Todo el Cuerpo Bien Concertado y Unido

Efesios 4.1-4; 15,16

 Los conflictos entre los miembros de la Iglesia son comunes, pero no propios de la misma. Tan es así, que el Apóstol Pablo llama a los efesios a “que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados… solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Ef 4.1-4. En su llamado Pablo asume la viabilidad de los conflictos y destaca la tarea de guardar la unidad, como lo propio de aquellos en quienes Cristo es.

La manifestación de los dones sobrenaturales (fe, profecía, milagros, lenguas, sabiduría, etc.), no es, necesariamente, testimonio de la salud de la Iglesia. Como la de Corinto, cualquier congregación o expresión local del Cuerpo de Cristo, puede abundar en dones espirituales y conducirse carnalmente. El testimonio de la salud del Cuerpo de Cristo es la unidad proactiva de sus miembros. Para comprender mejor esta cuestión analizaremos la dinámica de los conflictos entre cristianos, su origen y las alternativas del creyente.

A los corintios, Pablo les reclama no solo que estén divididos, sino que cultiven sus divisiones: “Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo?” 1Co 1.10-17. Los estudiosos bíblicos coinciden en que en el listado paulino de los líderes cristianos, el Apóstol denuncia ciertas corrientes y pretensiones carnales de los corintios. De acuerdo con esta interpretación, tenemos cuatro partidos o grupos en Corinto:

El Partido de Pablo. Corresponde al grupo de los gentiles. Es decir, aquellos incorporados a la Iglesia sin el equipaje de los judeo-cristianos. Equivalen a quienes no siendo nacidos en el evangelio tienden a menospreciar el pensamiento de quienes les preceden en la Iglesia.

El Partido de Apolos. Los intelectuales de la Iglesia que en la pretensión de su mayor entendimiento, menospreciaban a quienes se aferraban a la simplicidad del evangelio. Equivalen a aquellos a quienes la Palabra no les es suficiente, siempre buscando símbolos y reclamando para sí el predominio de la revelación.

El Partido de Cefas. Los legalistas judeo-cristianos. No les bastaba Cristo, a fuerza querían someter el evangelio a los patrones legalistas de la ley mosaica. Equivale a quienes pretenden que para ser cristianos debemos ser, en alguna medida, judíos.

El Partido de Cristo. Los santurrones de la Iglesia. “No eran de Cristo, ellos poseían a Cristo”. Equivale a quienes se asumen espirituales, sin conflictos de la carne; siempre críticos e intolerantes para con sus hermanos.

Ahora, bien, estos grupos convivían en la Iglesia de Corinto y conviven en la Iglesia del Siglo XXI, cierto. Pero también es cierto que conviven en conflicto y en competencia. Porque estos partidos, para asegurar su permanencia y preeminencia, requieren del descuento, del menosprecio del otro. Del no considerar al otro como igual a uno mismo. Esta es la raíz de todo conflicto entre los cristianos, el dejar de considerar al otro como igual a mí mismo. Esto explica el que quienes se separan, critican y persiguen a la Iglesia, lo hacen como si esta fuese ajena a sí mismos. Aún hay quienes permaneciendo en la comunión de la Iglesia, asumen que la dinámica de relación de la misma, el cumplimiento de su tarea y el compromiso de la misma, es tarea de otros y no de ellos. Se vuelven espectadores críticos, renunciando a su naturaleza de actores responsables del ser y quehacer del Cuerpo de Cristo.

Ante este conjugar el verbo Iglesia en tercera y no en primera persona,  Pablo usa dos veces el término hermanos (v 10, y v 11). Por el contexto, el término en sí es una denuncia y un llamado. Quienes se dividen renuncian a su condición de iguales, de hermanos. De ahí la necesidad de recuperar tal condición de identidad y de igualdad.

Santiago, nos explica cuál es la raíz de tales conflictos. Esta tiene que ver con la falta de salud espiritual de los creyentes. Sí, los creyentes débiles se enferman. Se vuelven más vulnerables ante el ataque satánico y desarrollan pasiones desordenadas, codicia, envidia y animadversión contra sus hermanos. Stg  4.1-10.

La pérdida, o la falta de desarrollo, de la Identidad provoca un deterioro integral de la persona: lo biológico, lo social, lo cultural y lo emocional. Tal deterioro hace vulnerable al creyente y da lugar al proceso del pecado: “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.” Stg  1.14-15.

Un miembro enfermo, un órgano enfermo, enferman a todo el cuerpo. Lo mismo sucede con la Iglesia. Ante esta realidad, tenemos la responsabilidad de:

Evaluar nuestras motivaciones, actitudes y conductas. “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos.” 2 Co 13.5.

Crecer en todo. “Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”. Ef 4.15. Condición básica para dar fruto es la madurez. Sólo los miembros maduros del Cuerpo de Cristo pueden ser edificados en amor. Y por Cristo el cuerpo entero se ajusta y se liga bien mediante la unión entre sí de todas sus partes; y cuando cada parte funciona bien, todo va creciendo y edificándose en amor.” Ef 4.16. El hacerse responsable de sus pensamientos, emociones y principios de relación, es la evidencia de la madurez del creyente.

Mantener la autonomía. Ante la falta de madurez del otro, tenemos siempre la oportunidad y el deber de elegir la conducta adecuada a nuestra Identidad-Vocación y a la necesidad de la persona. A los gálatas Pablo les exhorta: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Gál 6.1. Además, a los corintios les recuerda que: “Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. 1Co 12.24-25. Ni siquiera los errores de mi hermano rompen la relación que existe entre nosotros, seguimos siendo hermanos. De ahí que no soy llamado a actuar pasivamente, distanciándome o guardando silencio, sino a abundar en amor para su rescate. Y, aún, si el otro permanece en falta, dándole el honor que le corresponde como miembro del Cuerpo de Cristo, su Iglesia.

Seguir el principio cristiano de resolución de conflictos. En Mateo 18.1.17, nuestro Señor establece el proceso de resolución de conflictos propio del Reino: (1) Hablar a solas con el hermano. (2) Si no cambia, hablar con él ante dos o tres testigos. (3) Si aun así permanece en su pecado, denunciarlo públicamente ante la Iglesia. (4) Si se mantiene en rebeldía, tenerlo por alguien ajeno a la Iglesia. Obviamente, en cada etapa está presente el perdón perfecto, mismo que no está condicionado al arrepentimiento, ni a la conversión del ofensor. El perdón es una obra de gracia propia de los creyentes, puesto que el mismo es el principio de la regeneración.

Los conflictos nos acompañan, pero no nos definen. Ante el conflicto tenemos la alternativa de nuestra naturaleza. Cada conflicto nos da la oportunidad de manifestar a quien en nosotros es, a Cristo, nuestro Señor y Salvador. Vivamos en la paz de Cristo y dejemos que: “La paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.” Col 3.15.

 

 

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