Este es un lugar asombroso

Génesis 28.16-17

Hoy celebramos nuestros Cultos Regionales en diferentes hogares de nuestra congregación. Al estar orando y preparando la liturgia para tales Cultos, vino a mi mente la historia de Jacob cuando huía de su hermano Esaú. Cansado, y llegada la noche, decidió dormir, usó una piedra como almohada y pronto se quedó dormido. Soñó. En su sueño vio una escalera que subía hasta el cielo, los ángeles bajaban y subía por ella.

También vio a Dios, parado junto a él, y lo escuchó prometerle protección y hacerlo un instrumento de bendición para todas las naciones de la tierra. Dios terminó sus palabras diciéndole: ¡jamás te abandonaré sin haberte cumplido mis promesas!

Cuando Jacob despertó, se dijo: ¡Este es un lugar asombroso! ¡Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo!

Desde niño este relato me ha emocionado. Sé que el mismo es eso, un relato de la experiencia personal de Jacob. No contiene ni una promesa ni un mandato para nosotros. Sólo nos cuenta lo que Jacob vivió y conoció acerca del quehacer del Señor en su vida y en la de sus descendientes.

Pero, a la luz de la celebración de nuestros Cultos Regionales, en diferentes lugares, surgen ciertas reflexiones que comparto contigo. La primera tiene que ver con la sorpresa de Jacob al darse cuenta de que un lugar anónimo y solitario en medio del camino, podía ser reconocido como casa de Dios y puerta del cielo.

Nuestra cultura religiosa ha hecho del templo el espacio de Dios. Vamos al templo para encontrarnos con Dios porque el templo, decimos, es la casa de Dios. Pero ¿y qué tal que nuestra casa también sea la casa de Dios? Por muchas razones, entre ellas la pandemia que todavía enfrentamos, se está dando una revolución, un cambio brusco, en la forma de ser iglesia y de congregarse para rendir culto al Señor. El número de creyentes que asisten al templo se está reduciendo significativamente en muchos lugares del mundo.

Muchos templos están cerrando. Un creciente número de congregaciones están procurando rentar sus templos, pues cada vez son menos los que se reúnen. Cada vez más los creyentes celebran Culto a su Señor en casa, auxiliados por los recursos electrónicos con los que ahora contamos. En cierta manera, podemos decirlo, el espacio sagrado ha deja de limitarse a los templos y, de manera sorprendente, lo descubrimos en los lugares menos pensados, como sucedió con Jacob.

Sin embargo, tanto quienes se empeñan en asistir a los templos como quienes celebran Culto desde sus hogares, comparten una inquietud. Les parece que rendir Culto desde casa limita la calidad, la importancia y el valor del mismo. Desde luego, la Biblia nos invita a congregarnos regularmente, tal como destaca Hebreos 10.25. Pero, conviene tomar en cuenta que cuando se hace tal exhortación la iglesia no se reunía en templos, no los había. Los cristianos se reunían, principalmente en las casas y algunos en lugares tan peculiares como cuevas o en el caso de los creyentes romanos, en las catacumbas de la ciudad.

Como muchas otras congregaciones, la nuestra enfrenta nuevos respectos respecto del cómo cumplir con el llamado a no dejar de congregarnos. Estamos orando, consideramos alternativas y confiamos que el Señor habrá de guiarnos en esta etapa de nuestro caminar cristiano.

Jacob era un hombre peculiar, un hombre de hogar. Así que salió al mundo con esa virtud de la inocencia, de la inexperiencia, con una sensibilidad intensa. Prestaba atención a los detalles. Por eso pudo darse cuenta de que el lugar donde durmió era un espacio sagrado. Dios habitaba ahí. Ese punto del camino era casa de Dios.

Quiero invitarte a que seamos como Jacob, a que procuremos ver más allá de las apariencias, más allá de lo que vemos regularmente. Especialmente, quiero invitarte a que procuremos descubrir las muchas evidencias que muestran que en nuestro hogar, en nuestra casa, Dios está presente. La primera evidencia es su gracia salvadora.

En nuestra casa vivimos quienes hemos sido salvados por gracia, quienes somos pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo. Aunque sólo sea uno de los miembros de la familia quien ha sido salvo, Dios habita en él y se hace presente en la cotidianidad de la familia toda. Sí, Dios está presente en nuestra casa. Nuestra casa es también casa de Dios.

A la evidencia de la salvación siguen muchas otras evidencias de la presencia de Dios en nuestra casa: su provisión, su cuidado, los milagros con los que hemos sido bendecidos. Si prestamos atención a tales cosas, podremos decir como Jacob: ¡Este es un lugar asombroso, es casa de Dios!

