Sólo yo he quedado

1 Reyes 19.8-14

En nuestra meditación anterior propuse a ustedes que no hay una relación directa entre santidad, servicio a Dios y la ausencia de las que podemos llamar circunstancias depresivas. Que no es verdad que mientras más y mejor sirvamos al Señor menos expuestos estaremos a situaciones internas y externas que nos conduzcan a estados de profunda tristeza, decaimiento anímico, baja autoestima, pérdida de interés por todo y disminución de nuestras funciones mentales. Hoy quiero agregar que Elías nos enseña que los logros sobresalientes de la vida, eso a lo que llamamos éxito, si no cumplen con el principio de integralidad lejos de asegurar el bienestar de la persona y el de los suyos contienen el germen de lo que hemos llamado las noches de la vida.

Las noches de la vida no son solamente circunstancias emocionales negativas y temporales. No tratan sólo del estar dentro de la cueva, sino del llevar la cueva dentro. Es decir, de esa forma de vida en la que los logros sobresalientes de la vida no resultan ni dan lugar a un estado armonioso y funcional de la persona. Esto porque resultan ajenos, aún distantes, al resto de los factores vitales de la persona. Hemos identificado el estar dentro de la cueva de Elías como la expresión más evidente de la depresión vivida por el profeta. Pero, si ello es importante lo es mucho más el comprender que vivir la vida de manera parcializada, enfocándose en aquello en lo que se aprendió a encontrar el sentido de realización, produce tal insatisfacción vital que puede llegarse al momento en el que lo que se ha alcanzado no resulta ni suficiente ni satisfactorio (no paga enteramente lo que se debe).

Aprovechando la definición que Santiago hace de Elías, era un hombre como nosotros, quiero proponer que, en particular los varones, tendemos a vivir vidas parcializadas (y por lo tanto deformes), y ante la insatisfacción-frustración resultantes nos vemos obligados a desarrollar un principio de apariencia vital que termina por aislarnos y alejarnos de aquellos que forman parte de nuestra vida. Tres cuestiones que, generalmente, nos colocan en circunstancias extremas de riesgo y que pueden propiciar nuestro derrumbe integral.

Cuando uno estudia la vida de Elías descubre a un hombre exitoso, pero solitario e insensible. Hizo cosas extraordinarias, afectó la vida de cientos de millones de personas, de las de su tiempo y aún de nuestros contemporáneos. Pero, fue incapaz de desarrollar relaciones complementarias. Vivió solo y a solas. Cada escalón exitoso lo alejaba de los que estaban a su lado. Mientras más lograba en su especialidad de profeta, más solo se quedaba. Me parece que esto fue lo que dio paso a lo que podemos llamar el síndrome del sólo yo. Cuando Elías se explica ante Dios, repite una y otra vez, sólo yo he quedado. Estas cuatro palabras esconden muchas otras: sólo yo estoy bien, sólo yo sé lo que está bien, sólo yo hago las cosas bien… si los demás no están conmigo es porque no están bien.

Hombres como Elías representan, representamos, un gran reto para la pastoral contemporánea. ¿Cómo acompañar, instruir a quienes están bien? ¿Cómo ayudar en sus debilidades a quienes sólo miran sus fortalezas? Creo que los hombres de nuestros tiempos encarnan la mentira que la serpiente dijera a Eva: serán como dioses y podrán saber lo que es bueno y lo que es malo. Están convencidos de su razón y no les importa, mucho, que lo que son sea la razón de la destrucción de otros. Como Elías, que le dijo al capitán enviado por el rey: Si yo soy un hombre de Dios, ¡que caiga fuego del cielo y te destruya a ti y a tus cincuenta hombres! Así, no pocos hombres de los nuestros están, estamos, dispuestos a sacrificar a otros en el altar de la propia identidad. Se trata de seguir siendo ellos, aunque ello implique el fin de sus relaciones, la confianza, los sueños de los suyos. Sean, seamos, padres, esposos, hijos, etc.

Sin embargo, el problema es que lo que somos no nos resulta suficiente. Como Elías, quien en lo que era no encontraba alegría para seguir viviendo, y en un momento de debilidad exclama: Quítame la vida, porque no soy mejor que mis antepasados que ya murieron. 1 Reyes 19.4 Pero, Elías como muchos de nosotros o muchos de nosotros como Elías, sólo aceptaba sus debilidades para sus adentros. Los hombres, y mucho más los hombres cristianos, ni nos frustramos ni nos deprimimos. Será, decía mi padre. Lo cierto es que hemos descubierto la utilidad de la apariencia. Dado que necesitamos sentirnos y parecer estar en control, aparentamos. Quizá porque del parecer resulta el sentirse bien, fuerte, completo.

Pero, lo que importa no es lo que parecemos sino lo que somos. Porque la vida tiene recursos para poner a prueba nuestra identidad, nuestra apariencia. La vida tiene muchas jezabeles. Nos pone a prueba de muchas maneras y en muchos terrenos. Infidelidad, divorcios de facto y de jure, inestabilidad laboral, workaholismo, distanciamiento de los hijos, enfermedades, adicciones, etc., son algunas de nuestras jezabeles. Y, como la Jezabel de Elías, sólo ponen al descubierto aquello que tanto nos hemos esforzado por ocultar: nuestras debilidades, nuestra soledad de vida.

Dios escucha el discurso de Elías, pero no se lo cree. Porque Dios conoce a Elías y sus circunstancias. Como quien no quiere la cosa, Dios, le dice al profeta: Pero debes saber que siete mil personas no se arrodillaron delante de Baal ni lo besaron. Dios le recuerda a Elías que no es tan único como se cree. Y si él no es único, tampoco lo son sus logros. Los hombres aprendemos a compararnos con los que han logrado menos que nosotros, esto reafirma nuestra apariencia. Pero, lo sabio es reconocer que otros también han logrado tanto o más que nosotros y que lo que hemos logrado es, a final de cuentas, sólo gracia. Lo cual no nos hace mejores, pero sí nos obliga más a actuar en consecuencia.

Por otro lado, hemos dicho que el viento fuerte e impetuoso, terremoto, incendio, eran signos, todos ellos, del lado que Elías conocía de Dios, pero que no agotaban lo que Dios era. Ahora agrego que tales signos representaban la manera en la que Elías identificaba y comprendía a Dios. Para Elías, Dios sólo podía ser espectacular, tremendo, imponente, ruidoso. Eso de Dios, era lo que hacía ser a Elías, como a muchos otros que solo encuentran a Dios en los logros sobresalientes de la vida. Pero Dios es más y Elías debe conocer ese más de Dios. Elías debe aprender a reconocer a Dios en el débil ruido delicado del silencio. En aquello que no parece importante, en aquello que no resulta impactante, en aquello que no sobresale, Dios está presente.

Esposa, hijos, familiares, hermanos en la fe, amigos. La rutina doméstica, la ignorancia de los que amamos, la naques que se hace evidente ante nuestro ascenso social, etc., todo ello forma parte de lo que somos y sin ello no estamos completos y nos encontramos camino del desierto. Si no lo atendemos, si no lo apreciamos, sólo estamos haciendo crecer la cueva que llevamos dentro. Pero, si lo hacemos, entonces aportarán al todo de nuestro ser, al fortalecimiento de nuestra identidad y, sobre todo, a la plenitud de una vida en la que podemos encontrar satisfacción y ofrecerla a Dios como una ofrenda escogida.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

 

 

 

 

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