Comunidad del Reino, una Comunidad de Amor

Nuestra Visión

Desarrollar una red de Casas de Pan que sirvan como lugares de encuentro y crecimiento de las personas interesadas en vivir y propagar los valores del Reino de Dios.

Hechos 2.41-47

Esta semana, alguno de ustedes me preguntaba sobre las bases bíblicas que sustentan el modelo de iglesia celular, en la que pretendemos convertirnos. Agradezco la oportunidad para volver al tema y, sobre todo, para animarlos a que no desmayemos en el cumplimiento de nuestra Visión.

La primera consideración que debemos hacer es que la vida cristiana es, por excelencia, una vida comunitaria. Es decir, el cristianismo no se agota ni se cumple en la experiencia personal, aislada, intimista de las personas. De acuerdo con nuestro pasaje: Los que creen, se unen a los demás creyentes y se congregan regularmente.

Nuestra segunda consideración consiste en destacar que esta progresión: creer – unirse – congregarse, se da en lo cotidiano. Se trata de un proceso que se vive diariamente y que tiene que ver con el todo de nuestra vida. Aquí cabe hacer un rápido paréntesis respecto del templo y su significado en la vida cristiana.

Los primeros templos, tal como los conocemos ahora, empezaron a construirse a partir del Siglo III de nuestra era.

El Templo al que acudían los primeros cristianos era el de Jerusalem. Lo hacían transicionalmente. Los cristianos de otras ciudades y países no acudían al templo… no había.

El Templo es un lugar sagrado, ajeno a la cotidianidad de la persona. El templo divide a los legos de los clérigos. Cuando el lego ocupa el lugar de los clérigos comete sacrilegio.

Ahora podemos hacer nuestra tercera consideración: La progresión creer – unirse – congregarse, tiene como propósito el establecimiento de una nueva comunidad. La comunidad del Reino de Dios. Tal comunidad resulta indispensable por dos razones:

En ella se establece el señorío de Cristo de una manera fehaciente, incuestionable. A diferencia de la comunidad que permanece bajo el dominio del diablo, la comunidad del Reino hace evidente la forma, el contenido y los frutos propios de la vida abundante.

Inserta dentro del mundo, el kosmos actual, la comunidad del Reino produce un efecto transformador. Como la levadura que leuda la masa. Lo hace en cuanto permanece y se fortalece como una comunidad alternativa: en la forma, en el contenido y en el fruto.

Esto nos lleva a una última consideración: tenemos la responsabilidad de crear las condiciones que permitan el desarrollo natural de nuestra comunidad. De acuerdo con el pensamiento paulino, la comunión es un don, un regalo, que recibe el creyente cuando es incorporado al cuerpo de Cristo, la Iglesia. No tenemos que crear comunión. Esto nos quita un gran peso de encima, dado que construir relaciones siempre es difícil y desgastante. Nosotros ya estamos unidos. Nuestra tarea es, partiendo de tal unión, desarrollar-construir nuestra comunidad. Así como no se nos pide que construyamos nuestro cuerpo, sino que lo desarrollemos- construyamos saludable.

El recurso con el que contamos para cumplir esta tarea es el amor. Somos una comunidad de amor. Tanto en nuestro origen, como en nuestra práctica cotidiana y en nuestro objetivo final. Somos ministros de la reconciliación 2 Corintios 5.18. Este amor desarrolla, y nosotros debemos crear los cauces que permitan el libre fluir de ellas, dos fuerzas principales: (1) Una fuerza cohesionadora, que une y fortalece a los que ya son miembros del cuerpo. (2) Una fuerza de alcance, que impacta y atrae a la comunidad del Reino a quienes viven en la comunidad del caos.

Debemos cultivar el amor por los otros. Principalmente por los que forman la comunidad del Reino. Por ello es que resulta indispensable que estemos en contacto cotidiano unos con otros y que nos reunamos regularmente para cultivar los elementos que nos unen y cumplir con la tarea que nos convoca a todos, sin distinción. Los grupos pequeños, las células o Casas de Pan, son la tecnología bíblica más adecuada a nuestras circunstancias. Poco avanzamos cuando nuestra comunión y comunidad dependen del encuentro dominical. Mucho lo haremos cuando, además de los encuentros de los grupos pequeños, desarrollemos intencionalmente una estrategia para estar en contacto y compartir la vida cotidiana, la vida de todos los días.

Como comunidad del Reino que sirve al Área Metropolitana de la Ciudad de México, debemos, y podemos, asumir la tarea de establecer comunidades de amor a lo largo y ancho de la misma. Estas serán las modernas ciudades de refugio para quienes viven los estragos del pecado, padecen el peso de la soledad y las consecuencias de sus faltas. Es decir, serán los lugares de encuentro donde Cristo y quienes están muertos espiritualmente establezcan una relación de amor y salvación.

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