Si se aman unos a otros

Juan 13.1-17

CP 01 de marzo 2015Alguna vez, el Señor Jesús comparó a los que estudian sabiamente las Escrituras con un padre de familia que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas.[i] Así, al acercarnos una vez más, y fuera del tradicional entorno de la Semana Santa, a este pasaje lo hacemos con el propósito de recordar lo ya sabido y aprender lo que el Señor ahora nos revela respecto del carácter y la importancia del amor mutuo.

Empecemos por el final. Después de haber lavado los pies a sus discípulos el Señor procede a enseñarles el significado de tal acción. Se trata de un acto de amor. La indicación de que le imiten en su disposición de servir al prójimo sólo puede entenderse en relación al nuevo mandamiento que les da: que se amen unos a otros tal  como él los ha amado.

Obviamente, cuando el Señor les indica que deben hacer lo mismo que él ha hecho con ellos, no se trata, en estricto sentido, del mero acto de lavarles los pies. Más bien, el Señor se refiere a un nuevo modelo de relación entre sus seguidores, un modelo sustentado en, y animado por el amor, mismo que les ha de distinguir respecto del cómo se relacionan entre sí los que no lo conocen, pero, sobre todo, que ha de hacer evidente que en verdad son discípulos suyos.

Dado que amar y expresar este amor de maneras prácticas siempre conlleva el riesgo de perder prestigio o estatus, el Señor destaca tres cuestiones que están presentes en el acto de lavarles los pies:

  1. Yo el Maestro y Señor, les he lavado los pies.
  2. También ustedes, deben lavarse los pies unos a los otros.
  3. Ningún servidor es más que el que le envía, y ningún enviado es más que el que lo envía.

La cultura del reino de Dios establece un contraste respecto de lo que hace ser a las personas. La cultura del pecado establece que uno es en la medida que se tienen riquezas, poder y estatus. Así, en esta cultura todo lo que se hace está orientado a destacar nuestra superioridad e independencia respecto de los demás. Ello se explica porque hemos aprendido que nuestra confianza es fruto de lo que somos y de lo que tenemos.

Sin embargo, Jesús nos muestra que amarnos los unos a los otros no sólo no atenta contra nuestra identidad, lo que somos, sino que tampoco nos priva de lo esencial, lo que en verdad importa. Jesús no deja de ser Maestro y Señor porque les ha lavado los pies. Sigue siéndolo, aun cuando la tarea que realiza no parece ser propia (en la cultura del pecado), de quien es asumido como un superior. En segundo lugar, Jesús destaca que su condición de Maestro y Señor es, precisamente, la razón de su servicio. En efecto, antes había definido su sentido de Misión cuando estableció que:

Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.[ii]

Si prestamos atención a esta frase, descubrimos que los actos de amor adquieren, en el reino, una dimensión trascendente. Hacen evidente la entrega del creyente, es decir, demuestran a quién pertenece este. Además, los actos de amor contribuyen a la regeneración de quienes han sido salvos por la sangre de Cristo. Primero, porque como comunidad de amor la iglesia se convierte en una comunidad restauradora y compensadora de aquello que el pecado ha destruido y despojado. Además, porque la iglesia se convierte en un campo de cultivo apropiado para que el creyente pueda producir el fruto que le es propio. Es decir, para que adquiera los recursos y las habilidades para dar testimonio de Cristo en su esfera de influencia, su oikos.

Que seamos una comunidad de amor es un privilegio e implica una responsabilidad. Podemos cumplir con esta porque somos amados y podemos amar como Cristo nos ha amado. Además, porque ninguno de nosotros desconoce lo que significa el amor fraternal. Podríamos decir que todos los cristianos hemos sido víctimas del amor de nuestros hermanos. Nadie se escapa, en el cuerpo de Cristo, de ser amado.

Toda otra expresión práctica del amor mutuo, es una acción cargada de simbolismos importantes. Como el mismo Señor Jesús, quien lava los pies de su hermano:

  1. Toma la iniciativa (se levantó de la mesa)
  2. Renuncia a lo que le es propio (se quitó la capa)
  3. Adquiere una responsabilidad que le limita (se ató una toalla a la cintura)
  4. Asume el precio de su servicio (echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de sus discípulos.
  5. Se ocupa de terminar adecuadamente la tarea (les secó los pies con la toalla que llevaba en la cintura)

San Pablo nos exhorta a que tengamos el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús.[iii] Es decir, a que, por amor, estemos dispuestos a entregarnos a nosotros mismo en el servicio a los demás. No se es cristiano a menos que se sea como Cristo. Y, no se puede ser como Cristo a menos que amemos como Cristo y que nos entreguemos a nosotros mismos al servicio de los demás.

La cultura del pecado nos lleva a ver sólo por nosotros mismos. De quienes viven de acuerdo con tal cultura, son ellos, sus intereses personales y familiares, lo que explica el cómo de sus vidas. Por ello no sirven al prójimo, si acaso, le dan al prójimo. Es decir, no se entregan, retienen el control, establecen los qué, los cómo, los cuándo, los quiénes, siempre pensando en sí mismos. De mi Padre aprendí que en la vida cristiana hay que aprender a dar y también a recibir. Sobre todo, aprendí que no es suficiente con dar, sino hay que darse a uno mismo. Esta es la expresión más sublime del amor fraternal, cuando lo que hacemos sólo revela que amamos tanto a nuestros hermanos que nos place estar a su servicio. Que no sólo damos de lo que es nuestro, nos damos a nosotros mismos. Y todo ello, por una sola razón: amamos a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado a nosotros.

A esto los invito, a esto los convoco.

[i] Mateo 13.51

[ii] Marcos 10.45

[iii] Filipenses 2.5ss

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