El perdón en la familia y la presencia testimonial
Una de las cuestiones más sensibles que distinguen a la sociedad contemporánea es el deterioro de la familia como una institución viable y apetecible. Es notorio que una de las razones que muchos de quienes se niegan a formar una familia es su propia historia familiar. No son pocos los que argumentan para justificar su no casarse, su no tener hijos, su no comprometerse en la formación de una nueva familia, que no quieren que a ellos les pase lo que a sus padres o que sus hijos tuvieran que vivir lo que ellos vivieron.
Considero que se vale y se tiene el derecho de permanecer soltero o soltera, no formar familia o no tener hijos. Pero supongo que cuando el argumento es la mala experiencia personal, resulta lamentable el negarse la enriquecedora experiencia de formar una nueva familia animados por la amargura o el temor.
Lo cierto es que en nuestras experiencias familiares hay mucho qué perdonar y superar para poder vivir vidas plenas y complementarias. Y, creo, es el de la familia uno de los espacios en los que, como comunidad de fe, como discípulos de Cristo, somos llamados a hacer de nuestra presencia un testimonio del poder del orden del Reino de Dios por sobre los estragos provocados por el orden de Satanás.
El del perdón es un tema que se vuelve sumamente complejo cuando se trata de las relaciones familiares disfuncionales. No obstante, no podemos considerar siquiera la posibilidad de la restauración de la relación familiar si no asumimos la necesidad, la importancia y la responsabilidad personal acerca de perdonar. Es cierto que la Biblia no se refiere en específico a la pertinencia del perdón en las relaciones familiares. Pero también es cierto que el principio del perdón al que somos llamados los que estamos en Cristo, encuentra en la familia un primer espacio de necesidad y oportunidad del mismo.
Generalmente, cuando pensamos en el perdón pensamos en segundas o terceras personas, es decir, en el otro, en los otros. Sin embargo, el perdón es un asunto que se conjuga, siempre, en primera persona. El perdón tiene que ver con nosotros antes que con los demás.
La razón para ello tiene dos elementos. El primero, nuestra corresponsabilidad en el proceso de deterioro de nuestras relaciones familiares. Porque en tratándose de las relaciones y los conflictos familiares, los miembros de la familia somos actores y no meramente sujetos, o víctimas, de tales procesos. Lo que hacemos, o lo que dejamos hacer, contribuye activa o pasivamente al deterioro de nuestras relaciones familiares. Puede tratarse de lo que la Biblia llama errores ocultos. Salmos 19.12 Es decir, de aquello que por acción u omisión hemos aportado a la familia a lo largo de nuestra vida. El segundo elemento, y el más importante, tiene que ver con nuestra condición de hijos de Dios, es decir, con nuestra identidad. 2 Corintios 5.16ss
Respecto del primer elemento, el de nuestra corresponsabilidad en la dinámica familiar, nuestro acercamiento a las situaciones de deterioro familiar requiere de nuestro propio proceso de arrepentimiento y conversión a Dios. Todos, en la familia, tenemos algo de qué arrepentirnos y enfrentamos el reto de la conversión, de hacer la vida de una nueva manera, la manera de Cristo.
Como ya hemos dicho, todo conflicto familiar conlleva un factor de no fidelidad a Dios. Los conflictos o son causa, también, de una espiritualidad disfuncional o la provocan. La calidad de nuestra relación con Dios, nuestra fidelidad a él, determina de manera directa el cómo participamos de la dinámica relacional de nuestra familia. Efesios 6.12ss
Pero, también, los conflictos son un espacio de oportunidad para que nos volvamos a Dios, cambiando nuestra manera de pensar respecto de nosotros mismos, respecto de nuestros familiares, así como respecto de las circunstancias que enfrentamos. El dolor, el resentimiento y la decepción nos llevan a ignorar, a no ver, lo que hemos hecho y dejado de hacer en nuestra dinámica familiar. Cuáles han sido nuestros modos familiares. De ahí la necesidad de que humildemente busquemos a Dios y, también humildemente, nos volvamos a él.
Desde luego, buscar a Dios para que él revele qué es lo que hay en nosotros y qué hemos aportado a la disfuncionalidad de nuestra familia, como el volvernos a él, es decir a cambiar nuestra manera de ser familia y de ser en la familia, son cuestiones de requieren de nuestra humildad. Requieren que dejemos de considerarnos víctimas y estemos dispuestos a reconocer como corresponsables de nuestro ser familia. Quien humildemente hace esto, recibe la bendición de recuperar su paz con Dios.
