Viviendo entre una generación perversa y mala

Filipenses 2.12-16

Una de las declaraciones bíblicas menos populares es la que Pablo hace a Timoteo: pero los perversos y los engañadores irán de mal en peor, engañarán y serán engañados. Pablo resume así lo que resulta una distopía, es decir, la expectativa de una sociedad, una generación, cada vez más degradada en la que el mal, lejos de debilitarse, se irá fortaleciendo en el día a día. Impacta por su crudeza la traducción que hace NTV de la declaración paulina: pero los malos y los impostores serán cada vez más fuertes. Engañarán a otros, y ellos mismos serán engañados.

Asumir tal perspectiva bíblica es lo que permite a los creyentes en Cristo el adjudicarse su condición de testigos y la importancia de su tarea testimonial. Como testigos, somos llamados a hacer evidente la permanencia de Cristo entre los hombres. Somos, en buena medida, la evidencia de su resurrección porque somos quienes lo hacen visible, creíble y presente en el día a día. Cristo ascendió a los cielos y volverá, pronto, según deseamos. Pero, en el ínterin nosotros somos la prueba de que Jesús ha resucitado.

Por lo tanto, somos nosotros los que hacemos constar, con nuestro modelo cotidiano de vida, la prevalencia del Reino de Dios en medio de un entorno degradado y degradándose. Dado que el orden presente no tiene esperanza ni posibilidad de regeneración, toca a nosotros vivir de una manera alternativa a la prevalente, al mismo tiempo que nos convertimos en la alternativa para quienes quieren evitar su destino de degeneración creciente y destrucción final.

Así, nuestra tarea no consiste en transformar la sociedad, el mundo, en medio del cual vivimos para Dios. Se trata de que, en medio de la generación perversa y mala, nos mantengamos firmes sin titubear en la esperanza que afirmamos, porque se puede confiar en que Dios cumplirá su promesa. Hebreos 10.23 Esta exhortación tiene que ver tanto con nuestro valor ante los ataques que recibimos por nuestra condición de diferentes, como el cultivo de nuestro celo de Dios que nos lleva a resistirnos a asimilar y a ser asimilados por la cultura de degradación que tanto atrae y tan poco futuro tiene.

Los cristianos debemos asumir que el ejercicio de nuestra fe nos lleva a vivir bajo el fuego del enemigo. No debemos pasar por alto las advertencias de Jesús: A ustedes, todos los van a odiar por causa de mi nombre, pero el que se mantenga fiel hasta el final, será salvo. Animados y alertados por el Espíritu Santo debemos aprender a identificar los ataques de nuestro enemigo. Mismos que se disfrazan de conflictos relacionales, de debilidades y enfermedades físicas y emocionales, de dificultades en la vida, etc. No podemos darnos el lujo de ignorar que no estamos luchando sólo con personas, sino que nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra gobernantes, contra autoridades, contra poderes de este mundo oscuro y contra fuerzas espirituales malignas del cielo. Efesios 6.12

La cultura de las redes sociales ha acuñado un término que resulta de especial interés para nosotros. Se trata del concepto influencer, en inglés. Un influencer es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a convertirse en un prescriptor interesante para una marca. Destaco tres características implícitas en el término: credibilidad, presencia e influencia. Las tres describen, por antonomasia, a un discípulo de Cristo. Este es creíble, tiene presencia y ejerce influencia, ahí donde está. El ejercicio de tales atributos no es otra cosa sino el cumplimiento de su tarea testimonial.

El cristiano no es una persona perfecta, sin errores ni fallas. Es aquel que, en su vida, con sus aciertos y sus errores, da testimonio del amor de Cristo, de su propósito redentor y de su poder transformador. El cristiano no sólo enseña, representa el mensaje de Cristo. Lo hace en situaciones que le son favorables, de forma plena. Pero, también lo hace cuando las circunstancias no le son favorables, ni interna ni externamente. Y, lo hace, también, en la medida que le resulta posible hacerlo.

Para comprender mejor esto, tomemos el ejemplo de las relaciones matrimoniales. Los cristianos somos llamados a revelar el misterio de la relación de Cristo con su iglesia, en nuestra relación matrimonial. Por lo tanto, los estándares que somos llamados a cumplir en el trato con el esposo y con la esposa son muy altos, casi ideales. Desafortunadamente, a veces no podemos lograr con tal encomienda. Entonces, se trata de que, si como pareja no hemos podido dar testimonio de Cristo, lo hagamos como personas, como individuos. Y, se trata también, de que, si hemos fallado, en lo pequeño o en lo más importante, sigamos dando testimonio de Cristo en y con lo que nos queda. Arrepentimiento, conversión, humildad, freno, etc., son formas posibles de hacer presente a Cristo aún a pesar de nuestros errores.

El mundo necesita a Cristo, sí. Pero, el mundo también nos necesita a los cristianos fieles, regenerados por la sangre de Cristo y perfeccionados en el día a día por su ejemplo y por el poder de su Espíritu Santo. La degradación social, familiar y personal de la que somos testigos cotidianamente. Las traiciones, las incongruencias, los fracasos de quienes están a nuestro lado. Nuestras luchas diarias, las peticiones de consejo, ayuda y acompañamiento que frecuentemente recibimos. Todo ello y más, no es otra cosa sino la demanda de que sigamos siendo alternativa, modelos a seguir, espacios de redención. Es decir, es demanda y oportunidad para que hagamos presente a Cristo. Que demos conocer a quienes tanto lo necesitan el secreto para la transformación de sus vidas: Cristo. Porque, bien dice la Biblia: El plan secreto es Cristo que vive en ustedes, que les da la esperanza de disfrutar la gloriaColosenses 1.27

 

 

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