Dios, la pareja y el dinero

El manejo del dinero en el matrimonio es, junto con las cuestiones del poder conyugal y la sexualidad de la pareja, uno de los elementos definitorios del carácter de la relación matrimonial. Por sí mismo, el dinero tiene un poder más importante que los otros dos elementos. La razón es que el manejo del dinero en la pareja refleja y condiciona tanto la sexualidad, como el equilibrio del poder de la misma. Stella Maris, especialista en el tema, asegura que detrás del dinero se juegan otras cosas no conscientes. Es decir, lo que vemos y hacemos alrededor del tema del dinero en la pareja, en realidad es una especie de código encriptado que está hablándonos de otro tipo de cuestiones (tanto problemas como satisfacciones), que se revisten como asuntos financieros.

El dar dinero a cuenta gotas, por ejemplo, manifiesta el menosprecio que el proveedor tiene respecto de los merecimientos y capacidades del receptor para recibir y administrar los recursos familiares. Otra práctica frecuente entre las parejas consiste en el control absoluto de uno por sobre el otro. Así, el subordinado necesita del permiso de quien controla para disponer de los recursos económicos, aún cuando sea él (o ella), quien los haya generado. Una tercera práctica consiste en que uno de los miembros de la pareja, o ambos, escondan cantidades de dinero. Los especialistas aseguran que son dos las motivaciones que conducen a tal práctica: la primera es la convicción de que soy más valioso que el otro y, por lo tanto, merezco conservar y administrar el dinero sin su conocimiento; la segunda motivación tiene que ver con el sentido de merecimiento: porque yo hago (o dejo de hacer), tal cosa merezco una recompensa por el sacrificio que mi acción implica. Dora Salive asegura al respecto: todas éstas tácticas muestran la forma como está la relación. Se convierten en acuerdos implícitos o explícitos que si se aceptan sin expresar lo que molesta, se van convirtiendo en resentimientos que van minando la base de la relación.

Una vez más, conviene que vayamos a la Biblia y recuperemos los principios tanto de la relación matrimonial, como de la administración de los bienes recibidos de la mano de Dios. Es cierto que no hay un modelo único de la relación matrimonial; pero, también es cierto que los principios bíblicos son válidos en cualquier tiempo y circunstancia. De ahí la importancia de que nos acerquemos a los mismos no como a meras sugerencias, sino que los consideremos como lo que son: mandatos o leyes que debemos obedecer si queremos gozar de la bendición de Dios en nuestra vida y matrimonio.

El primer principio bíblico aplicable al tema es el Principio de la Mayordomía. Nada es nuestro, todo es de Dios, aún nosotros mismos. La mayoría de los problemas de manejo de dinero en la pareja pasan por el sentido de propiedad sobre los recursos disponibles. Mío, mía, es mi derecho, etc., son las frases que lo hacen público. Quien genera los recursos, o quien detenta mayor poder, asume que todo es suyo y que puede administrarlo a su libre arbitrio. El problema es que tanto quien genera los recursos, como quien los administra, tienen razones suficientes para argumentar la propiedad y el derecho sobre los mismos.

Cuando la pareja expresa su fe y convicción religiosa en el asumir que Dios es el dueño de todo y que los recursos a su disposición son sólo una mayordomía, el conflicto de propiedad deja de tener razón de ser. Salmos 24.1. Al asumirlo, ambos se reconocen como meros administradores que han de dar cuenta de los dones recibidos. Sobre todo, toman conciencia de que los recursos a su disposición son para su bien y para el cumplimiento de sus tareas; por lo tanto, no permiten que los mismos se conviertan en una maldición que los amarga, los enoja y pueda terminar por separarlos.

Una forma segura de cultivar tal Principio de la Mayordomía, es el pago de los diezmos como un testimonio fehaciente de la fe que la pareja profesa. Malaquías 3.10. Quienes diezman, reconocen que Dios es su Señor y el dueño de ellos y de lo suyo. Además, establecen un marco de administración familiar sustentado en el orden bíblico y pueden, por lo tanto, acceder a las bendiciones prometidas. Quienes se atoran en la lucha por la posesión del dinero familiar se auto boicotean y terminan empobreciéndose, individual y familiarmente. Por el contrario, quienes honran a Dios en la administración de los bienes descubren bien pronto que la provisión divina es siempre suficiente y nunca genera conflictos ni discordias.

