Hablemos de la Sanidad Divina

Juan 9.1-7

La enfermedad es una circunstancia que tiene tanto el poder de acercarnos a Dios, como el de alejarnos de él. Quizá la razón sea el hecho de que a la enfermedad le acompaña, de manera irremediable, la confusión. Es decir, la enfermedad provoca que nuestros pensamientos, convicciones y emociones se mezclen de tal manera que podamos distinguir entre ellos. Más aún, la enfermedad perturba, desordena nuestro ánimo y nos hace perder el juicio.

¿Quién en tales circunstancias sabe cómo acercarse a Dios de manera adecuada? ¿Quién, en tal estado, puede pedir como conviene? ¿Cómo acercarnos así a la promesa y realidad de la sanidad divina? La pregunta que los discípulos hacen a Jesús, en relación con la causa de la enfermedad del ciego de nuestra historia, puede servirnos como punto de partida para acercarnos a la cuestión de la sanidad divina, una cuestión de fe, cuando nos encontramos confundidos respecto del porqué de nuestra circunstancia y de lo que podemos y debemos esperar de Dios.

Los discípulos quieren saber cuál es la razón, dónde está la culpa, de la ceguera de aquel hombre. Un acercamiento tal a la enfermedad, que por cierto resulta común, determina el cómo y el contenido de nuestra oración. Generalmente, ante la enfermedad respondemos con una mezcla de victimización y culpa. Es decir, sentimos que somos víctimas de un poder superior y contrario a nosotros: ya se trate del diablo, de la vida, de Dios, etc. Y a tal convicción añadimos la culpa. Es decir, asumimos que si nos está pasando lo que nos pasa es porque, en alguna manera, nosotros somos responsables de ello.

El sentirnos víctimas ante la enfermedad es causa y efecto de entender esta como algo extraño a nuestra condición personal. Asumimos que la enfermedad no nos es propia, más aún, que es ajena a la voluntad de Dios y, por lo tanto, que está fuera de lugar en nuestra vida. Sin embargo, desde la perspectiva de la fe este presupuesto no tiene fundamento, no hay ninguna referencia bíblica que sustente tal pretensión. Por el contrario, la Biblia se refiere una y otra vez al desgaste natural (propio de nuestra condición humana), de nuestro cuerpo. Así que, si bien, algunas de las enfermedades que padecemos resultan de una mala mayordomía de nuestro cuerpo, hay también enfermedades que, simplemente, son consecuencia de nuestra condición de seres humanos.

Cuando respondemos a las propuestas de que la enfermedad es ajena a los hijos de Dios y que, en alguna manera, es el síntoma de nuestro pecado o del de nuestros padres, agregamos mayor confusión al conflicto propio de la enfermedad. Porque, si la enfermedad que padecemos es nuestra culpa, ¿con qué cara podemos pedirle a Dios que nos sane? Si es nuestro pecado la razón de nuestra enfermedad, ¿cómo esperar que Dios, a quien hemos ofendido, pueda apiadarse de nosotros? Difícil cosa es enfrentar la enfermedad sintiéndonos víctimas y culpables simultáneamente. Difícil cosa resulta el orar como conviene en tal condición de espíritu. Sintiendo el derecho de reclamarle a Dios el que por su descuido u omisión estemos enfermos, al mismo tiempo que estamos convencidos de ser los primeros responsables de nuestra enfermedad.

La respuesta de nuestro Señor Jesús da a sus discípulos resulta de por sí importante y reveladora. Primero, porque desplaza el foco de la dupla enfermedad-sanidad, del ciego y sus circunstancias, al carácter, el señorío y el poder de Dios. Los discípulos se acercan a la enfermedad asumiendo que esta tiene que considerarse desde la perspectiva humana. Jesús, por su lado, les explica que ceguera de aquel hombre abre espacios de oportunidad para que el poder de Dios se manifieste y este sea glorificado. Nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él, asegura Jesús. El acercamiento más radical a tal declaración resulta, lo menos conflictiva: ¿Dios provocó la ceguera de aquel hombre sólo para que todos vieran el poder de Dios? De entrada esto nos lleva a considerar la injusticia de la enfermedad, pero, más aún la injusticia de un Dios que provoca y/o permite nuestras enfermedades. ¿Qué se cree Dios cuando nos enferma, o, en qué está pensando cuando permite que nos enfermemos?

