Eutanasia. Mejor morir que vivir así.

Job 7.13-15

Serie de meditaciones pastoralesTener consciencia de nuestra muerte da sentido a nuestra vida. Saber que la vida tiene un límite, que se trata de una oportunidad temporal, nos permite replantear los dones que la misma nos ofrece y dimensiona la importancia del propósito de nuestra vida dado que el tiempo para nuestra tarea es finito. Juan Ramón de la Fuente cita a San Agustín: Sólo la aceptación de la muerte hace posible dar a la vida su verdadero valor. Y, ante la finitud de la vida y la importancia de la tarea recibida, el Salmista pide a Dios: Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría. Salmos 90.12

Uno de los engaños que frecuentemente asumimos como verdad vital es que la vida, nuestra vida, es un fin en sí misma. Hemos aprendido a creer que vivimos para vivir. Así, el sentido de la vida es la vida. Sin embargo, la razón de ser de nosotros está fuera de nosotros. Como creyentes creemos que hemos sido creados para honrar y alabar a Dios. Como discípulos de Cristo asumimos que vivimos para cumplir la tarea que él nos encargó: predicar su evangelio y multiplicarnos en otros discípulos. Esto es de suma importancia porque el sentido, la razón de la vida, que asumimos como propio determina la dirección que damos a nuestra existencia. Es decir: las tareas que asumimos como propias, las alianzas que consideramos adecuadas, las prioridades de nuestra inversión vital, los sacrificios que estamos dispuestos a hacer y, sobre todo, la inversión que hacemos en nosotros mismos para seguir viviendo.

Causa y efecto de tal engaño son, quizá, aquellos avances de la medicina que fortalecen la convicción de que tenemos derecho a, y que podemos hacerlo, tanto como queramos. Que prolongar los días de nuestra vida sólo depende del desarrollo de ciertas capacidades y de la abundancia de recursos. Gracias a los avances médicos la vida se puede prolongar por horas y hasta por años. Todo depende de la disposición de la persona para vivir a costa de lo que sea y, obviamente, de que cuente con los recursos, sobre todo los económicos, que le permitan hacerlo. Y es esto, precisamente, lo que nos coloca en la necesidad de tomar una posición ante eso que llamamos eutanasia: la buena muerte o el buen morir.

Resulta paradójico que tantos avances médicos hagan necesario el ocuparse del cómo y el cuándo de la muerte. Esto se debe, en buena medida, al hecho de que dichos avances de la tecnología médica fácilmente se traducen en una nueva clase de sufrimiento. Fernando Gómez Mont asegura: Los avances de la tecnología médica y la industria farmacéutica permiten hoy procesos y tratamientos que pueden sostener la vida aun en condiciones brutales… [Hay quienes] consideran que la medicina simple y sencillamente sirve para luchar contra la muerte. Para ellos, en estos casos no cuenta la voluntad del enfermo y su familia.

Básicamente lo que enfrentamos es una alteración de aquel ciclo vital que asumimos como el natural, el propio del ser humano: nacer, crecer, reproducirse y morir. Ahora, pareciera, la muerte ya no es natural sino algo a evitar a cualquier costa. Ello implica la emergencia de complicaciones y retos tanto en lo físico, lo emocional, lo relacional y lo espiritual. En efecto, sostener artificialmente la vida, sobre todo cuando esto implica someter al enfermo a lo que Arnoldo Kraus llama: el encarnizamiento terapéuticoseguir tratando a enfermos sin esperanzas-, implica grandes complicaciones, pérdidas y sufrimientos en lo físico, lo emocional, lo relacional y ¡lo económico!, esto último tanto para el paciente como para la familia y para los sistemas de salud pública.

Desde el punto de vista de la fe asumir que la muerte no nos es propia y que por lo tanto debemos negarnos a ella hasta el último suspiro es una negación de la esperanza cristiana y de dos presupuestos fundamentales de nuestra creencia: la resurrección y la segunda venida de Cristo. Sin bien es cierto que la Biblia asume a la muerte como nuestro postrer enemigo, también declara que este ha perdido su poder. Ello, porque la muerte física no es definitoria de la suerte humana, no significa el fin de la vida, sino que es una transición que nos permite acceder a un nuevo estado de vida y a un nuevo nivel relacional con Dios. Juan 11.25; 1 Corintios 15.26; 53-55; 1Tesalonicenses 4.13ss; 1 Juan 3.2; Apocalipsis 20.1-6