El segundo principio bíblico relacionado al tema es el Principio de la Unión Matrimonial. El matrimonio es una unidad, esposo y esposa se han juntado haciéndose un todo, una nueva persona. Efesios 5.31. Son iguales, se corresponde uno al otro y cultivan la conformidad y la concordia de los ánimos y las voluntades. En razón de su unión, esposo y esposa son complementarios el uno para el otro, en todo. Es esta una unidad discriminatoria por cuanto privilegia la salud, la estabilidad y la viabilidad de la pareja por sobre cualquier otro interés familiar, laboral o económico. Nada a costa de la pareja. Es esta, su relación de pareja, el primer don recibido de Dios por el que han de dar cuentas. Por lo tanto, en asuntos de dinero se gana perdiendo cuando se renuncia a lo que pudiera parecer propio en aras de la estabilidad y la salud matrimonial.

El tercer principio, el de la Interdependencia Agradecida, abunda en los conceptos apuntados en el inciso anterior. Siguiendo la figura de la Iglesia, en tanto cuerpo de Cristo, también en el matrimonio somos miembros los unos de los otros, cada uno ha recibido dones para la edificación del otro y la multiplicidad de funciones o roles de pareja no implica una gradualidad de dignidad o merecimientos. 1 Corintios 10.24; 12.1-7; 1 Pedro 4.10. La razón es que la importancia de lo que se hace o aporta al interés matrimonial está determinado no por su monto, sino por su contribución a la edificación de la familia. De ahí que tan valioso sea el que alguien trabaje fuera de casa para proveer recursos materiales a la familia, como el que otro de los integrantes de la pareja permanezca atendiendo las tareas hogareñas. En la pareja somos interdependientes, dependemos igualmente los unos de los otros.

Tal interdependencia es connatural a los sistemas familiares. Sin embargo, la perspectiva bíblica llama a que cultivemos una Interdependencia Agradecida. Colosenses 3.15. La gratitud es el sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio recibido. Son tres los elementos constitutivos de la Interdependencia Agradecida: aprecio, reciprocidad y responsabilidad.

Aprecio. Consiste en el reconocer el mérito implícito y explícito en el hecho de que el otro contribuye a nuestro bienestar obligado sólo por el amor que nos profesa. Cuando se pretende dar o recibir en virtud de los méritos presuntos, deja de darse una relación matrimonial y esta se pervierte hasta convertirse en un mero intercambio comercial y hasta en una relación prostituida.

Reciprocidad. La buena acción de otro en nuestro favor nos obliga a corresponder, a pagar con igualdad, relativa o proporcional, los beneficios recibidos. No pagamos en igualdad al don que se nos ofrece, pero sí en correspondencia al espíritu que le anima.

Responsabilidad.  La responsabilidad se expresa en el cuidado que tenemos de lo que hemos recibido, así como de aquel que lo ha provisto. Implica también la disposición a los cambios de roles, transitoria o permanentemente, en cuanto a la provisión y administración de los recursos familiares. Si bien los cambios de roles implican un cambio de funciones, no debe inferirse que dichos cambios impliquen un cambio en la dignidad y la responsabilidad de los esposos.

La Interdependencia Agradecida reconoce la libertad y autonomía relativas de los esposos. Son libres, son autónomos, sí, pero no absolutamente. Por ello, se necesita que convengan los espacios de decisión y autoridad individuales en el manejo de los recursos. Ello implica que se distinga entre las necesidades, reales o sentidas, de cada quién y las necesidades, reales o sentidas, de la pareja y la familia. No siempre lo que es importante o prioritario para uno lo será para el otro, ni para todo el sistema familiar.  Por ello, el cultivo de la Interdependencia Agradecida permitirá decidir lo que conviene, privilegiar lo que resulta importante para el interés común y aún renunciar a lo propio como si se tratase de un regalo de amor que contribuye al bienestar del otro.

Las finanzas familiares, como la dinámica familiar toda, no son una cuestión de recetas. Requieren de discernimiento integral, mismo que empieza por la dimensión espiritual de los asuntos familiares. El Espíritu de Dios libera, fortalece y guía a las parejas que están atrapadas en los pantanos financieros, desde luego. Pero, la acción del Espíritu no excluye la reflexión, el trabajo, ni la adquisición de los conocimientos indispensables para una correcta generación y administración de los recursos familiares.

En estos asuntos empecemos primero por lo primero. Que nadie diga esto es mío, pues todo es de Dios. Y si nosotros lo hemos recibido es para que lo administremos para su gloria, pero también, de manera fundamental, para el bien de nuestra familia y de aquellos a quienes el Señor nos ha llamado a servir con lo que hemos recibido.

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