Jesús pone sobre la mesa un hecho irrefutable, el señorío de Dios. Este es incuestionable y establece el cómo de la relación entre Dios y nosotros. No es, ni una relación de iguales, ni una relación que subordina a Dios a nuestros deseos y necesidades. Por lo tanto, quienes enfermos, por la razón que sea, se acercan a Dios pidiendo su favor lo pueden hacer sólo por la gracia que el Señor les concede. No hay lugar para exigencia alguna, ni para reclamo que sea válido. No hay decretos, no hay declaraciones. Cuando oramos lo hacemos sin otro argumento, ni derecho, que el de la gracia divina. Poniéndose al mismo nivel del leproso que clamó por su salud, Jesús parte de tal principio cuando se acerca al Padre en Getsemaní y le dice: Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Y agrega: Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía. Lucas 22.42ss NTV

Tal aproximación denota y requiere de humildad como el cimiento de nuestra oración por sanidad. Se empieza por reconocer que no podemos entender, ni los misterios de la vida, ni las motivaciones de Dios. Obviamente, nuestra ignorancia puede producir no sólo confusión, sino rebeldía. Al respecto, Jesús recupera el sentir de Isaías cuando este asegura que la vasija de barro no puede decirle a su alfarero, no sabes lo que estás haciendo. Isaías 29.16 DHH

Pero, además de humildad, tal aproximación denota y requiere de confianza en el amor de Dios. Quien se niega a entender las causas últimas de su enfermedad y está dispuesto a aceptar que Dios es el Señor de su vida, no sólo muestra su humildad, también da testimonio de su confianza. Como Jesús en Getsemaní, y después en la cruz, puede entregar su suerte en manos del Dios incomprensible porque conoce de él lo que necesita conocer: su amor. Y conoce el amor de Dios porque ha cultivado, intencional y perseverantemente, una relación íntima, profunda, con él.

Que la enfermedad provoca la necesidad de orar, es un hecho incuestionable. Pero, quien ora ante el evento de la enfermedad, difícilmente encontrará la respuesta que busca. Es decir, si la oración resulta una experiencia extraordinaria, fuera del cómo cotidiano de la relación de la persona con Dios, quizá será una fuente de mayor confusión antes que el camino al Padre. En cambio, quien en la enfermedad simplemente sigue orando, conoce ya el camino al corazón del Padre y tendrá la confianza, la fe, para entregar su vida y su suerte en las manos de quien, bien le consta, le ama y procura su bien.

Quien ora confiadamente puede pedir que Dios cumpla el deseo de su corazón. Puede pedir salud, consuelo, protección y provisión, desde luego. Puede apelar a la gracia divina en su favor, y hacerlo en la confianza de que Dios que le ama, tomará en cuenta su petición. Tal confianza le permitirá permanecer en paz y enfrentar la respuesta de Dios a sus peticiones.

¿Por qué digo: enfrentar la respuesta de Dios a sus peticiones? Porque quien ama a Dios no hace de sí mismo la razón de su relación con él. Como lo reconoce su Señor, determina permitir que Dios haga en él aquello que resulte trascendente para el Reino de los Cielos. Entiende que la salud que pide es posible, siempre y cuando se convierta en una señal de algo superior, más importante y trascendente que él mismo. De lo que se trata es que mi vida sirva para que todos vean el poder de Dios en mí. La enfermedad pone al descubierto lo que hay en nuestro corazón respecto de Dios, evidencia quién es Dios para nosotros y cómo nos relacionamos con él. Descubre si vivimos para Dios o si queremos que Dios sea para nosotros.

