A nuestra esposa como a nosotros mismos

Conozco y amo a una pareja que está enfrentando serias dificultades. Aunque no los veo con frecuencia, sé que no hay día en el que no aparezca la desgastante combinación: menosprecio-lágrimas. El menosprecio está a cargo del hombre y las lágrimas, desde luego, de la mujer. Hace poco, alguien que también conoce y ama a esta pareja, impresionada por las abundantes lágrimas que habían seguido a una agresión, verbal y pública del marido, me hizo una pregunta retórica: ¿No será que fulano la trata así porque no la ama?

Creo que quien me hizo tal pregunta se quedó confundida e impresionada por mi respuesta. “Creo [le dije] que el problema es que fulano no se ama a sí mismo, por eso trata como lo hace a su esposa”. Dije eso porque en ese momento, motivado por tal cuestionamiento, a mi mente vino el exhorto bíblico: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”. Pensé que quien se lastima a sí mismo, como el fulano de referencia, solo hace evidente que no se ama a sí mismo. Es decir, ni se aprecia, ni se respeta. Por eso puede tratarse con tal falta de dignidad y consideración en su propia esposa.

Además de que la Biblia nos llama a amar a nuestras esposas como a nosotros mismos, también nos muestra cómo hacerlo. Ya antes, el Apóstol Pablo ha dicho: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Esta última expresión significa, principalmente: rendirse, hacerse preso de alguien. A diferencia de Cristo, los maridos que piensan, con razón o sin ella, que sus mujeres están mal, que viven equivocadas y que deben cambiar; pretenden corregirlas “desde arriba”. O sea, considerándose a sí mismos superiores a ellas; mejores que ellas. Por ello no tienen inconveniente alguno en lastimarlas, humillarlas y hasta oprimirlas. Como superiores que se creen, las ven a ellas como “otras”, ajenas a sí mismos.

El modelo bíblico nos llama, repito, a amar a nuestras mujeres, “así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Prestemos atención a tal enunciado y tengamos presente que la iglesia es el cuerpo de Cristo. Es decir, que cuando Cristo ama a la iglesia, está amando a su propio cuerpo, se está amando a sí mismo. En segundo lugar, notemos que la entrega amorosa de Cristo persigue un bien para su iglesia: el que esta “no tenga mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin mancha”. Hay cosas que a Cristo no le gustan de su esposa la iglesia. A diferencia de nosotros los maridos, Cristo siempre tiene la razón. Pero, no por ello, actúa con prepotencia ni menospreciando a su cuerpo. Porque ama a su iglesia, la trata con consideración, con caridad, con misericordia. El hecho evidenciador de esto es que Cristo, para contribuir al perfeccionamiento de su esposa, se entrega a sí mismo por ella. Se rinde, se hace preso; es decir, antepone el bien de la iglesia a su propio bienestar y confort.

Ningún esposo ha tenido que perder la vida para recibir a su esposa. Cristo lo hizo, pagó un precio único, invaluable por ella. Se despojó a sí mismo y se entregó voluntariamente. Aún así, no actúa dolosamente, no exhibe, no maltrata a su iglesia. Más bien le muestra con su propia vida, la clase de vida a la que su iglesia puede acceder. Cristo quiere, y para ello trabaja perfeccionándonos, que nosotros, su cuerpo, lleguemos a ser como él es.

A los maridos que se sienten con el derecho de lastimar a sus esposas. A los maridos que humillan en privado y en público a sus esposas. A los maridos que las tratan como si sus mujeres fueran algo ajeno a ellos. A todos les recuerdo una cosa: al unirnos en matrimonio hemos venido a ser una sola persona. Así, ambos gozamos de la gracia redentora de Jesucristo quien nos ha salvado y nos está perfeccionando. Por lo tanto, somos llamados a tratarnos mutuamente con la misma gracia, consideración y paciencia con la que Cristo nos trata a nosotros.

La mujer, nos recuerda la Biblia, es un vaso frágil. Solo los vándalos tratan a las cosas delicadas de manera brusca y grosera. Quienes han sido redimidos por Cristo no son vándalos, “gente salvaje y desalmada”, son hombres nuevos. De ahí que tengan la mente de Cristo, que puedan pensar como Cristo, que sean guiados por el Espíritu de Cristo.

Termino diciendo a los hombres, como al del caso que nos ocupa, que quienes lastiman y destruyen a sus esposas (espiritual, moral y emocionalmente), terminan destruyéndose a sí mismos y a su familia. Por ello, los exhorto a la conversión, a volverse a Cristo. A dejar en manos de Cristo el perfeccionamiento que sus mujeres requieren… y el de ellos mismos. Les aseguro que cuando somos esta clase de esposos, además de ser perfeccionados y de recibir el gozo que acompaña a tal obra de gracia, permitimos que el misterio glorioso de la relación de Cristo con su iglesia se haga visible y comprensible para los hombres. Y, entonces, muchos matrimonios podrán, por nuestro testimonio matrimonial, comprender el amor de Dios e ir al encuentro de Cristo, el único que puede perfeccionarlos y llenarlos de su paz, misma “que sobrepasa todo entendimiento”.

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