Señor ¡tú has sido nuestro hogar!

Salmos 90 NTV

Cuando nos acercamos al Salmo 90, nos encontramos con una sentida declaración de fe. Sí, Moisés habla tanto de lo que conoce de Dios como de la confianza que tiene en él. La primera declaración de Moisés es hermosa y plena. Resume en tan pocas palabras la admiración de quien, al recordar el todo de su vida, no puehttps://bit.ly/3mFbrvxde hacer menos sino reconocer la constante presencia de Dios en ella.

Llama la atención de que sea Moisés, precisamente, quien use la expresión de generación a generación. Digo esto porque, generación, es la sucesión de descendientes en línea recta. En tal sentido, Moisés resulta una excepción. En efecto, su historia nos dice que sus padres renunciaron a él con tal de preservar su vida.

Es decir, en Moisés se rompió la sucesión de descendientes en línea recta, pues habiendo nacido de una pareja hebrea se le reconoció como hijo de la hija de Faraón. Interesante resulta que quien no pudo formar parte de una sucesión familiar, pudiera reconocer que Dios es refugio de generación en generación.

Creo que Moisés, sabía algo de Dios, y del ser humano, que conviene que nosotros recuperemos. De manera significativa dedica la primera parte de su canto para enfatizar la brevedad del hombre, contrastándola con la eternidad de Dios.

En tal ejercicio, no puede ser de otra manera, Moisés recuerda los pasajes de su vida en los que se hicieron más evidentes sus limitaciones y su fragilidad. Momentos provocados por su propio pecado, por su vulnerabilidad, por su condición humana, etc. Y, reconoce, en cada circunstancia difícil él siempre contó con el refugio, la protección, de Dios.

Las personas no siempre tenemos conciencia de lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Moisés no supo por su propia experiencia lo que pasó cuando era apenas un niño de brazos. Se lo contaron. Samuel Olmos decía alguna vez que los niños no conocen personalmente a Dios, es decir que no tienen conciencia razonada de quién es y qué hace Dios. Empiezan el camino de la fe caminando la fe de sus padres.

Igual Moisés, de niño. Después, ya hombre, sí pudo tomar conciencia del ser y quehacer divinos. Cuando escribe su salmo, Moisés cae en cuenta que ha contado con el cuidado divino, sea que tuviera conciencia o no del mismo.

Lo mismo nosotros. Al final del año estamos cerrando un ciclo más de nuestra vida. Hacemos el recuento, no solo del año que pasó, sino del todo de nuestra vida. Traemos a la memoria los tramos difíciles de la vida; esas circunstancias en las que tuvimos que enfrentar nuestra brevedad, vulnerabilidad y fragilidad.

Y, al recordarlos y vernos aquí, vencedores de las batallas que creímos nunca poder superar, no podemos hacer más que unirnos a Moisés y cantar diciendo: Señor, a lo largo de todas las generaciones, ¡tú has sido nuestro hogar!

En su canción, Moisés también nos enseña que la mezcla de las circunstancias de fragilidad y del cuidado divino, provocan una petición existencial. En efecto, Moisés canta pidiendo: Sácianos cada mañana con tu amor inagotable, para que cantemos de alegría hasta el final de nuestra vida.

El salmista, al referirse a las mañanas de la vida, sugiere la presencia de las noches de la misma. Sabe que las hubo en su vida, pero, también, que mientras viva habrá de seguir viviendo mañanas que sucedan a las difíciles noches que habrá de enfrentar. Y, entonces, pide: cuando amanezca, sácianos con tu amor inagotable.

En las noches de la vida perdemos muchas y muy importantes cosas. Algunas, de manera definitiva. Sí, las noches de la vida generan grandes, dolorosos y profundos vacíos existenciales. Nadie puede llenar el vacío del ser amado que se ha ido, nada puede reponer la pérdida del amor y la confianza, respecto de quien nos ha lastimado.

¿Quién puede reponer las fuerzas, los momentos, la alegría, etc., que la enfermedad nos ha arrebatado?

Nadie, nada. Por ello es por lo que Moisés pide ser saciado con la misericordia divina. Le dice a Dios, mira, en ausencia de todo lo que la noche de la vida me ha quitado, lo único que puede hacerme cantar alegre el resto de mis días es el que me sacies, me llenes, de tu misericordia.

Moisés, quien ha conocido a Dios mientras ha vivido bajo su cuidado, sabe que puede ir más allá de lo que parecería adecuado. No le deja a Dios el que decida la medida de su saciedad. No le dice: sáciame con lo que sea tu voluntad. No, Moisés le pide a Dios: ¡Danos alegría en proporción a nuestro sufrimiento anterior! Compensa los años malos con bien.

Quienes, como Moisés, han vivido el día a día amparados por la presencia divina, aprenden que Dios es suficiente. Que pueden esperar en él. Que vale la pena abundar en la fe.

Quizá por ello es por lo que Moisés resume su esperanza de la forma en que lo hace en el último verso de su canto: Permite que tus siervos te veamos obrar otra vez, que nuestros hijos vean tu gloria. Y que el Señor nuestro Dios nos dé su aprobación y haga que nuestros esfuerzos prosperen. Sí, ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen!

Moisés sabe que la vida es el espacio creativo de toda persona. Que toda mujer y todo hombre crean, producen, algo en la vida. Y que ese algo siempre está expuesto al peligro, a la brevedad. Por ello pide ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen!

Aun cuando Moisés utiliza el plural, les propongo que es esta una petición muy personal. Moisés supo lo que es ir tras un sueño, cumplir una tarea, comprometerse con una empresa… a solas, sin la comprensión de otros y, a veces, contra la voluntad de terceros.

Sin importar la edad que tengamos, cada uno de nosotros tiene su lista de esfuerzos realizados. Y, en no pocos casos, estos han sido una tarea solitaria, contra toda esperanza. Costosa, incomprendida, desgastante, sí. Pero, al fin y al cabo se trata de nuestros esfuerzos. De la obra de nuestras manos, como traduce Reina Valera.

Esta semana he escuchado a pastores que, emocionados, ha compartido lo que están haciendo para Dios. También los he escuchado hablar del costo, de la soledad, de la incomprensión aparejadas a tal tarea. Pero, como Moisés, veo que se sostienen como viendo al Invisible.

Pero no solo advierto tal convicción en pastores, también la veo en hombres y mujeres que tienen sus propios sueños, que viven su propio llamado, que anhelan que la tarea a la que han dedicado sus vidas sea confirmada por el Señor.

A unos y a otros les tengo una buena noticia: a lo largo de todas las generaciones, ¡Dios ha sido nuestro hogar!

De mi padre aprendí que los hebreos decían esto así: Dios es nuestra tienda de campaña, de generación en generación. Es como si, en los caminos de la vida, lleváramos a Dios sobre nuestros hombros. Ahí a donde vamos, ahí está él. Por lo tanto, en cualquier lugar y circunstancia de la vida, estamos bajo su sombra, bajo su especial cuidado.

Cada año que pasa hace más evidente nuestra brevedad y, por lo tanto, la menor ascendencia y control sobre lo que nos ocupa y preocupa. Cada vez podemos hacer menos para cuidar, alimentar, hacer prosperar, los esfuerzos que hemos realizado, la obra de nuestras manos.

Pero, nosotros que hemos gozado del cuidado divino, como lo han hecho nuestras generaciones anteriores, podemos animar nuestra fe creyendo que el mismo que fue y es con nosotros, lo seguirá siendo hasta el último día de nuestra vida y todavía después de este.

A esto los animo, a esto los convoco.

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