Ya No Sigas Enojado

Salmos 37.7,8 NTV

Perder los estribos de la paciencia.

Perder los estribos no es otra cosa sino impacientarse, desbarrar y obrar fuera de razón. Me llama la atención el término desbarrar, entre otras cosas significa deslizarse, errar en lo que se dice o hace.

Como sabemos, los estribos son esas piezas que, colgadas de una correa, sirven para que el jinete apoye el pie. Quien en la carrera saca los pies de los estribos, pierde la estabilidad necesaria para cabalgar y lo más probable es que termine cayendo del caballo.

Es este un buen símil de la vida. Esta nos coloca en situaciones equiparables al galope furioso del caballo cuando, de manera inesperada, deja de estar bajo el control del jinete y en su correr desaforado lo coloca en peligro.

Conocemos bien tales circunstancias. De pronto aparecen en nuestra vida situaciones que ponen a prueba nuestro equilibrio personal. Al paso seguro y controlado, le sigue el no saber qué saber, no saber hacia dónde se va, ni, mucho menos, saber con quién se cuenta para esa etapa desconocida que nos toca enfrentar.

Los primeros y más decisivos cambios ante tales situaciones inesperadas y/o dramáticas se dan dentro de nosotros mismos. Se alteran nuestras emociones, se altera nuestro ánimo, se altera nuestra alma. Y, resulta de suyo importante, tal alteración no tiene que ver, inicialmente, con el evento que enfrentamos, sino con la manera en que hemos aprendido a reaccionar ante las cosas difíciles e inesperadas de la vida.

Nuestro Salmo, el 37, se refiere a las circunstancias de vida nos toca enfrentar cuando sufrimos el quehacer de los malos. El Salmista no deja de lado que tal quehacer provoque que nuestro ánimo se altere. Sin embargo, no se ocupa de instruirnos respecto de qué hacer con los otros, con los que nos provocan ansiedad, dolor y violencia. No, el salmista nos invita a que no perdamos los estribos.

Será que nos conoce. Será que se da cuenta de cómo reaccionamos cuando la vida no resulta lo que queremos y esperamos que sea. Será que conoce de nuestro abatimiento, de nuestra desesperación, de nuestra ansiedad.

David no tuvo que ser un vidente para saber que, ante los estímulos negativos y dolorosos de la vida nuestra primera tendencia es a perder los estribos de la paciencia. (González Correas dixit). Es decir, y dentro de la perspectiva bíblica, el renunciar a permanecer haciendo lo bueno y dejar que sea el caballo el que marque nuestra ruta de vida.

Hacer lo bueno, ser pacientes en medio de los tiempos de la aflicción, tiene que ver no con lo hacemos con los demás, sino con el ejercicio de nuestro dominio propio. Por ello es que el Salmista nos invita a no inquietarnos, a no tener envidia, a confiar y deleitarnos en el Señor, al mismo tiempo que le entregamos todo lo que hacemos. Sobre todo, nos invita a confiar en él y así propiciar el que él nos ayude.

Confiar es encargar y poner al cuidado de alguien algún negocio o causa. También es esperar con firmeza y seguridad. Exactamente lo contrario a perder los estribos.

Sabemos que una reacción común dictada por la alteración de nuestro ánimo consiste en pretender el tomar y ejercer un mayor control sobre la causa que nos aflige. Así, si estamos enfermos vamos de médico a otro; si nuestros hijos tienen problemas con sus parejas, intervenimos y, a veces, hasta se los quitamos (nos los traemos a casa, les decimos lo que han de hacer, les damos razones para que no tomen en cuenta lo que su pareja les dice). En fin, hacemos tantas cosas que terminamos perdiendo el equilibrio. Y, lejos de contribuir a la generación del bienestar deseado, terminamos convirtiéndonos en los constructores de nuestra propia derrota.

En contraparte el Salmista nos invita a dejar, a esperar, a permanecer quietos. Nos invita al ejercicio de la fe. Es decir, a actuar no de acuerdo a lo que vemos o tenemos, sino en función de lo que esperamos. El quédate quieto en la presencia del Señor, del verso 7, tiene su fundamento en el él hará resplandecer tu inocencia como el amanecer, y la justicia de tu causa brillará como el sol del mediodía. Abunda en tal razonamiento cuando agrega, Vss. 9 y 10, los perversos serán destruidos, los perversos desaparecerá… pero los que confían en el Señor poseerán la tierra.

Alguna vez alguien me dijo que, a veces, conviene dejar que el caballo corra hasta que se canse porque entonces se podrá retomar el control del mismo. A veces conviene que nos escondamos en la hendidura en la piedra que el Señor nos ha preparado. Que dejemos pasar el vendaval, estando quietos y dejando de intentar el luchar contra el mismo. Podemos hacerlo porque la fe, nuestra confianza, nos anticipa el final de todo: la manifestación graciosa y gloriosa del poder divino a nuestro favor.

En la medida que, confiando en el quehacer del Señor, procuremos mantener el control de nuestra emociones, podremos mantener la calma y así permaneceremos haciendo lo bueno. Entonces, seremos humildes, reconociendo que hay cosas que, simplemente no podemos hacer por nosotros mismos. Y, esto de ser humildes tiene su especial importancia. De hecho, el Salmista nos recuerda que:

Los humildes heredarán la tierra y se deleitarán en una inmensa paz. Vs.11

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