… y la mujer

Génesis 5.1,2

Dios creó al ser humano a su semejanza. Creó al hombre y a la mujer, luego los bendijo y los llamó «seres humanos»

La mujer no es igual al hombre… y no tiene por qué serlo, a Dios gracias. Ello no implica que sea inferior o superior al hombre, simplemente es diferente. Aun cuando comparte importantes similitudes con el hombre, la mujer es otra, es ella. Más aún, para ser más precisos, la mujer es ellas. Esto porque al ser humana, ser persona, cada mujer es otra –otra mujer, otro individuo-, similar pero diferente al resto de sus congéneres. Siguiendo a Ortega y Gasset, la mujer es ella y su circunstancia.

Desafortunadamente, las diversas culturas influenciadas por principios y prejuicios religiosos, han asumido que la diferencia entre el hombre y la mujer se establece a partir del valor de la misma. Este, está determinado por el grado en que la mujer es ser humano. Más allá de los presupuestos antropológicos, el ser humano de la mujer se fundamenta, paradójicamente, en cuestiones religiosas, tales como si la mujer tiene alma o no. Desde la perspectiva espiritual, si la mujer no tiene alma luego, entonces, no puede relacionarse con la divinidad, lo que la hace inferior al hombre. Desde una perspectiva humanística, si la mujer no tiene alma, psique, luego, entonces, no tiene capacidad para pensar y ello la hace dependiente del hombre que, se dice, sí piensa.

Ha de ser muy difícil eso de ser mujer. Ello sin importar el país, la cultura, el nivel socio económico o la profesión religiosa. Suecia, por ejemplo, uno de los países con mayores estándares de igualdad de género se encuentra entre los primeros tres países europeos con las tasas más altas de violencia machista, señala la revista El País Semanal.

Aquí propongo que, en consecuencia, las mujeres de nuestros días enfrentan dos retos fundamentales, uno de identidad y el otro, relacional. Respecto del primero podemos proponer que no pocas mujeres, incómodas e insatisfechas por el lugar que la cultura les asigna, se ven en la tentación de superarse aprendiendo a ser y a actuar como los hombres. Es decir, procuran parecerse a los hombres asumiendo que así serán reconocidas y respetadas. Desafortunadamente, lo que se pretende imitar son, precisamente, los anti-valores, actitudes y prácticas que niegan la condición de ser humano en los hombres.

En medio de las circunstancias en las que viven, resulta imperativo que las mujeres rescaten su propia identidad. Que, en la medida de lo posible, mantengan, rescaten o fortalezcan su capacidad y derecho para elegir por sí mismas lo que les es propio. Su ser humanas conlleva el principio de la dignidad, es decir, del merecimiento –de aprecio y respeto- que les es propio por el sólo hecho de ser humanas. Su valor no deriva de ser como otros, ni como otros quieren que sean, sino como cada una es. Como cada una ha decidido ser al elegir los elementos constitutivos de su identidad de entre los muchos que la vida le propone.

Respecto del reto relacional, considero que la pretensión, paralelamente consciente e inconsciente, de asumirse iguales a los hombres, ha llevado a un modelo relacional, sobre todo en tratándose de las parejas, en el que todos salen perdiendo. El concepto bíblico de la relación matrimonial, la relación de pareja, es que al unirse el hombre y la mujer, sin perder su identidad, se convierten en una nueva y diferente persona. Es decir, se convierten en otro. Sin embargo, bajo la pretensión de la igualdad, las relaciones de pareja cada vez más se fundamentan en un principio de sociedad. Es decir, una relación en la que cada uno tiene derecho a recibir de acuerdo a lo que ha invertido en la misma. Se trata de lo que llamaríamos el principio del cincuenta por ciento. En este, lo tuyo sigue siendo tuyo y lo mío, mío. Sin embargo, en la práctica y dados los condicionamientos culturales a los que hemos hecho referencia, generalmente es la mujer la que sale perdiendo. Al no haber un proyecto de unidad, al no asumirse la relación como un proyecto común, resulta que unos terminamos siendo más iguales que los otros.

En el relato bíblico de la creación de la mujer, Génesis 2.18, encontramos un presupuesto que conviene rescatar tanto en lo que se refiere a nuestra identidad como a nuestras relaciones de género. El autor sagrado plantea: Luego Dios dijo: «No está bien que el hombre esté solo. Voy a hacerle alguien que lo acompañe y lo ayude». Diversos estudiosos bíblicos nos dicen que el sentido de la expresión, lo ayude (en otros, le haré una ayuda idónea), tiene que ver con el concepto de complementariedad. Los seres humanos necesitamos del otro para complementar lo que somos. No es que sin el otro estemos en obra negra, sino que mutuamente añadimos algo al otro para contribuir a hacerlo mejor, más completo, efectivo o perfecto.

Mujeres y hombres enfrentamos el reto de ser nosotros mismos, de honrar nuestra identidad, nuestra individualidad. Al mismo tiempo, cooperar para que los otros, especialmente aquellos a los que estamos unidos por lazos de amor y familia, a que sean, también, quienes son. Desde luego, ello pasa por nuestro propio empoderamiento y del empoderamiento del otro. Empoderamiento que es posible gracias a la obra de Jesucristo, quien ha venido para que tengamos vida abundante. Cuando somos uno con Cristo, también podemos ser uno en Cristo. Podemos asumir, entonces, que el otro es ello y que yo soy él.

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