Jesús y los diferentes

Marcos 7

Jesús no deja de sorprender al lector atento de Marcos. Sorprende por su amor, su empatía, su integridad, etc. Pero, también nos sorprende ese rasgo de provocador incómodo que lastima a su audiencia y nos hace preguntarnos qué pretende cuando lo hace. Tal el caso de la madre de nuestra historia. Se acerca a Jesús necesitada, dispuesta a humillarse –al grado de tirarse a los pies de Jesús-, intercediendo por su hija y encuentra como respuesta a su súplica un descolón (menosprecio, viejitas dixit). Es decir, enfrenta el hecho de que Jesús la equipara, a ella y a su hija, con los perros de una familia.

De hecho esto resulta un giro sorprendente en el carácter y la actitud mostrada por Jesús hasta el momento. De pronto, estando en el extranjero –en la región de Fenicia (Líbano y Siria)-, Jesús parece recuperar el orgullo nacionalista y parece actuar con los mismos prejuicios de sus enemigos, los líderes religiosos judíos. Establece que su prioridad son los judíos y que estos son los destinatarios primeros de la bendición que él representa. Parecería que Jesús estuviera de acuerdo con el sentido de la oración que muchos judíos elevan cada mañana: Gracias Dios por no haberme hecho un gentil, una mujer o un esclavo. Y, sobre todo, la declaración de Jesús pareciera ignorar la promesa hecha a Abraham de que en él serían benditas todas las naciones.

Dado que uno de los principios de la interpretación bíblica es que considerar un texto fuera de su contexto lo convierte en un pretexto, conviene que hagamos una consideración integral al tema. Primero, el mismo Marcos registra un comentario que parece secundario, a vuela pluma. En efecto, al registrar el discurso de Jesús respecto de lo que contamina al hombre: lo que sale de este y no lo que come, Marcos hace un paréntesis y aclara: (Al decir eso, declaró que toda clase de comida es aceptable a los ojos de Dios). Marcos 4.19 NTV Tal aclaración adquiere un sentido relevante cuando consideramos el inicio de la evangelización de los gentiles. ¿Recuerdan a Pedro en casa de Simón y la visión de la sábana grande que descendía del cielo conteniendo toda clase de animales domésticos y salvajes, reptiles y aves? Hechos 11.5ss Lucas relata que cuando Pedro estaba tratando de descifrar la visión, el Espíritu Santo le dijo: Tres hombres han venido a buscarte. Levántate, baja y vete con ellos sin titubear. No te preocupes, porque yo los he enviado.

Propongo a ustedes que el cómo de la relación de Jesús con la mujer sirofenicia responde a un propósito didáctico que conviene considerar seriamente. Lo primero es el hecho de que, en efecto, el pueblo judío es el pueblo de Dios. Uno no puede ni debe ignorar que la economía de la salvación pasa por la elección de quienes no eran pueblo y Dios los hizo el suyo. Tampoco debe ignorarse el hecho de que a Dios le ha placido endurecer el corazón de los judíos para dar así lugar al cumplimiento de la promesa a Abraham y que ahora los que no somos judíos podamos ser el pueblo de Dios. En suma, judíos y gentiles gozamos de la elección de la gracia. Puesto que ni los judíos ni nosotros los gentiles hemos hecho, ni podríamos hacerlos, los méritos suficientes para convertirnos en el pueblo de Dios. Romanos 2; 3 y 4.

Pero, Jesús nos enseña otra cosa sumamente valiosa, práctica y relevante para los creyentes en cualquier época y circunstancia. Sí, Jesús establece el principio de la relación cristiana con los diferentes. Esto resulta de especial importancia porque, al igual que los judíos olvidaron que Dios los hizo su pueblo por gracia, no pocos de nosotros los cristianos también lo olvidamos y hemos desarrollado un principio de relación excluyente con aquellos que no son, no piensan, no creen y no actúan como nosotros. De hecho, el cristianismo se ha convertido en un sinónimo de discriminación. Sí, se ha desarrollado una mentalidad de gueto que nos lleva a tomar distancia de quienes profesan una raza y/o religión distinta a la nuestra, de quienes tienen una moralidad diferente, de quienes hacen elecciones sexuales no acordes a las nuestras, etc. El racismo, las Cruzadas, la esclavitud, el sometimiento de las mujeres, la marginación de los homosexuales, etc. Todo ello justificado por la primacía del cristianismo respecto de los demás.

En la intervención de Jesús encontramos dos elementos que sustentan el que llamo el principio de la relación cristiana. Primero, Jesús se asume su condicionamiento racial, religioso y cultural. Su ser judío es la plataforma a partir de la cual se relaciona con quien no lo es. No pierde su identidad ni la niega. Pero, en segundo lugar, Jesús termina actuando con aquella mujer y con su hija como lo ha hecho con las mujeres y las hijas judías. Es decir, sin dejar de ser él se relaciona con las diferentes como si fueran iguales a él.

Ni él deja de ser quien es, ni les exige que sean otras diferentes a lo que son. Simplemente establece un vínculo en aquello que les identifica, y por lo tanto los une, antes que enfatizar en lo que los separa, lo que los hace diferentes. En efecto, Jesús ama y todo lo que hace lo hace por amor. Jesús es la expresión física de Dios y Dios es amor. La madre sirofenicia, por su parte, ha llegado a Jesús impulsada por su amor de madre. Ha estado dispuesta a correr el riesgo de pedir algo a quien, de entrada, no tendría por qué atenderla. Se ha humillado, porque su hija le es más importante que ella misma. Todo por amor.

En tercer lugar, asumo que Jesús provoca a la mujer con el menosprecio de sus palabras buscando que esta asuma la radicalidad de su condición. Porque sólo cuando esta asume que no merece recibir de Jesús lo que le pide es que puede tomar conciencia de la gracia recibida. Jesús quebranta para dar lugar a la regeneración de la hija –vete a tu casa, porque el demonio ha salido de tu hija-; pero también a la regeneración de la mujer y de su familia.

Nosotros nos relacionamos todos los días con personas diferentes que necesitan de lo que somos y tenemos. Somos el cuerpo de Cristo y tenemos el ministerio de la reconciliación. En nuestro trato con los diferentes tendemos a segregarnos, a separarnos de ellos y a rechazarlos. Ideología política, raza, estatus, preferencias sexuales, prácticas tales como el aborto, el alcoholismo, la drogadicción, etc., son los espacios de la diferencia. Todos los días estas personas nos retan con su identidad y su necesidad. No podemos elegir si nos relacionamos con ellas, pero sí podemos decidir cómo lo hacemos.

Les invito a que, asumiendo que somos diferentes, encontremos en el amor al otro el punto de encuentro para acompañarlo y compartir así lo que de Dios tenemos. No importa quiénes sean, ni lo que sean o hagan, podemos y debemos amarlos. Aceptarlos como iguales a nosotros en su dignidad y su valor como personas. Y, así, en un diálogo entre iguales, podremos provocarlos al encuentro con Jesús, el único que puede responder a sus interrogantes vitales y liberarlos del poder del diablo; tal como lo ha hecho con nosotros. Le invito a que demos de gracia aquello que de gracia hemos recibido. Mateo 10.8

 

 

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