Anunciar a Cristo crucificado

Romanos 5.8 TLAD 1 Corintios 2.2

Frecuentemente te he invitado a que compartas a Cristo. Pero ¿qué significa esto de compartir a Cristo y qué es lo que compartimos de él? Al compartir a Cristo crucificado estamos dando testimonio del amor incomparable con que Dios nos ha amado. Anunciamos que la esencia de la cruz de Jesús es el amor que hace posible nuestra salvación. Con ello nos referimos no a un hecho pasado sino a un actuar divino constante dado que el mismo amor que nos redimió sigue obrando día a día en el perfeccionamiento de nuestra salvación. Filipenses 1.6 NVI

La muerte de Jesús es un medio en el plan divino de salvación. Gracias a que Jesús pagó el precio y las consecuencias de nuestro pecado es que ahora estamos en paz con Dios y gozamos de comunión con él. Romanos 5.1 Este tener paz con Dios significa, primero, nuestra regeneración como seres creados a imagen y semejanza de Dios. Somos nuevas creaturas, somos diferentes a lo que éramos antes de Cristo. 2 Corintios 5.17 Esta novedad de vida significa, además, libertad plena. Somos libres del poder del pecado, libres del temor a la muerte, libres de la condenación eterna. Libres para ser quienes somos en Cristo y para lograr lo que nos proponemos en su nombre.

No siempre prestamos atención al hecho de que viviremos eternamente. Que la muerte de nuestro cuerpo físico sólo será una transición entre esta vida terrenal y la vida eterna. Romanos 6.23 El no tomar en cuenta esto nos lleva a olvidar, también, que la paga del pecado es muerte y que, por Jesucristo, nosotros ya no tendremos que sufrir el castigo eterno -la muerte espiritual, la enemistad eterna con Dios-, sino que gozaremos de la comunión eterna con nuestro Señor. Así es como eternamente se manifestará el amor con que Dios nos ha tratado.

Pero, no se trata sólo de esta manifestación futura. El amor de Jesús, mostrado en la cruz, se hace manifiesto en la plenitud de nuestra vida en nuestro aquí y ahora. Es decir, en la capacidad que Dios nos ha dado para que alcancemos nuestro máximo desarrollo, nuestra realización como personas aún en medio de las circunstancias de vida que nos toca enfrentar.

Dicho de otra manera, la plenitud de vida, la vida abundante que Jesús nos ha dado, significa que podamos seguir siendo nosotros independientemente de las circunstancias que enfrentemos. Que podamos permanecer firmes en lo que somos en medio de los vaivenes de la vida. 1 Pedro 5.9 Que mantengamos nuestra nobleza, bondad, firmeza de carácter, libertad emocional, etc. Aún cuando tuviéramos razones para no hacerlo.

Los seres humanos somos seres de propósito, tenemos la capacidad para desear y podemos, entonces, proponernos, determinarnos a alcanzar aquello que deseamos. La Biblia dice que Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones. Eclesiastés 3.11 NTV Ello significa que podemos entender que hay un pasado, un presente y un futuro. Lo que se traduce en la capacidad para prever y evaluar nuestras actitudes y actos en función del cómo afectan nuestra comunión con Dios.

Son muchas las cosas que deseamos y las que nos proponemos. Desde pequeños hemos aprendido a soñar, a desear lo que queríamos ser cuando fuéramos grandes. Hemos aprendido a establecer metas y a priorizarlas. Dedicamos más tiempo y esfuerzo a lo que nos parece más importante. Recuerdo a un médico que le decía a su mamá: Yo, antes que hijo, esposo, padre o hermano, soy doctor.

Pero lo cierto es que la mayoría de nuestras metas están limitadas al espacio de nuestra permanencia en esta tierra. Y, Jesús nos recuerda que la vida es más. Más que la comida, el vestido y los logros terrenales. Hemos dicho que no siempre prestamos atención al hecho de que viviremos eternamente. Quienes sólo se ocupan de la vida presente, pierden perspectiva, es decir, pierden la capacidad de dimensionar, ubicar y valorar el aquí y ahora en relación con lo eterno.

