Por causa de Cristo

Filipenses 3.8; 1.29

Una de las características distintivas de la persona urbana es la naturalidad con la que se sirve de cosas extraordinarias. Abre la llave y recibe agua, toca un interruptor y tiene luz, viaja decenas o centenas de kilómetros en minutos u horas en vehículos que hace apenas cien años no existían. De hecho, la persona urbana se ha acostumbrado a tratar de manera ordinaria lo que es, en realidad, extraordinario. No resulta raro, entonces, que los cristianos urbanos, en particular, se acerquen a las cuestiones torales de su fe de igual forma. El quehacer extraordinario de la gracia se asume como la norma que resulta del merecimiento propio. La salvación se asume como un derecho antes que como una manifestación extrema del amor divino. El sacrificio de Cristo, cada vez más es una anécdota que ni siquiera nos ocupamos de conocer a detalle y, por lo tanto, se convierte, casi, en una mera leyenda urbana.

Una de mis peticiones a Dios más o menos frecuente es que me ayude a comprender la obra de Cristo, así como la dimensión de su auto-despojamiento y sacrificio. Debo confesar, sin embargo, que es una petición en la que no me detengo mucho ni enfatizo con mayor determinación. La razón: me da miedo. Sí, me da miedo llegar a comprender la anchura, del amor manifestado en y por Cristo. Me da miedo descubrir que, ante su valor extremo, mi respuesta ha sido tibia y desconsiderada. Pocas expresiones bíblicas me causan tanto desasosiego como aquella que dice: Por causa de Cristo.

Pero, estamos hablando de la restauración de las relaciones familiares y alguno podrá preguntarse sobre el porqué de lo hasta aquí dicho. Tiene mucho más sentido de lo que parece. La mayoría de las disfunciones familiares: violencia, infidelidad, traición, irrespeto, abuso, etc., resultan del ignorar el sentido de Cristo en el aquí y ahora de nuestras vidas. Es decir, quien es y qué ha hecho y hace, a qué nos llama, Cristo, deja de tener relevancia dado que, tanto su obra como él mismo, son asumidos por nosotros de manera ordinaria, irrelevante. Hacemos de muchas cosas los referentes de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones: la discreción, el derecho, la decepción, las expectativas incumplidas, etc., pero no a Cristo. La fidelidad, no la discreción, tuve que recordarle a una persona que veía en la segunda la razón para sentirse bien en su condición de infiel al cónyuge.

Las relaciones familiares se desgastan y desgastan a quienes participan de ellas. Producen daños que afectan el todo de las personas y trascienden aún a generaciones que todavía no han nacido. Ante ello es que toma relevancia Cristo, su reino, su orden. Los versos que dan pie a nuestra reflexión se refieren a dos de los factores que explican nuestra disposición a echar fuera a Cristo del qué y del cómo de nuestras relaciones familiares. En Filipenses 3.8, el Apóstol asegura que, por causa de Cristo, todo aquello que ha perdido lo considera basura a cambio de ganarlo a él. Pérdidas, las relaciones familiares implican pérdidas que enfrentamos en o fuera de Cristo. En el capítulo primero de la misma carta, verso 29, Pablo dice: Pues por causa de Cristo, ustedes no sólo tienen el privilegio de creer en él, sino también de sufrir por él. Sufrimiento, la otra razón presente en la descomposición familiar. Lo que sufrimos nos lleva a acercarnos a Cristo, o más frecuentemente, a vengar nuestras afrentas a costa de Cristo.

Pérdidas. Somos y hacemos familia en la expectativa de obtener beneficios únicos que sólo pueden ser alcanzados, creemos, en esta familia y con estos que la componen. Invertimos en ello y en ello. Y, dado el costo que lo invertido significa, cuando las cosas se descomponen, las relaciones se pervierten, enfrentamos el reto de asumir la pérdida o tratar de conservar algo, si no es que todo, lo que tanto nos ha costado. Aun cuando lo que conservamos haya devenido, se haya convertido, en basura.

Ahora bien, la única manera en que podemos conservar la basura es acompañándola de más basura y si damos a la basura el reconocimiento y el trato de algo valioso. Ello explica el que tantos se aferran a relaciones familiares disfuncionales y destructivas. A relaciones que se degradan y degradan a quienes luchan por conservarlas. La razón que tienen son ellos mismos y la inversión realizada. Ha sido tanto lo que han invertido y lo que, contra toda esperanza, consideran que podrían obtener, que no pueden considerar, siquiera, el renunciar a lo que no funciona, no beneficia y no honra.

Y, dado que es verdad lo que decimos acerca de su costo, sólo podríamos estar dispuestos a reconstruir nuestras relaciones si consideramos que existe un valor superior en nuestras vidas: Cristo. Las relaciones disfuncionales no sólo afectan nuestra persona y a nuestras familias. Pueden, y de hecho lo hacen, erosionar nuestra relación con Cristo. Así que la restauración familiar pasa, necesariamente, por hacer todo por causa de Cristo. Es decir, considerando el costo que ha tenido nuestra comunión con él y nuestra permanencia eterna en él.

Sufrimiento. Lo que menos queremos es sufrir, ni siquiera por causa de Cristo. Así que la idea de Pablo nos parece, lo menos, difícil de aceptar, si no es que totalmente absurda. Algunos dirían que Pablo promueve la aceptación de la violencia, que hace una apología del sufrimiento injusto. Que promueve la pasividad y con ella facilita la injusticia como el patrón a seguir en el todo de las relaciones humanas. No hay tal. El sufrir por causa de Cristo, sufrir por él, no consiste en la aceptación de sistemas familiares injustos, ni, mucho menos, en la tolerancia a patrones relacionales que degradan a las personas. Todo lo contrario. Sufrir por causa de Cristo resulta de la disposición a pagar los precios que la justicia, el amor y el respeto, como sustento de las relaciones familiares, representan.

José D. Batista asegura: El cambio siempre provoca sufrimiento. El temor al sufrimiento nos lleva a renunciar al cambio. Renunciar al cambio por el temor al sufrimiento, siempre genera mayor sufrimiento. Es cierto que el replanteamiento de las relaciones disfuncionales pasa por el sufrimiento, como el nacimiento requiere del dolor del parto. Pero, toca a nosotros decidir si nuestro sufrimiento es gasto o inversión. La restauración de nuestro mosaico familiar requiere que hagamos lo que conviene en función de Cristo. Lo que lo honra, lo que es conforme a su voluntad. Aun cuando ello resulte doloroso o represente pérdidas significativas para nosotros. Lo cierto es que nunca serán tan costosas como el hecho mismo de nuestra salvación. Y, comparada con el quehacer de Cristo, todo puede ser sobrellevado en la esperanza de su gracia y de su poder para hacer que todo obre en nuestro favor. Romanos 8.28

Empezamos hablando de considerar como ordinario lo que es en sí, extraordinario. Que existan disfuncionalidades cotidianas en nuestras relaciones familiares no significa que las mismas sean connaturales a nuestra condición de hijos de Dios. Debemos dar por terminados los patrones disfuncionales, echarlos a la basura, negarnos a seguir planchándolos y permanecer bajo su poder y control. No nos es propio nada que nos denigre y ponga en riesgo la causa de Cristo. Paguemos precios, suframos haciendo el bien. Salgamos de lo que nos oprime y consideremos, en todo, a Cristo, antes que a nosotros mismos, antes que a los nuestros. Así, perdiendo la vida es que la ganaremos.

 

 

 

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