Se atribuye a Paul Scanlan este pensamiento: Cuando llueve, lo que hay en la tierra crece. El evento sólo revela lo que eres. No culpes a la lluvia ni a la tormenta. Es el cómo de nuestra relación con Dios lo que determina nuestra convicción acerca de aquello en lo que consiste su poder. Desde luego, que nos sane es una muestra de poder, pero no la única, ni la más perfecta, aunque así lo parezca. En ese particular y peculiar sistema divino de hacer las cosas, el Señor asegura que su poder se perfecciona en nuestra debilidad, no en nuestra fuerza, en nuestra salud. Así que quien conoce a Dios y se mantiene en relación constante con él, conoce que sobre el poder presente en la sanidad divina, está el milagro de la gracia suficiente. Es esta, la gracia, la presencia divina que influye para el bienestar de nuestra vida, aquello a lo que debemos aspirar.

Entonces, ¿se vale que pidamos sanidad cuando estamos enfermos? ¿Puede Dios sanarnos, si se lo pedimos? ¿Cuándo y para qué nos sana Dios? Sí, se vale que pidamos salud cuando estamos enfermos. Sí, Dios puede sanarnos si se lo pedimos. Esta es su promesa y, por lo tanto, su compromiso. La clave está en nuestro confiado reconocimiento de su señorío y de su amor a nosotros.

Pedimos seguros del poder del Padre, pero pedimos como lo hizo Jesús, diciendo: si quieres. Y lo hacemos con tal confianza porque conocemos el corazón del Padre. No de oídas, no por el testimonio de otros, sino porque estamos en relación íntima con él. Orar así, pidiendo que se haga su voluntad ni denota menos fe, ni deja de lado el que también pidamos que nos sane. Tampoco limita a Dios, por el contrario, orar así abre la puerta para que el poder y la gracia divinos se manifiesten en nuestro favor.

En nuestra enfermedad nos acercamos a Dios necesitados y confiados. Pedimos con la convicción de que él nos escucha y que él puede sanarnos. Sabemos que el que lo haga nos convierte en señal suya, que la salud recibida da testimonio de su poder a todos los que nos rodean. Pedimos sabiendo que nuestra vida está en sus manos y por ello es que podemos abandonarnos confiadamente al milagro de su gracia. Así lo creemos, así lo hacemos en el nombre del Señor.

Termino convencido de que el día de la enfermedad pasará con su confusión y su miseria. Que la vida es más que aquello de lo que nos dolemos. Por lo tanto, les animo a mantener la fe y a vivir en conformidad con nuestra esperanza. Hagamos nuestras las palabras de William Cowper, poeta inglés, quien dijo:

Evitad las decisiones desesperadas; pasará el día más tenebroso si tenéis valor para vivir hasta el día siguiente.

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2 comentarios en “Hablemos de la Sanidad Divina”

  1. ISRAEL PERETTZ Says:

    Sabias palabras en tiempos de desesperación y dolor, bendiciones.


  2. TENEMOS EN DERREDOR TAN GRAN NUBE DE TESTIGOS , DESPOJÉMONOS DE TODO PESO Y PECADO QUE NOS ASEDIA Y FÁCILMENTE NOS ENREDA, Y CORRAMOS CON PACIENCIA Y AGUANTE LA CARRERA QUE ESTÁ DELANTE DE NOSOTROS (HEBREO 12:1)-

    Aquí Pablo estaba usando imágenes y tomadas del atletismo. Además de destacar las razones para no abandonar la carrera por la vida, mostró como resultar vencedores. Los cristianos del primer siglo —y en particular los de Jerusalén y el resto de Judea—afrontaban muchos problemas y penalidades. Para empezar, los hostigaban constantemente las autoridades religiosas judias , quienens mantenían su firme control sobre el pueblo.

    Años antes, habían conseguido que la Fortaleza ó Plaza Fuerte al de Condición Humilde [POBRE] EL HIJO DEL ALTÍSIMO, EL MESÍAS fuera condenado como enemigo del gobierno y ejecutado como vil criminal. Y seguían tratando con igual agresividad a sus discípulos . El libro de Hechos ofrece una crónica de continuos ataques, los cuales comenzaron poco después de los milagrosos sucesos de Pentecostés del año 33 ¡No era nada fácil ser cristiano en esas circunstancias ! (Hechos 4:1-3; 5:17, 18; 6:8-12; 7:59; 8.1,3) .


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