Hacer la vida en función del tiempo presente conlleva el riesgo del error y, sobre todo, de la frustración, como muchos lo están comprobando. Hay una frase de Jesús muy dura: ¡No arrojen sus perlas a los cerdos! Pisotearán las perlas y luego se darán vuelta y los atacarán. Mateo 7.6 Lo que Jesús destaca es la incapacidad de los cerdos para valorar, para apreciar las perlas. Además, se refiere al hecho de que en su incapacidad pueden sentirse agredidos y, por lo tanto, agredir a quien se las ha dado.

Quien hace la vida sin Cristo no tiene la capacidad para valorar lo que Dios hace y desea para él. Sobre todo, no tiene la capacidad para hacer la vida en función de lo eterno y no de lo terrenalmente pasajero. Así, tarde o temprano se encontrará con que aquello a lo que le ha dedicado tanto esfuerzo y empeño se volverá en contra suya con el pago de la incomprensión y la frustración consecuente.

Comprender esto resulta de primordial importancia para nosotros. David aseguro que su corazón ha oído la voz del Señor que le dice: Ven y conversa conmigo. O, como lo traduce TLAD: Una voz interna me dice: Busca a Dios. Salmo 27.8 Y es que, dado que llevamos el Espíritu de Dios en nosotros, este provoca una gran necesidad de su presencia, de su comunión.

Aquí propongo que la comunión con Dios es la necesidad toral, fundamental, de los seres humanos. Que quienes no gozan de ella van por la vida tratando de compensarla dolorosamente frustrados. Que saberse en no comunión, en enemistad con Dios, es lo que genera el temor y la impotencia ante la muerte. Forma desgraciada, esta, de vivir el día a día y de enfrentar la eternidad inminente. Ante la ausencia de Dios, cualquier logro en la vida resulta insuficiente.

Pero, nosotros ahora estamos en paz con Dios. Ello, porque su amor ha sido suficiente para redimirnos y para ir perfeccionándonos en el día a día. Por eso es que somos llamados para compartir a Cristo con quienes no lo conocen.

Lo anterior nos recuerda lo evidente, que el amor de Dios es un amor sacrificial. Implica un esfuerzo y una pena. No es ni un amor romántico, etéreo, ni un amor superficial. Que la vida que hoy gozamos tiene el costo de la muerte de quien, no mereciendo morir, estuvo dispuesto a hacerlo por nosotros.

El Cristo crucificado se convierte en una convocatoria doble. Primero, a valorar que Dios nos ha amado hasta el extremo de la muerte de Jesús, y, segundo, a que nosotros le amemos de la misma manera, hasta el extremo de nuestra propia muerte. No la de la muerte física, sino la que represente el que nos neguemos a nosotros mismos para que él sea glorificado en nosotros. Gálatas 2.20 TLAD

Cuando vivimos así, muriendo para nosotros mismos, perdemos muchas cosas, cierto, no perdemos lo que vale la pena. En realidad, vivimos plenamente porque permanecemos firmes en nuestro propósito de honrar a Dios y porque, al honrar la comunión con el Señor abundamos en su amor y en el gozo de nuestra salvación. Nuestra vida se convierte en testimonio de su amor ello nos une, todavía más, a quien murió para que nosotros tengamos vida.

Por todo lo anterior es que te invito a que compartas a Jesús crucificado. A que les digas a quienes conoces que Dios los ama y que quiere estar en comunión con ellos. Que aceptar a Jesús como su Señor y Salvador significa, entre muchas otras cosas que estarán en paz con Dios y recibirán el poder para realizar todo aquello que es propio de su dignidad en Cristo. Que tendrán la capacidad para superar las heridas de la vida y para salir adelante sabiéndose dignos, íntegros y libres para hacer la vida dignamente.

A esto los animo, a esto los convoco.

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