La alteración del ciclo vital, la perversión del sentido, la razón, de nuestra vida tienen un efecto depredador en el todo de nuestra existencia. Nos roba y saquea con violencia y destrozo. Es, precisamente esto, como ya lo hemos referido, lo que plantea la necesaria consideración acerca de la eutanasia. ¿Cuándo se debe renunciar a la vida del paciente y facilitar su muerte? Es la pregunta que subyace en la consideración del tema. Volvemos con Kraus quien define la eutanasia como el acto o método que se aplica para producir la muerte sin dolor y finalizar el sufrimiento en pacientes terminales y sin esperanza. Esta, agrega este médico, adquiere dos formas, la eutanasia activa: se finaliza deliberadamente la vida por medio de una terapia que tiene como propósito la muerte. O, la eutanasia pasiva, misma que puede consistir en el no inicio de un tratamiento encaminado a prolongar la vida del paciente, o, la suspensión de los tratamientos ya iniciados.

Si la eutanasia tiene que ver con finalizar el sufrimiento en pacientes terminales y sin esperanza. Estaríamos ante el hecho de que se trata, suponemos que en la mayoría de los casos, de pacientes que han enfrentado ya el encarnizamiento terapéutico al que hemos hecho referencia. No se trata de enfermos en general, ni de personas que todavía conservan una calidad de vida satisfactoria, o de pacientes con posibilidades de recuperación sin necesidad de tratamientos extremos. Y es esto lo que, en mi opinión, facilita o hace menos conflictivo nuestro acercamiento a la eutanasia como un procedimiento válido en circunstancias particulares.

Propongo dos consideraciones bíblicas como indispensables en el posicionamiento del tema. La primera, Dios concede a los seres humanos la capacidad para reinar sobre el todo de la Creación. La segunda, la prohibición de matar en Éxodo 20, utiliza el término rátsach, que debe ser traducido como asesinar: Matar a alguien con premeditación, alevosía, etc. En este sentido, el término de la vida a solicitud y/o con el consentimiento del paciente no puede ser considerado un asesinato. Ello explicaría el creciente número de países y de estados dentro de algunos países que han legalizado la eutanasia al mismo tiempo que siguen penalizando el asesinato. Creo que en no pocos años, aún en nuestro país, el marco legal pertinente será transformado y veremos como la eutanasia será considerada como un procedimiento terapéutico más al servicio del paciente. Consideración que ya en nuestros días se asume de facto cuando se administran opiáceos en dosis suficiente para inducir la muerte sin dolor en enfermos terminales.

Como creyente considero que la aproximación a la muerte desde una perspectiva de fe nos libera del peso de la vida cuando esta ha dejado de tener sentido, propósito. Haría un llamado a asumir que nos toca decidir cuando ya no conviene seguir manteniendo artificialmente nuestra vida en detrimento de nosotros mismos, de los nuestros y de terceros a los que no conocemos, quizá, pero que ven limitados los recursos médicos y financieros para el tratamiento de enfermedades no terminales. Y, creo también, que deberíamos abundar en la lucha para que se reconozca el derecho del paciente terminal a no ser sometido a cualquier forma del escarnecimiento terapéutico y aún a la elección de aquellos procedimientos que faciliten una muerte digna. Estoy convencido que asumir la muerte así nos permite revalorar el todo de la vida.

Y, la fe, ¿dónde queda?, me dirán algunos. Creo en la sanidad divina. Oro por los enfermos y muchos de ellos sanan. Pero, creo que la fe no sólo tiene que ver con la vida sino con la aceptación del hecho de la muerte. Creo que el poder de Dios se hace tan evidente cuando sana a alguien como cuando llama al descanso a ese mismo alguien, en otro momento y circunstancia de la vida. Creo que la fe es el sustento básico para vivir la vida con propósito y para asumir cuándo es el tiempo de la muerte. Sobre todo, creo que la fe es la fuente del sentido de la vida, cuando por la fe asumimos que Dios es el Señor, Soberano y Sabio. En este sentido hago mías las palabras del himnólogo cuando asegura: No es vida así, vivir sin tu anhelo, si el corazón no late para ti. Si no se vive para Dios, si se vive sólo para vivir, no vale la pena hacerlo.

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