Simeón y Ana, o la Navidad de los viejos

Lucas 2.25-38

Cuando se acercan los días de Navidad, acostumbro repasar los pasajes bíblicos que nos relatan el nacimiento del niño Jesús, del Dios encarnado. He de agradecer a Dios el que tal práctica me haya permitido entender que las celebraciones navideñas no tienen que ver con días o fechas especiales, sino con los protagonistas del hecho extraordinario del nacimiento de Jesús. Desde luego, Navidad representa una excelente oportunidad para celebrar el amor de Dios. Dios nos ama, es el centro del mensaje navideño. Y nos ama al extremo de hacerse hombre en Jesús, para así comprender plenamente lo que representa ser hombre, ser mujer.

Pero, los relatos acerca del nacimiento del niño Jesús también incluyen a otros personajes. Con pocas palabras, pero de manera sustancial, los presentan destacando su carácter, su visión y, sobre todo, su fe en el Hijo de Dios. Hoy quiero ocuparme de dos personajes en particular: Simeón y Ana la profetiza. Un par de viejos en una historia en la que, pareciera, no hay lugar para ellos. En efecto, hemos aprendido a hacer de la Navidad una cuestión de niños. Los íconos de las celebraciones navideñas, el árbol, el nacimiento, los Reyes Magos, etc., tienen que ver, fundamentalmente, con los niños. Me pregunto si detrás de tales énfasis no habrá una perversión insana que quiere hacer ver el milagro de Jesús como una historia apenas propia de niños.

Simeón  y Ana nos dicen lo contrario. Para empezar, nos encontramos ante un par de personajes que se distinguen no sólo por su avanzada edad, sino también por su sabiduría y por su fe en circunstancias adversas. La adversidad es la situación desgraciada en que se encuentra alguien. Y vaya si no se encontraban Simeón y Ana en condiciones difíciles. Primero, por su condición de viejos. La vejez, por más digna y llena de bendiciones que resulte, implica la pérdida de muchas de las cosas más preciadas por los seres humanos: vitalidad, ánimo, independencia, poder para hacer e ir a donde se desee, etc. Como bien lo dijera nuestro Señor Jesús, el viejo no sólo deja de ir a donde quiere, sino que tiene que aprender y aceptar el ir a donde otros lo lleven. Aprendizaje, este, siempre difícil y doloroso. Sobre todo porque el desgaste físico hace evidente, como una voz que grita desde dentro nuestro, que, aunque queramos, ya no podemos ser, ni hacer, lo que fuimos e hicimos.

Quien parecer ser cada vez más menos él, o ella; quien cada vez más puede hacer menos, difícilmente encuentra alguna razón para la fe, para la esperanza. La esperanza es el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. Ante el desgaste integral de nuestra persona, ¿cómo podemos los viejos creer que de veras podemos lograr lo que deseamos? Pues resulta que Simeón y Ana mantuvieron la esperanza, permanecieron creyendo que era posible lograr aquello que era su deseo más profundo.

Por ello es que, cuando José y María se presentan en el Templo llevando en brazo al niño Jesús, ni a Simeón ni a Ana, tal hecho les agarra desprevenidos. Ellos llevaban toda la vida esperando ver entrar a una pareja que llevara entre sus brazos al Salvador del mundo. Lo creyeron de jóvenes, lo creyeron en la edad adulta y, en su vejez, siguieron creyendo y esperando el cumplimiento de sus deseos. Una traducción inglesa de la Biblia, dice que Simeón era un hombre bueno, un hombre que había vivido en oración expectante, esperando ver la llegada del Salvador de Israel. De Ana, la misma traducción nos dice que esta anciana, de más de noventa años, nunca salía del área del Templo, alabando a Dios día y noche, con sus múltiples oraciones y ayunos. Cuando Simeón todavía estaba adorando a Dios por el niño Jesús, Ana irrumpió con gritos de alabanza al Señor, proclamando que había llegado aquel  a quien había estado esperando anhelantes, pues traería la liberación de Jerusalén.

Oración expectante, espera anhelante, parecen ser la clave de la vitalidad de Simeón y Ana, un par de viejos que celebran el nacimiento de Jesús con alegría y regocijo propios de jóvenes. En este par de ancianos me parece ver el cumplimiento de la promesa divina que nos asegura que los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán,  y no se fatigarán. Isaías 40.31

Algunos de los presentes están un poquito más viejos que yo, así que realmente están viejos. No me sorprende que los otros piensen que para ellos todo se ha acabado en la vida, que ya no queda nada de lo que fue, ni que haya algo qué esperar. Me temo que algunos hayan cambiado la esperanza por la desesperanza. Esperan sin esperanza. A quienes la vida los ha tratado tan duramente que no encuentran razón para creer que es posible lograr aquello que desean ver, quiero animarlos a que pongan sus vidas en las manos de Dios, mejor aún, que hagan a Dios la razón de su espera, de su esperanza.

La historia de la Navidad nos revela que los ancianos que viven así, haciendo de Dios su esperanza, verán entrar por las puertas de su vida el cumplimiento de sus deseos. Que, como Simeón y Ana, se llenarán de gozo cuando vean cumplidas sus expectativas de fe; cuando vean cumplida la promesa de salvación, fortaleza y compañía que están presentes en Jesús, nuestro Señor y Salvador.

Para ello, como Simeón y Ana, deben orar expectantes. Es decir, esperar mirando lo que Dios está haciendo. No orar resignada y fatalistamente, sino gozándose en lo que el Señor hace, aunque todavía no sea lo que se espera. Creo que muchas veces Simeón y Ana vieron entrar parejas con un niño entre los brazos. Que se acercaron a ellas, confiando que se trataba del Mesías. Pero, aunque no fue así, alabaron a Dios por el milagro de la vida representando en esos niños pequeños y siguieron esperando a que el Mesías entrara por las puertas del Templo.

Dentro del dolor de la vejez, dentro del desánimo producido por nuestro desgaste físico, sigue habiendo lugar para la esperanza. Nuestros días están llenos de señales y signos de la presencia y la misericordia divinas. Se cumple en nosotros la promesa implícita en el nombre dado a José para el niño que estaba en el vientre de María: Emanuel, Dios con nosotros. Porque Jesús nació, Dios está con nosotros. Está con nosotros cuando estamos alegres y cuando estamos tristes; está con nosotros cuando estamos sanos y nos sentimos fuertes y está con nosotros cuando nos enfermamos y nos sentimos débiles. Está con nosotros cuando creemos que está presente y sigue estando con nosotros cuando pensamos que nos ha dejado solos.

Simeón y Ana son un par de ancianos que nos recuerdan que, porque Dios nos ama tanto que ha dado a su Hijo unigénito para que seamos salvos, es que la Navidad es también una fiesta de viejos. Así que, muchachos y muchachas de la época pasada, alegrémonos porque nos ha nacido en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.

 

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