Dios es dueño del mundo

Salmo 24 TLAD

La cuestión de la mayordomía cristiana sólo puede comprenderse a la luz del concepto del señorío de Dios. Sólo aquellos que reconocen que Dios es Señor, su Señor, pueden vivir como mayordomos, es decir, como administradores de los bienes que han recibido como encargo y con un propósito particular. Como consecuencia, el mayordomo se asume beneficiario de los dones –bienes tangibles e intangibles- puestos a su cuidado, al mismo tiempo que reconoce el propósito inherente a tal beneficio: capacitarlo para cumplir de mejor manera con la tarea recibida.

La cosmovisión de quien se reconoce a sí mismo como mayordomo de los dones divinos se sustenta en la convicción expresada por el salmista: Dios es dueño de toda la tierra y de todo lo que hay en ella; también es dueño del mundo y de todos sus habitantes. Salmo 24.1 TLAD Al mismo tiempo, el mayordomo reconoce que nuestra salvación responde al propósito divino: Reconciliar al mundo consigo mismo. Y, que Dios mismo nos ha encargado a quienes somos salvos la palabra de la reconciliación. RVR1960 Es decir, Dios nos ha encargado que anunciemos a todo el mundo la buena noticia de la salvación. 2 Corintios 5.19,20 TLAD Para Dios no hay propósito más alto ni tarea más importante que el que el mundo sea salvo. Por lo tanto, todo lo que hace lo anima tal propósito, incluyendo lo que hace en favor de nosotros y los dones con los que nos enriquece y capacita.

Nuestra salvación resulta de un acto soberano de Dios. Él es quien nos ha elegido y quien nos ha llamado. No hay, ni hubo, mérito alguno en nosotros para ello. Pablo le explica a Timoteo (2 Timoteo 1.9), que Dios nos llamó con llamamiento santo (RVR1960), nos eligió para que seamos parte de su pueblo santo (TLAD). Estas dos versiones destacan la calidad de santo, tanto de nuestro llamamiento como de nosotros mismos. Como sabemos, el término santo significa tanto pureza como consagración. En este segundo sentido debe entenderse como algo que se ha consagrado ceremonialmente. Es decir, que responde a un propósito y se realiza de forma solemne: Especial, de manera pública y distintiva.

Dios nos hace especiales, santos. Nos hace suyos y capaces para colaborar con él en su tarea más importante: la redención. Desde luego, este es un privilegio que resulta de su gracia. Este privilegio implica que Dios nos glorifica. Romanos 8.30 Es decir, Dios nos distingue, nos señala como diferentes de quienes no son suyos. Esta distinción tiene como objetivo el que tengamos mayor influencia en nuestro entorno. A esto se refirió nuestro Señor cuando dijo que sus discípulos somos la sal de la tierra y la luz del mundo. Mateo 5.13,14

Lo que Dios nos da forma parte de su quehacer y de su propósito. Es ello lo que da la condición de santos a los dones que recibimos, tanto los tangibles como los intangibles. Al tratarse de cosas santas somos llamados a tratarlos, también, con pureza y con propósito. TLAD se refiere a los dones recibidos como capacidades especiales. 1 Pedro 4.10ss Destaca el hecho de que lo que Dios pone a nuestra disposición tiene el primer propósito de capacitarnos para la tarea recibida. Es ello lo que legitima el que seamos los primeros beneficiarios del bien recibido. Pero, también es lo que no permite que el mismo se agote en nosotros cuando aquellos que son los beneficiarios últimos siguen teniendo necesidad del mismo. Pedro dice que debemos usar bien tales capacidades, en el servicio a los demás. El hacerlo así servirá para que los demás alaben a Dios por medio de Jesucristo, que es maravilloso y poderoso para siempre. Amén.

Hemos aprendido a no permitir que nadie sea nuestro dueño, nos parece indigno aunque, paradójicamente, sean muchos y mucho lo que nos posee. Pero, el concepto de la mayordomía bíblica implica que el que Dios sea nuestro dueño se convierte en un privilegio que nos dignifica y cualifica para tareas superiores. El mayordomo participa de la dignidad del dueño al formar parte de su casa, de lo que el dueño es y tiene. Es quien administra el nombre y los bienes de su señor.

Quien hace suyo lo que ha recibido pone bajo su limitada cobertura los dones a su cuidado. Los castra por cuanto no permite que los mismos adquieran su dimensión total y porque limita la trascendencia de los mismos. Dado que los dones recibidos son y dan, en sí mismos, testimonio de su origen y propósito, el mal uso de ellos genera insatisfacción, frustración y derrota. Paradójicamente, nunca satisfacen y siempre hay el deseo de más, aunque lo más sea cada vez menos y genere mayor frustración. Aquello que no cumple su propósito pierde su valor y aprecio.

Que Dios sea nuestro Señor y nosotros nos asumamos sus siervos pone en orden nuestra vida porque la dimensiona y nos coloca en la proporción debida. De ahí la importancia de que nos asumamos mayordomos, siervos inútiles al servicio de su Señor. De que vivamos de acuerdo al propósito divino y administrando bien los recursos recibidos. La fidelidad en nuestra mayordomía es el escalón sobre el que descansamos antes de avanzar en la carrera a la que somos llamados. Así lo dijo el Señor cuando, en la parábola de los talentos, reconoce al empleado bueno y le dice: Ya que cuidaste bien lo poco que te di, ahora voy a encargarte cosas más importantes. Mateo 25.23ss

A esto somos llamados porque Dios es el dueño del mundo.

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