¿Quién es el más importante?

Autora Invitada: Isela Olmos

 Marcos 9  33-37

 De todo el capítulo 9 de Marcos, me llamó más la atención este tema, ¿Quién es el más importante?

Pondré  la versión de estos versículos en NVI, que a mi parecer, es más entendible:

33 Llegaron a Capernaúm. Cuando ya estaba en casa, Jesús les preguntó: — ¿Qué venían discutiendo por el camino?34 Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido entre sí quién era el más importante. 35 Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: —Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.36 Luego tomó a un niño y lo puso en medio de ellos. Abrazándolo, les dijo: 37 —El que recibe en mi nombre a uno de estos niños, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí sino al que me envió.

Esta misma historia la encontramos en Mateo 18:1-5 donde los discípulos preguntan a Jesús ¿quién es el mayor en el reino de los cielos? a esto se referían cuando se preguntaban ¿quién era el más importante?

Cuando leí la primera parte, me imaginé a Jesús como el típico padre que escuchando a sus hijos discutir en el asiento trasero del auto, se limita a menear la cabeza mientras los ve en silencio por el retrovisor, y piensa  -¡Ah que mis muchachos! ¿Cuándo madurarán? ya verán cuando lleguemos a casa-. Y tal como sucede hoy en día, Jesús al llegar a Capernaum, pregunta ¡Qué tanto venían discutiendo!, a lo que ellos como niños, se quedaron callados con cara de asombro al saberse descubiertos.

Aun cuando se quedaron callados, Jesús sabía cuál era el tema en discusión, y en su respuesta sobre “¿Quién es el más importante?”  Encontré dos declaraciones:

Se debe ser el último y debemos servir

Se debe recibir a un niño en su nombre

Yo no hubiera esperado como respuesta ninguna de las anteriores, yo esperaría que Jesús contestara que él era el más importante y todos lo hubiéramos aceptado, pero entendí más adelante, por qué no respondió a mi manera.

La primera declaración, claramente se refiere a ser humilde, se necesita esa virtud para, por ejemplo, ceder el paso pues tú te colocas atrás de la persona a quien cediste tu lugar, al repartir tu quincena entre Dios y tu familia, tú te quedas con la última parte de tu sueldo, al ceder tu asiento a una persona desconocida tú te quedas sin ese cómodo lugar, cuando permites que tu acompañante sea quien se abrigue con tu chamarra, esta condición además de ponerte a temblar de frío, te pone en segundo lugar, y ni pensar cuando repartes entre varias personas un delicioso helado, no sólo te quedas en último lugar saboreándolo sólo con la mirada, también corres el riesgo de quedarte sin esa delicia comprobando además que el dicho “el que parte y reparte se lleva la mayor parte” definitivamente no siempre aplica, pero ¿a poco no se siente una sensación de alegría? Y existen sin fin de ejemplos cotidianos que muestran que entregar tu lugar significa que eres capaz de desprenderte de ese privilegio para dárselo a otro, es decir, eres humilde y al mismo tiempo, estás sirviendo a los demás.

Recuerdo que cuando asistía a la iglesia que me vio nacer, la elaboración de la comida se rolaba entre varios grupos, y cuando nos tocaba a los jóvenes, teníamos que preparar la comida, servirla y lavar todo lo que se ensuciaba, en lo personal me costaba mucho trabajo contenerme en no contestar mal a los hermanos que exigían agua, que te pedían que rápidamente llevaras tortillas calientes o quienes reclamaban que tenían mucho tiempo esperando a ser atendidos, los jóvenes teníamos que ponernos “al servicio de adultos, niños y desconsiderados”, es decir, teníamos que colocarnos un nivel abajo para quedar  a sus órdenes, en segundo o último lugar, pero al final, la mayoría nos daba las gracias y te sonreían porque habían valorado tu esfuerzo y nosotros habíamos cumplido con nuestro objetivo de servir.

No debemos olvidar lo importante, el ceder nuestro primer lugar y servir, se debe hacer con amor, de lo contrario dudo que cuente para nuestra colección de estrellitas por bien portados.

