De Saulo a Pablo

Hechos 9.1-9

Siempre me ha parecido que en las experiencias de conversión de algunas personas, se descubre el humor y la ironía de Dios. En efecto, cuando el Señor viene al encuentro de aquellos y aquellas a quienes quiere para sí, los coloca en situaciones que terminan por evidenciar su fragilidad, sus limitaciones y su necedad. Tal el caso de Pablo, antes llamado Saulo.

En efecto, Lucas, con la capacidad del médico para descubrir y dimensionar la importancia de los detalles, se ocupa de descubrirnos al verdadero Saulo y los efectos de la conversión en él. Por principio de cuentas, lo llama Saulo, su nombre hebreo. Nombre de rey, de hombre poderoso, distinguido e influyente. Además, le presenta montado a caballo, símbolo de autoridad. Nos recuerda que Saulo contaba con la protección de su guardia personal. También describe el carácter y la influencia de ese hombre: estaba comprometido en la tarea de terminar de tajo con los cristianos y para ello contaba con el apoyo y la complacencia de las más altas autoridades político-religiosas de su nación.

Este Saulo, violento y decidido, de pronto se encuentra con circunstancias que no puede manejar. Una luz brillante ilumina su cielo y él se queda ciego, al mismo tiempo que cae humillado al suelo. Una voz lo encara y confronta y él no sabe quién le habla y, ¿por primera vez? no tiene la respuesta adecuada. La consecuencia inmediata y radical: su conversión. Es transformado en alguien distinto de lo que era. No por ello, su nombre cambia a Pablo, es decir, pequeño. Tomándolo de la mano, una humillación más, lo conducen ciego a Damasco. Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber nada.

En Saulo, y en la historia de su conversión, encontramos elementos para comprender la radicalidad de la conversión y, sobre todo, las consecuencias resultantes de los encuentros torales, dramáticos, con Dios. No ha habido quien, después de un encuentro íntimo con el Señor, haya podido seguir siendo el mismo, o la misma. Escuchar lo que Dios tiene que decirnos personalmente transforma nuestra vida y nos convierte en personas distintas. Trastoca nuestras habilidades y nos coloca en una situación en la que lo que solíamos ser, saber, pensar y hacer resulta fuera de lugar; inapropiado e insuficiente para lo que la vida es a partir del encuentro con el Señor.

Si aquello a lo que llamamos conversión, o lo que recordamos como nuestro encuentro con el Señor, no ha transformado nuestra vida, no la ha puesto de cabeza, conviene que nos preguntemos sobre la realidad de dicha experiencia. Job dijo, respecto de su relación con Dios: Hasta ahora, solo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos. 42.5 Así, Job nos indica que en la relación con el Señor pueden identificarse, cuando menos, dos etapas. La primera, esa que puede describirse como solo de oídas te conocía, lo que antes sabía de ti era lo que me habían contado. La segunda, la que describe diciendo: pero ahora mis ojos te han visto y he llegado a conocerte. Job, como Saulo, tenía una relación con Dios. Una relación particular, propia, hasta dolorosa y sumamente cara. Pero, al fin y al cabo, una relación superficial y, lo que es peor, equivocada. Su sinceridad, su entrega, el costo de la misma, no la hacían más verdadera, ni más cierta. A pesar de ella, seguían sin saber quién era quien les llamaba.

El ¿quién eres, Señor?, de Saulo y el retiro lo dicho, de Job, son confesiones dolorosas que solo pueden ser provocadas por la irrupción dramática del Dios verdadero en la pequeña vida de nosotros los seres humanos.

¿Cuál es el impacto de tu conversión? ¿Cómo quedó tu vida después de que te convertiste? ¿Sigues resolviéndola en función de lo que eras, tenías y te proponías hacer? Conversión es mucho más que bautismo. Mucho más que las pequeñas diferencias y leves conflictos con los familiares y amigos. Mucho más que las críticas abiertas o veladas que recibimos. Conversión es subversión, es trastornar, revolver, destruir la vida. Es ir en sentido contrario, contracorriente.

En el fondo de cada uno de los seres humanos hay, siempre, un anhelo de trascendencia, de grandeza. Por ello nos atrae y emociona el alzar nuestros ojos al cielo. Por ello, algunos, amamos la música, la pintura, la buena comida, aún los buenos vinos. Por ello, nos detenemos reverentes ante el milagro de la vida. Somos llamados, constantemente, a lo trascendente. La rutina de nuestras vidas nos abruma, nos enoja, porque sabemos que hemos sido creados y regenerados para cosas más grandes.

Moisés, otro hombre a quien Dios le puso la vida de cabeza, se atrevió a soñar y, por ello, pedir a Dios lo que no debía pedir: déjame ver tu gloria, déjame ver tu rostro. Hay una fuerza interior que nos impulsa a ver lo que no hemos visto, a conocer lo que ahora nos resulta oculto.

A Moisés, a Job y a Saulo esa fuerza, esa insatisfacción, era lo que les animaba. Equivocados, pero entregados a lo trascendente. Apasionados. Padecían buscando hacer realidad aquello que creían. Es esta clase de personas, hombres y mujeres, a los que Dios se les aparece en el camino. A los que anhelan lo que la mayoría de las personas prefiere ignorar o dejar pasar, con tal de no pagar los precios que ello significa.

Yo anhelo mucho más de lo que he alcanzado y mucho más, todavía, de lo que alcanzo a imaginar. Mi insatisfacción personal no tiene que ver con lo que hago, sino con lo que, sé, Dios me ha llamado a ser y hacer. Así, no soy diferente a algunos de ustedes. A los que se están ahogando por la rutina de su vida, a los que saben que algo les incomoda, aún cuando no lo pueden identificar claramente. A los que se sienten jaloneados entre lo que ven y lo que desean ver.

Les invito a que no abandonemos nuestra pasión por Dios. Y a que si el Señor no nos sale al camino, dejemos la seguridad de Jerusalén y nos arriesguemos a viajar a Damasco. Les invito a que, como Jacob, provoquemos a Dios y luchemos con él… hasta que él haga, en y con nosotros, lo que se ha propuesto. Dicen que si estás en medio de una tormenta y tú eres el objeto que más sobresale del suelo, corres el riesgo de atraer un rayo sobre ti. Les invito a que en medio de la tormenta de insatisfacción, frustración y tedio que algunos podemos estar viviendo, nos levantemos y digamos a Dios: aquí estoy, ven y haz conmigo lo que te has propuesto y me has prometido. Si el rayo nos quema, recordemos que nuestra vida no se acaba en Damasco, siempre hay mucho más que recorrer, mucho más que hacer… mucho más que conocer de nuestro Dios.

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One Comment en “De Saulo a Pablo”

  1. Angel Mendoza Rodriguez Says:

    Dios esta en nosotros todo el tiempo, nos forja a resistir lo que nos acontece. Mi hijo menor Alejandro Mendoza Colin, se fue de la casa, porque le llame la atención por expresarse mal de la esposa de mi hijo Emmanuel, Dios me ha dado la fortaleza para entender la actitud de mi hijo. Saludos AMIGO ADONIRAM


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