Todas las cosas le pertenecen al Señor

Todas las cosas de la tierra le pertenecen al Señor, y nosotros somos sus mayordomos. Creer que Dios es Señor y dueño de todo condiciona el día a día de quienes lo creen. Empiezan asumiendo que ellos mismos, su propia vida, no les pertenece. Como Pablo, están convencidos de que: Todos vivimos para el Señor y ninguno vive o muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos y si morimos, para el Señor morimos. Así que vivos o muertos pertenecemos al Señor. Y, conviene notar la razón que da para ello: Cristo murió y resucitó por esta razón: para ser Señor de vivos y muertos. Romanos 14.7-9 Lo que destaca la convicción paulina es que suma al hecho del Dios creador, el hecho de nuestra redención. Así que mientras los no salvos podrían renegar del señorío de Dios en sus vidas, nosotros los que hemos sido redimidos no podemos hacerlo. Hemos sido comprados a precio de sangre. 1 Pedro 1.17-19

Tener presente esto nos permite entender que el referente de nuestra mayordomía no es otro, ni otros de los nuestros. Hay quienes se esfuerzan por poner los dones que han recibido al servicio de la iglesia y de los necesitados, por amor a su pastor, a su iglesia, a quienes están en desventaja, etc. También hay quienes explican su no servicio debido a lo que no les agrada de su pastor, de su iglesia y de quienes les han decepcionado. Pero, en uno y en otro caso se está equivocado. La razón única de nuestra mayordomía es que Dios es nuestro Señor y dueño. Es a él a quien damos, a quien servimos, a quien honramos. También es a él a quien dejamos de dar, a quien nos negamos a servir y a quien deshonramos.

Esto es lo que da sentido a la cuestión de si el hombre puede o no robar a Dios. Malaquías 3.8 De acuerdo con el reclamo divino esto es posible, de hecho, se da cuando los suyos no administramos fielmente lo que de él recibimos. El estudio bíblico nos revela que Dios reclama no sólo lo que tiene que ver con los dones pecuniarios o la riqueza material, sino con todo tipo de dones recibidos. Para una mejor comprensión de esto se ha propuesto el principio de las 4Ts. Tiempo, Talento, Templo (o cuerpo), y Tesoro.

C. S. Lewis abunda en tal consideración al plantearse: Si alguien me ha creado para sus propios fines yo tendré muchos deberes que cumplir, deberes que no tendría si sencillamente me perteneciera a mí mismo. Para este autor, como para muchos cristianos, la razón fundamental de nuestra mayordomía tiene que ver con nuestra identidad y, sobre todo, con el quién es aquél a quien llamamos Dios, nada menos que el Señor y dueño de todo. Salmo 24 Queda claro, entonces, que para aquellos que no parten de tal principio toda la cuestión de la mayordomía cristiana no sólo no tiene base, tampoco tiene sentido.

Para quienes asumen que Dios es su Señor y su dueño queda la cuestión de cómo administrar los dones recibidos. Aquí es donde la figura del mayordomo resulta más útil que la del mero administrador. En principio se trata de la misma función, administrar. Sin embargo, el mayordomo tiene el derecho de participar y beneficiarse de aquello que administra. No sólo recibe un salario, gestiona como si fuera suyo lo que ha recibido reconociendo y entregando a su Señor lo que este le ha indicado.

Ello nos lleva al asunto del diezmo. Que si es una cuestión de la Ley o de la Gracia. Que si es obligatorio o no. En mi opinión, el diezmo ni surge ni desaparece con la Ley de Moisés y el hecho de la Gracia. El diezmo contiene tanto el reconocimiento de que todo es de Dios y nosotros sus administradores, como el principio de la proporcionalidad. Nadie que diezma da más o menos que los otros que lo hacen. En este sentido, unos y otros cumplen con su mayordomía y lo hacen en la misma proporción. Tu 10% y mi 10% valen y representan lo mismo.

Creo que este principio lo recupera Pablo cuando hace una propuesta aún más retadora, somos llamados a dar según lo que hayamos ganado en la semana. 1 Corintios 16.2  RVR1960, traduce: según haya prosperado. Ahora, bien, sería un error no rescatar el principio subyacente tanto en la cuestión del diezmo como en la de la propuesta paulina. Este principio, obvio, es que cada uno aporta a su Señor de acuerdo con lo que este le ha dado. Ello implica que quien da menos de lo que ha recibido es hallado como siervo inútil, como aquel que ha robado a su Señor. Mateo 25.14ss Y que corre el riesgo de ser despojado de lo que ha recibido para que el don cumpla con su propósito, para que produzca lo que Dios quiere que su reino produzca. Mateo 21.43

Rescatar el principio subyacente despoja a la mayordomía cristiana de su perfil meramente pecuniario. No se trata sólo de dinero, la mayordomía se refiere al todo de la vida: al tiempo, a los talentos, a nuestro cuerpo -templo del Espíritu Santo, y a nuestros tesoros materiales. Aquí quisiera rescatar el dicho divino que registra Malaquías: Pónganme a prueba en esto y vean si no abro las ventanas del cielo para derramar sobre ustedes una lluvia de bendiciones hasta que les sobre de todo. Malaquías 3.10

En este sentido es que quiero animarlos para que dejen, dejemos, de darle propinas a Dios. Hay quienes, antes o después del culto, se gastan más en comidas festivas que lo que ofrendan para la obra. De la misma manera, hay quienes dedican menos tiempo a congregarse, servir a otros, cultivar su comunión personal con el Señor, etc., que el tiempo que dedican a sus propios intereses. Hay quienes no podría recordar la última vez que visitaron a un enfermo, ayudaron a alguien en necesidad (y no sólo financiera), o se esforzaron en compartir el evangelio o discipular a un hermano en la fe. No, no se ha vuelto al mundo, pero han enterrado el talento que el Señor les ha dado para que lo hagan producir.

Probemos a Dios. Reorganicemos nuestras agendas, nuestros presupuestos, nuestra manera de servir. Hagámonos el propósito de orar, leer la Biblia, asistir a la congregación, ofrendar de manera proporcional a la bendición recibida, de compartir el evangelio de manera fiel por un período de tiempo en el que descubramos si hemos estado robando a Dios y, al hacerlo, nos hemos robado a nosotros mismos. No sólo el diezmo no es nuestro, tampoco nosotros somos nuestros.

 

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