar de los necesitados y a la realización de las tareas propias de nuestra comunidad de fe. Éxodo 36.3-7; 1 Corintios 16.1-4 Ambos elementos, diezmos y ofrendas, resultan expresiones complementarias de la misma fe. No se excluyen ni se sustituyen entre sí, se complementan.

Quien ofrenda y diezma afirma su comunión, su unión con Dios y con su propósito. Evidencia que no sólo es un seguidor sino también un coparticipante del Señor.  Quien no lo hace desafina y se separa de Dios y de su propósito. El pasaje de Malaquías hace una terrible acusación respecto de lo que representa el que no cumplamos con la entrega de nuestros diezmos. Por su parte, nuestro Señor Jesús advierte que al ofrecer a quien está en necesidad los recursos necesarios para que la supere, confirma su vínculo con Dios eternamente. Mateo 10.40-42

Cabe aquí destacar que la Biblia establece lo que podemos llamar un principio de proporcionalidad en el cultivo de la mayordomía devocional. Este principio permite y llama a que cada uno de los creyentes aporte equitativamente, de acuerdo con sus méritos o condiciones, al bien común. Es este el principio del diezmo como medida de aportación. Todos damos lo mismo, la décima parte de nuestros recursos. El monte que entregamos tiene una relevancia secundaria porque representa la misma proporción en cada caso. De igual manera, Pablo establece que cada uno debe ofrendar según haya sido prosperado, según lo que haya ganado. 1 Corintios 16.2

Dado que los dones que recibimos siguen siendo de Dios y tienen como causa y propósito el contribuir al cumplimiento de su obra en nuestro aquí y ahora, cada don recibido conlleva una responsabilidad inherente y proporcional. Lucas 12.42-48 Así, en cada don que recibidos podemos y debemos ver una oportunidad que Dios nos da para abundar en comunión con él y para participar comprometidamente con la tarea que él está realizando en nuestros medios: la propagación de su Evangelio, la ayuda a los necesitados, la realización de tareas transformadoras de la sociedad, la manifestación de su orden en medio del orden presente, etc. Lo que recibimos, poco o mucho, es suficiente para que podamos cumplir con la parte de la tarea que nos corresponde.

Empecé diciendo que la cuestión del dinero y la fe resulta conflictiva para muchos. Quiero terminar proponiendo que, dado que se trata de una cuestión de fe, sólo puede comprender lo que aquí proponemos aquella persona que tiene fe. Que está dispuesta a creer y a mantenerse haciendo lo que la fe le enseña. Al través de los muchos años de mi ministerio pastoral he comprobado que quienes tienen problemas con el enfoque bíblico de la mayordomía cristiana y se resisten a diezmar y ofrendar, expresan en muchas otras áreas de su vida la ausencia de una fe bíblica. Mientras que quienes diezman y ofrendan fielmente las personas que abundan en su fe en Dios y son fieles mayordomos en el todo de su vida. En estos últimos se cumple aquello que dijera San Agustín: La fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que creemos.

Por ello quiero animar a que abundemos en el camino de la fe y del fortalecimiento de nuestra comunión con Dios. A quienes diezman y ofrendan, mi reconocimiento y gratitud por su generosidad y ejemplo de vida. A quienes no lo hacen, mi exhortación para que se decidan a correr el riesgo de probar a Dios. De reconocer su señorío, su bondad y su propósito. Estoy seguro, por el testimonio de muchos y por experiencia propia, que, si lo hacen, descubrirán la verdad presente en la declaración/promesa que el Señor hiciera: Hay más bendición en dar que en recibir. Hechos 20.35

A esto los animo, a esto los convoco.

 

 

 

 

 

 

 

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