De Jacob podemos aprender algo más. Para este hombre no fue suficiente darse cuenta, estar convencido que Dios habitaba en ese lugar. Jacob decidió que no era suficiente con que él supiera que ese lugar era la casa de Dios. Así que usó la piedra que le había servido como almohada para levantar un monumento, una señal, para que todos los que pasaran por ese lugar supieran que esa era la casa de Dios. Hasta le puso nombre, llamó al lugar Betel, Casa de Dios.

Decidió que Betel sería un lugar de adoración. ¿Qué tal que tu casa, la mía, la de todos los de iCASADEPAN, fuera un lugar de adoración? Nosotros no somos los que hacemos nuestra casa, casa de Dios. Eso él lo hace, él es quien decide dónde morar. Pero, lo que sí podemos hacer es que nuestra casa sea un lugar de adoración a nuestro Dios. Esto requiere de sensibilidad para descubrir que Dios está presente y de nuestro propósito para honrarlo, procurando que nuestra manera de vivir le honre y se convierta en un ejercicio de adoración y alabanza.

Francis Schaeffer ha dicho que, en cualquier circunstancia de la vida, Dios está presente y no callado. En Colombia los niños cantan: Dios ve los hechos y oye los dichos. En cada cosa que Dios hace en y con nosotros, Dios está hablándonos, nos está diciendo algo. Cada acto de gracia es un llamado, una convocatoria que Dios nos hace. Además, Dios está siempre atento a lo que sucede al interior de nuestra casa que es su casa. El ve, el oye y él toma en cuenta. Los niños colombianos agregan en su canto: Mi Dios lo apunta en un libro grande.

El proponernos que nuestra casa sea un lugar de adoración nos permite elevar nuestras expectativas de vida, porque sabemos que nuestra casa es un lugar sagrado, donde Dios habita y donde lo adoramos. Nos volvemos selectivos acerca de cómo vivimos: vivimos para él. Escogemos lo que entra y lo que no a nuestra casa. En fin, cultivamos el carácter sagrado de nuestra casa porque nos proponemos que, en el todo de nuestra vida, Dios sea alabado.

Otra cosa que Jacob decide, y de la cual podemos aprender y motivarnos, es que él reconoció que estaba ante la puerta del cielo. Es decir, Jacob reconoce que donde Dios habita, donde Dios hace su casa, Dios abre una puerta al cielo. Nosotros diríamos que es una entrada, un acceso, a la salvación en Cristo. Si Dios vive en nuestra casa, entonces la palabra de Cristo se hace cierta, cuando dijo: Yo soy la puerta; el que entra por esta puerta, se salvará.

Por mucho tiempo hemos querido llevar a la gente a los templos para que en ellos encuentre a Cristo. Pero, consideremos por un momento, si Cristo vive en nuestra casa, entonces nuestra casa es, también, puerta del cielo, puerta de salvación. Esto implica tanto una realidad como un propósito.

En una de las calles del centro de nuestra Ciudad, por mucho tiempo convivieron un templo evangélico y una cantina llamada La Asamblea. Curiosamente, la palabra iglesia viene de asamblea. Siempre que pasaba por ahí, me llamaba la atención que el templo estaba generalmente cerrado y La Asamblea, siempre abierta. Nuestras casas, puerta del cielo ¿permanecen abiertas o cerradas para quienes quieren y necesitan entrar al cielo?

Al invitarte a celebrar nuestros Cultos Regionales, quiero animarte para que hagas saber a otros que ahí donde vives y en donde te reúnes, es puerta del cielo. Más aún, a que te propongas hacer saber a tus vecinos y conocidos que si quieren saber cómo estar en comunión con Dios pueden venir a tu casa y ahí podrás mostrarles el camino al Señor.

Al hacerlo, abrirás puertas de salvación. Si no lo haces, las cerrarás y dejarás y animarás a quienes están buscando respuesta a sus vidas de muerte, para que busquen en lugares equivocados.

Recuerda, tu casa, sí ahí donde vives, donde despertaste esta mañana y dormirás esta noche, es casa de Dios y puerta del cielo.

Termino destacando que cuando Jacob despertó, tuvo miedo. Se dio cuenta de que el lugar donde estaba era sobrenatural, que debía ser tratado de manera especial. Déjame decir que si Dios vive en tu casa, y tu casa es casa de Dios, no puedes vivir en tu casa de cualquier manera. Tu casa no es cualquier casa, así que eres, somos llamados a vivirlas considerando el carácter sagrado de las misma. Somos llamados a habitar nuestras casas con temor reverente, porque Dios viven en ellas.

Este domingo, al celebrar Culto a Dios en las casas de algunos de nosotros, te animo a que tengamos presente lo que aquí te propongo. A que lo consideres a la luz de la celebración de nuestro Culto, pero considerando que cada día hacemos nuestra vida ahí donde Dios está, presente y no callado. Atento a lo que hacemos y a lo que decimos. Así que conviene que nos hagamos el propósito de que el todo de nuestra vida sea Culto de alabanza que ofrecemos a Dios con todo el corazón.

A esto los animo, a estos los convoco.

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