Una vez hechas las paces con Dios, estamos en condiciones de enfrentar nuestras circunstancias familiares en congruencia con quienes somos: hijos de Dios, miembros del cuerpo de Cristo, la iglesia. Como hemos dicho, las ofensas recibidas se constituyen en un obstáculo que se levanta delante nuestro impidiéndonos ser y actuar conforme a nuestra identidad en Cristo. Gálatas 5.15
Quien nos abofetea procura que le imitemos, busca que, renunciando a nuestra identidad, seamos no sólo como él es, sino lo que él es. Quien provoca busca que caigamos en falta. Primero, porque ello nos coloca en su terreno y, por lo tanto, en un espacio y situación que nos hacen vulnerables, manipulables y, después, porque en nuestra falta busca justificar y aún legitimar su propia condición y conducta.
El término bíblico paresis, que se traduce como perdón o perdonar, significa, literalmente, pasar por alto, dejar ir, dejar a un lado. Romanos 3.25 No en el sentido de ignorar, de no tomar en cuenta, sino en el de superar la ofensa recibida. En tal sentido, perdonar es un acto que libera a quien perdona y, consecuentemente, a quien es perdonado. Dado que, con su ofensa, el ofensor adquiere una influencia, un poder, sobre el ofendido, cuando este supera tal ofensa queda libre del poder de la misma y, por lo tanto, puede actuar congruentemente con su identidad.
El perdón reestructura el modelo de relación entre el ofendido y el ofensor. Colosenses 3.13 Rompe vínculos y supera circunstancias colocando a cada uno en su propio terreno. Sobre todo, porque permite al ofendido recuperar su libertad y la capacidad consecuente para elegir lo que es conveniente. Al perdonar, el ofendido ya no actúa de acuerdo con lo que el otro es y hace, sino en conformidad con quién él mismo es y puede hacer. Es más, no sólo de acuerdo con lo que puede, sino con lo que le es propio, con lo que conviene.
En efecto, quien perdona es libre para hacer lo que se puede hacer. Pero, en la reestructuración de las relaciones a la luz del perdón, no siempre lo que se puede hacer es lo que conviene hacer. Proverbios 22.3 El perdón abre nuevos horizontes y posibilita nuevos caminos, especialmente, a quien ha sufrido el dolor de la ofensa.
Lo hace libre para elegir y, aunque parezca una perogrullada, lo hace libre para elegir seguir siendo libre. Es decir, para no tener que regresar a los modelos de relación que lo han atado, hecho vulnerable y, por lo tanto, susceptible de ser dañado física, moral, emocional y espiritualmente.
Quien es libre puede discernir los tiempos y elegir lo que conviene cuando de re-empezar se trata. Sabe si, en el inicio de la nueva etapa, conviene conservar o desechar, adaptar o seleccionar, procurar algo más o asumir las pérdidas. Proverbios 4.26 Contra lo que pudiera parecer, descubre que en ocasiones se gana perdiendo y que si se empeña en conservar lo que le ha dañado o mantenerse al lado de quien le ha lastimado, le hace nuevamente vulnerable y susceptible de mayores daños y pérdidas.
Es así como toca a quien perdona, y no a quien ha ofendido, iniciar el proceso de la restauración familiar. Ello, porque sólo quien perdona tiene la capacidad para convertirse en agente de reconciliación, de restauración. Se trata de ser proactivos y no meramente reactivos. 2 Corintios 5.16ss Así las cosas, sólo quien mantiene su condición de nueva criatura puede asumir la tarea de la restauración familiar y aceptar lo que esta signifique. Es decir, aceptando lo que es posible y conveniente y pudiendo asumir las pérdidas, las expectativas no viables y el costo de ser fiel a Dios y a sí mismo. Sabiendo que en la fidelidad siempre hay lugar para la esperanza y para la recompensa.
Los viejos aseguran que no se puede repicar las campanas y andar en la procesión. El Señor nos asegura que no podemos amarlo a él y a lo que es propio del orden presente. 1 Juan 2.15 Perdonar significa tomar la decisión de no permanecer en el mismo sitio en el que la ofensa nos ha ubicado.
También significa que quien perdona rompe esquemas, supera inercias y toma la iniciativa para hacer de su vida una en la que la gracia de Dios no encuentra tropiezo y él mismo se asume y convierte en agente de la reconciliación proclamando, con su palabra y su testimonio, la vida abundante que Dios le ha provisto por medio de Cristo. Juan 10.10
Como familias cristianas somos llamadas a aspirar que nuestra presencia testimonial anime a otras familias a decirnos: nosotros queremos lo que ustedes tienen.
A esto los invito, a esto los convoco.
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