Y no dejemos de congregarnos

Hebreos 10.23-25

iCP disciplinasdevocionalesSi las disciplinas devocionales tienen como propósito el fortalecer nuestra comunión con Dios, luego entonces, al congregarnos se hace evidente la plenitud de tal comunión al participar de la misma con nuestros hermanos en la fe. Juan asegura que no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros hermanos. En el mismo sentido podemos decir que no podemos estar en comunión con Dios si no estamos en comunión con nuestros hermanos. Más aún, la comunión con nuestros hermanos es evidencia e indicador de la profundidad de nuestra comunión con el Señor. La razón es sencilla, la iglesia es el cuerpo de Cristo. Ahí donde está Cristo está la iglesia y donde la iglesia, Cristo.

El culto cristiano es el espacio en el que la realidad del cuerpo de Cristo se hace evidente y se fortalece. No es el culto lo que crea la unidad de los creyentes. Esta es obra del Espíritu Santo. Efesios 4.3 Se es miembro del cuerpo de Cristo y se está en comunión aún cuando los creyentes no estén juntos. Pero, el culto es el espacio en que tal unidad se hace evidente porque la razón que une a los creyentes es, hemos dicho, la unidad recibida del Espíritu Santo y el propósito de adorar a Dios como un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Cada creyente es miembro del cuerpo de Cristo y portador de Cristo. Sin embargo, cuando el cuerpo se une en el culto es mucho más que sólo la suma de sus miembros es la expresión plena de la comunión cristiana dado que al estar unidos los creyentes se complementan entre sí y juntos crean una adoración que, en la individualidad, no es posible crear.

Cuando el pueblo de Dios se encuentra y se une en adoración provoca una acción divina. El Salmo 22.3, asegura que Dios habita entre las alabanzas de Israel. Literalmente, el término habita o habitas significa tomas asiento. Podemos entender esta expresión en el sentido de que la adoración de su pueblo convoca a Dios para que se acerque, se derrame, y permanezca entre su pueblo. De tal forma, la reunión del pueblo de Dios, el culto cristiano, es un espacio de encuentro íntimo entre Dios y aquellos que forman su iglesia. Es en este sentido que toma importancia la relación que el autor de Hebreos establece entre el motivarnos unos a otros a realizar actos de amor y buenas acción y el no dejar de congregarnos para así animarnos mutuamente. Hebreos 10.23,24 En el espacio del culto el aporte de cada individuo, sus dones y sus carencias, se redimensionan y contribuyen a la edificación mutua y a la construcción de una mejor y más íntima adoración a Dios que se hace presente.

De tal suerte, el culto resulta ser un parteaguas en la experiencia individual y corporativa de los creyentes. Cuando el culto cumple su propósito y se convierte en el espacio de encuentro entre Dios y su pueblo, la vida de los creyentes no sigue siendo la misma. En el culto la presencia de Dios y la comunión de su pueblo producen un nuevo estado, una nueva forma y una nueva percepción de vida en los participantes. Ello porque en el culto el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de la presencia del Señor entre nosotros y de nuestra condición de hijos suyos. Ello, también, porque la manifestación de la presencia divina se convierte en la caricia paterna que afirma en nosotros la convicción de que somos amados y aceptados por nuestro Señor y Salvador.

Tal manifestación genera y empodera nuestra adoración. Adoramos, siempre, en respuesta al multiforme amor de Dios manifestado en nosotros. 1 Juan 4.19 Adorar no es otra cosa sino ofrendar, ofrecer a Dios, lo que somos, nuestra gratitud, nuestros recursos y nuestras peticiones. Sí, también nuestras peticiones son ofrenda porque al ofrecer nuestra necesidad a Dios para que él la resuelva estamos reconociendo que él es nuestro único recurso, dado que es Señor y Padre nuestro. Nos unimos al salmista cuando declara: ¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra. Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna. Salmos 73.25,26

Además de ser el lugar por excelencia para la adoración a Dios, el culto es también es el lugar por excelencia para abundar en la comunión con nuestros hermanos en la fe. De hecho, adoración y comunión van de la mano, son mutuamente determinantes. Hebreos establece una relación interactuante entre el mantener firme nuestra fe, nuestra confianza en que Dios cumplirá su promesa, el congregarnos y la motivación y el ánimo mutuo entre los miembros del cuerpo de Cristo. Aquí estamos, entonces, ante el principio de la edificación mutua: Así que procuremos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua. Romanos 14.19 LBLA

Nadie puede abundar en la fe, la consagración, la pureza y el servicio cristiano, separado de sus hermanos en la fe. De acuerdo con Hebreos, la comunión de los creyentes que se expresa principalmente, aunque no de manera exclusiva en el culto, resulta ser fuente de, ánimo mutuo, como ya hemos señalado. Debemos destacar que el término animar significa: consolar, fortalecer, confortar, infundir vida. Este animarnos unos a otros debe ser tanto una confianza como un propósito, especialmente cuando se trata del culto cristiano. Debemos asistir a este con la confianza de que seremos animados, pero, también con el propósito de animar a nuestros hermanos en la fe.

La preocupación expresada por el autor sagrado cuando exhorta a sus lectores a que no dejen de congregarse, como lo hacen algunos, tiene que ver con el hecho de que quien se separa de la iglesia termina separándose de Dios, irremediablemente. En cambio, cuando los creyentes adoran juntos, cuando se relacionan en una creciente intimidad, tanto en el culto como en la vida cotidiana, la presencia de Dios se hace evidente en ellos y al través suyo.

Termino animando a que nos propongamos escalar nuestros cultos a un nivel de adoración y comunión más profundo. A que asistamos a nuestros cultos con la esperanza que resulta de la expectativa de loa que Dios va a hacer en y con nosotros cuando juntos lo adoramos. Animados, asimismo, por la expectativa del encuentro con nuestros hermanos. Sabiendo que cuando nos encontramos en la presencia del Señor, cada uno de nosotros deja de ser uno para convertirse, junto con todos, en el todo del cuerpo de Cristo.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

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