Pasando a la segunda declaración: “Recibir a un niño en mi nombre”  ¿Qué es lo primero que se nos viene a la mente? seguramente que debemos ser como niños. Buscando características de los niños, encontré que son: Amorosos, incondicionales, sensibles, inocentes, auténticos, lógicos, sinceros, sin malicia, ingenuos pero con dosis de inteligencia y humildes entre muchas otras virtudes, pero la que más llamó mi atención es que son “libres”, sí, libres de poses absurdas, de etiquetas que la sociedad y la vida nos pone a los adultos, no le temen al “qué dirán”, lo mismo se divierten con un carrito de caja de cartón y tapas por ruedas que con un X-box.  Sienten luego actúan.

Pero indagando más sobre este asunto, me encontré con una sorpresa, si bien estas son las características idóneas que debemos imitar, Jesús no se refería a estas condiciones en este versículo. En varios relatos bíblicos, Jesús menciona un especial amor  hacia los niños igual que hacia las prostitutas, a los leprosos, a los rateros, etc. Yo desconocía que en aquella época los niños, al igual que las mujeres, eran menospreciados porque además que no producían más que dolor de cabeza, se les tenía que mantener, es decir, eran una mala inversión. Jesús al abrazar a los niños, daba esperanza a los marginados, mostraba que Él había venido a abrazar a quienes la mayoría despreciaban,  a quienes no les daban valor, ¡ah! que Jesús tan osado al hacer esto, en todo momento se mostró partidario de la “clase incómoda” y enseñó que el reino de los cielos pertenecían a aquellas personas también y los apreciaba más que a los ricos, más que a los de alto nivel. Los despreciados están más cerca de Dios.

Una de las definiciones que la RAE (Real Academia Española) da al verbo “abrazar” (como lo hacía Jesús con los niños) es: Estrechar entre los brazos en señal de cariño” ¿y, a quienes estrechamos normalmente entre nuestros brazos?  A quienes apreciamos, a quienes les damos valor, pero, les tengo noticias: Jesús nos ordena dar especial valor a los marginados.

Una vez más hace énfasis de que no sólo se debe aceptar a aquellas personas a quienes la sociedad no da valor, también hay que abrazarlas,  ¿Cuántos de nosotros somos capaces de abrazar a un indigente, a una persona con olor a trabajo duro, a un drogadicto, etc.?

Al decir Jesús: El que recibe en mi nombre a uno de estos niños, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí sino al que me envió. Se pone  Él y a su padre en el mismo nivel que los desprivilegiados de la sociedad.

Pero entonces ¿Si los “carentes de valor” son los más importantes, debemos estar en condición de pobreza económica, dolidos, humillados y no aceptados?  Por supuesto que no, Jesús vino a darnos valor, Él se puso a nuestro nivel, así que debemos estar conscientes de lo mucho que valemos por ese hecho y no por lo que tenemos económicamente, por grados académicos por poder o por el lugar que nos dan los demás.

Ahora, ¿En verdad estamos conscientes de lo que valemos? ¿Qué tanto nos valoramos a nosotros mismos? ¿Qué valor nos dan? y de éste ¿Qué aceptamos?

Cuando estuve en la especialidad en valuación inmobiliaria, me enseñaron que para dar valor a un inmueble teníamos que aplicar factores de apreciación y depreciación de acuerdo a su posición en la zona, calidad de acabados, rentabilidad, etc. los cuales se tomaban comparándolo con otros inmuebles en mejores condiciones. Lo anterior  seguramente nos suena familiar, pues es una práctica común entre la sociedad y peor aún, en nuestro propio ser, el aplicarnos factores que nos aprecian y/o deprecian para determinar nuestro valor, nos cuesta trabajo convencernos que somos diferentes, que no somos inmuebles, que Jesús nos dio nuestro valor.

Si logramos entender y poner en práctica lo anterior, nos será más fácil ser humildes y en consecuencia podremos servir a los demás poniéndonos en segundo o último lugar.

Una vez un amigo me dijo que creía que Dios es injusto, por qué hay gente que sufre, pobres, enfermos, etc. y le respondí que a nosotros nos toca el papel de ayudarlos, es decir, de abrazarlos y servirles.

Concluyo diciendo: ¿Quién es el más importante? Ahora entiendo que Jesús puso el mayor ejemplo de humildad al no decir que Él era el más importante, el más importante es el que sabe su justo valor y sabiendo cuánto vale, es humilde para recibir y servir a quien los demás desprecian.

 

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