Je Suis Jonah (Yo soy Jonás)

Libro de Jonás

De alguna manera, todos los creyentes somos Jonás. Somos como él. Convencidos de que Dios es nuestro Señor, sabedores de que nos ama, comprometidos a servirle, temerosos de su ira, etc., tarde o temprano no sólo no lo obedecemos sino que hacemos exactamente lo contrario de lo que él nos ha encargado hacer. Así, cada uno de nosotros tiene su historia propia. Sabemos lo que significa desobedecer a Dios y esforzarnos alejarnos lo más posible de él. Sabemos lo que significa ir a Tarsis.

Por lo tanto, podemos comprender la experiencia de Jonás en el mar. Él y la tripulación del barco son sorprendidos por una tormenta que pone en riesgo la sobrevivencia de todos. Nuestro relato resalta el hecho de que fue Dios mismo quien mandó un poderoso viento sobre el mar, el cual desató una violenta tempestad que amenazaba con despedazar el barco. Este quehacer inesperado de Dios es semejante a muchas experiencias nuestras cuando, en nuestro alejarnos de Dios, tenemos que enfrentar el hecho de que él ha decidido no renunciar a atraernos a sí mismo. Nos provoca provocando situaciones de crisis que hacen evidente la irracionalidad, el sinsentido, de nuestras decisiones y de nuestras conductas. Nos hace tomar consciencia, entre otras cosas, del riesgo que representamos para quienes hacen la vida con nosotros.

Como sucede tantas veces, por fin Jonás toca fondo, es lanzado al mar. Ya no está ni en Jerusalén, donde vivía, ni en Nínive a donde Dios lo había enviado ni en Tarsis, a donde deseaba ir. Es decir, se encuentra en una condición extrema, exiliado y sin recursos para solucionar la crisis que él mismo ha creado. Pero, una vez más, Dios interviene: Entre tanto, el Señor había provisto que un gran pez se tragara a Jonás; y Jonás estuvo dentro del pez durante tres días y tres noches.

Algunos estudiosos observan un paralelismo en el salmo de Jonás con la experiencia de otros hombres que se encontraron en situaciones similares. Testimonios tales como las que encontramos en Salmos 18:5; 30:3; 116:3; etcétera, describen la experiencia de quienes han enfrentado tormentas infernales en la vida. La figura del gran pez que atrapa y cautiva a Jonás es una figura recurrente en la literatura de todos los tiempos. Describe, según algunos, el cautiverio que vive aquella persona que se ha alejado de Dios y enfrenta las consecuencias de sus acciones. Sobre todo, destaca el hecho de que quien ha desobedecido sigue teniendo necesidad de Dios, en específico, del rescate de su vida y de sus circunstancias.

Jonás se une a quienes pueden cantar: La muerte me envolvió en sus cuerdas; los terrores de la tumba se apoderaron de mí. Lo único que veía era dificultad y dolor. Entonces invoqué el nombre del Señor: ¡Señor, por favor, sálvame! ¡Qué bondadoso es el Señor! ¡Qué bueno es él! ¡Tan misericordioso, este Dios nuestro! Salmos 116:3

El pez, las circunstancias que hacen evidente la fragilidad de quien desobedece y pretende huir de Dios, se convierten también en el medio de redención que Dios utiliza en nuestro favor. Finalmente, el tiempo de cautiverio termina y Jonás es escupido por el pez en la playa. Si seguimos el desarrollo del relato descubriremos que Jonás se arrepiente y se convierte y que en consecuencia es que Dios ordena al pez que lo arroje sobre la playa. En efecto, Jonás ora: Pero yo te ofreceré sacrificios con cantos de alabanza, y cumpliré todas mis promesas. Pues mi salvación viene solo del Señor». Entonces el Señor ordenó al pez escupir a Jonás sobre la playa.

En la playa que representaba una nueva oportunidad, Jonás descubrió que estaba ante el mismo Señor, que la palabra seguía siendo la misma y que la tarea no había cambiado. El Señor habló por segunda vez a Jonás: «Levántate y ve a la gran ciudad de Nínive y entrega el mensaje que te he dado». Esta vez Jonás obedeció el mandato del Señor y fue a Nínive, una ciudad tan grande que tomaba tres días recorrerla toda.

Jonás, como lo hacen generalmente los pródigos: hijos, esposos o esposas, miembros de la iglesia, etc., regresó y obedeció. Aparentemente todo había vuelto al orden correcto. Ahora todo podía estar bien de nuevo y todos vivieron felices. Pero, lo cierto es que ni el regreso de Jonás, ni su obediencia, significaban un cambio en él. Las causas que originaron su desobediencia seguían estando presentes y afectando el ser, el pensar, el sentir y el relacionarse del profeta. Como resultado de su obediencia, Nínive se arrepiente y Dios decidió no hacerles el daño que les había anunciado. Contra lo que sería de esperar, Jonás no solo no se alegra por ello, le cayó muy mal lo que Dios había hecho, y se disgustó mucho.

A Jonás no le importaban los ninivitas. No mostró interés en evitar su destrucción y le incomodó que Dios los perdonara. Era un narcisista, carecía de empatía. Es decir, era incapaz de identificarse mental y afectivamente con los ninivitas. Convencido de su superioridad judía, poco le importaba el impacto que su hacer y dejar de hacer, como profeta, pudiera tener en ellos. Le pareció natural que Dios tuviera compasión de él y lo hubiera rescatado de la muerte, pero no estuvo de acuerdo con que Dios tuviera compasión de los ninivitas.

Hemos dicho que, generalmente, los pródigos regresan. Pero si regresan siendo no compasivos, su regreso significará mayor dolor y mayores pérdidas para todos. La compasión previene y la compasión repara. El libro de Jonás es un registro de la compasión divina. Dios tiene compasión de Jonás, de los marineros, de Nínive. Por lo tanto, es un llamado para que también nosotros seamos compasivos.

La compasión no se aprende, se mama. La compasión se nos impregna en la comunión íntima con Dios. En el aprecio de su amor a nosotros, en el cultivo de la gratitud por la gracia inmerecida. Hay quienes piensan que Jonás compuso su salmo no mientras estaba en el vientre del gran pez, sino en retrospectiva. Cuando, impactado por la experiencia con la mata de ricino, se puso a analizar su vida y el quehacer divino en la misma. Descubrió que Dios lo amaba por iniciativa propia. No porque fuera judío ni porque fuera profeta. No porque fuera obediente. No, sólo lo amaba porque quería amarlo… como era. Y, seguramente, en aquel momento fue que Jonás sumó a la obediencia la misericordia y entonces fue otro, entonces las cosas sí que cambiaron.

Yo soy aquel Jonás, pero puede dejar de serlo. A lo que soy puedo sumar la compasión que previene y la compasión que repara. Puedo hacerlo si abundo en la comunión con Dios, si me alimento de su Palabra, si cultivo la práctica de la oración. Puedo hacerlo si, porque amo a Dios, me propongo amar a mi prójimo como a mí mismo. A esto los convoco.

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One Comment en “Je Suis Jonah (Yo soy Jonás)”

  1. ALVARO MARQUEZ Says:

    EXCELENTE ENSEÑANZA,,EN MI CASO ESTOY SALIENDO ADELANTE SOLO PORQUE ESTOY AGARRADO CON TODAS MIS FUERZAS AL SEÑOR JESUS Y DESDE LUEGO POR SU INMENSO AMOR Y MISERICORDIA


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