Lo extraordinario da paso a lo extraordinario

Marcos 2

Lo primero que salta a la vista al leer este capítulo es la capacidad de Marcos para llevarnos de un lugar a otro, para hacernos saber que Jesús realizó su ministerio en distintos lugares, circunstancias y con diferentes grupos y tipos de personas. Sin embargo, aunque se trata de diferentes historias, podemos encontrar una constante en el relato de Marcos: la llegada de Jesús significa, necesariamente, la irrupción de un orden nuevo y diferente en la vida de aquellos con los que se relaciona.

En el Antiguo Testamento nos encontramos con el quehacer de un Dios totalitario, quien actúa por sí mismo y pocas veces recurre a la participación de los hombres en las obras que realiza. Sin embargo, en nuestro pasaje encontramos que la salvación-sanidad del paralítico requirió de la iniciativa y del compromiso de los amigos de este. Estos cuatro hombres se pusieron en sintonía con Jesús porque estuvieron dispuestos a ser sensibles ante la necesidad de su amigo y, movidos por su amor, estuvieron dispuestos a actuar de una manera poco ortodoxa. Es decir, animados por el testimonio de Jesús también ellos decidieron hacer suya la condición del paralítico y buscar una alternativa poco convencional para llevarlo hasta los pies del Señor.

Supieron que tenían que hacer algo extraordinario, fuera del orden conocido, para llegar hasta Jesús. Con toda seguridad el paralítico era un ciudadano de segunda o tercera clase. Si se hubiera tratado de un hombre prominente –rico, poderoso, respetado- y enfermo, seguramente los que se amontonaban para escuchar a Jesús le hubieran abierto camino. No hubo tal consideración para él. De ahí la necesidad de sus amigos de perforar el techo y bajar su camilla, justo delante de Jesús. NTV

Lo extraordinario da paso a lo extraordinario. Jesús se relaciona de inmediato con el paralítico. No se incomoda ni reprende. Por el contrario, Marcos dice que, al ver la fe de ellos, Jesús dijo al paralítico: Hijo mío, tus pecados son perdonados. Sí, la fe de aquellos hombres impresiona a Jesús. Pero, no se ocupa de ellos, sino que establece una relación personal con el paralítico, al que llama: Hijo mío. Y, contra lo que los amigos del enfermo y la multitud esperaban, Jesús no se refiere a su enfermedad sino a su condición espiritual. Perdona sus pecados sin haber sanado sus piernas, lo que provoca un conflicto entre los presentes, quienes, me parece, animados por su visión a corto plazo lo que esperaban era un milagro de sanación física. Después de todo, para eso se habían tomado tanto trabajo sus amigos, para que Jesús lo sanara.

Pero, Jesús se ocupó de su alma, del cómo de la relación de aquel hombre con Dios. Reconoció en él un enfermo, sí, pero del alma. Más que enfermo, muerto espiritualmente por cuanto estaba separado, era un enemigo de Dios a causa de su pecado. Al hacer la escandalosa declaración: Tus pecados son perdonados, Jesús destacó el hecho de que él había venido a llamar no a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores. Desde luego, Jesús no ignoró ni menospreció la condición física del hombre. Pero, sabía que el mero milagro de sanidad que el hombre y los suyos esperan no cambiaría su condición significativamente.

Si sólo lo sanaba, aquel hombre no sería sino un cadáver viviente que ya podía caminar. Porque, si Jesús no perdonaba sus pecados, aquel hombre ya sano seguiría estando muerto espiritualmente y su destino seguiría siendo la condenación eterna. Jesús sabía que los milagros recibidos no cambian, necesariamente, la condición espiritual de las personas. No los transforman. No se traducen en una mayor fidelidad a Dios.

Lo que Jesús sabía nosotros lo hemos comprobado. Hemos orado por muchos a quienes Dios ha sanado milagrosamente: Parejas que no podían tener hijos, mujeres y hombres con cáncer que ahora están sanados, niños que estando a las puertas de la muerte, ahora son jovencitos y hombres o mujeres sanos. Sí, todos ellos beneficiarios del poder de Dios; viven gracias a los milagros recibidos, pero siguen viviendo en enemistad con él porque no han apreciado la salvación que el Señor ofrece.

Los religiosos que escucharon a Jesús no entendieron lo que estaban viendo y por ello lo acusaron de blasfemo. Es decir, de ofender a Dios al pretender que él podía hacer lo que sólo Dios puede: perdonar los pecados. No entendían que Jesús, imagen visible del Dios invisible, encarna una nueva manera del quehacer divino. Dios se ha hecho hombre en Jesús, ha venido al encuentro de los hombres, dado que estos no pueden acercarse por sí mismos a Dios. Jesús sana al paralítico, y el milagro se convierte en la señal de que la comunión del hombre con Dios ha sido restaurada. Es decir, que su condición presente y eterna realmente ha sido transformada.

Marcos destaca que Dios, que ha venido al encuentro de los hombres, espera una respuesta de los mismos. No nos obliga, no nos manipula para que le sigamos, pero sí nos convoca a que salgamos de nuestra condición de muertos espirituales a la realidad de una vida nueva, diferente y plena. Nos invita a que seamos sus discípulos.

Convoca al paralítico, y también a Mateo. No importa su condición física y/o social. Ambos están muertos espiritualmente y necesitan reconciliarse con Dios. Pero, Jesús advierte a unos y a otros que la vida nueva reclama la radicalidad de la conversión. No se trata de cambios aparentes ni superficiales. Se trata de seguirlo incondicionalmente. De otra forma, la condición de las personas puede resultar en un desastre. Lo nuevo exige una nueva manera de vivir.

Jesús establece que para todas las personas existe un interés superior en la vida: El reconciliarse con Dios. Que le importamos a Dios, que nuestra condición le afecta y ha tomado la iniciativa para venir a nuestro encuentro y transformar radicalmente y para bien nuestra vida. Quienes se contentan con el milagro, en realidad no han sido transformados. Pero, quienes están dispuestos a regresar a Dios, a levantarse y seguir a Jesús como lo hizo Mateo, comprueban que en él son otras personas, hombres y mujeres nuevos, instrumentos de justicia en los cuales Dios es glorificado. A que seamos de estos es a lo que hoy les invito.

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