La esposa que valía menos

Jueces 19

En una de mis incursiones en la radio dediqué cuatro o cinco domingos al tema de la violencia en contra de las mujeres. Fue una sorpresa dolorosa el encontrar que la mayoría de las llamadas telefónicas en respuesta a tales reflexiones eran de mujeres cristianas y, en su mayoría, esposas o concubinas de líderes: pastores, obispos, maestros de escuela dominical, dirigentes de células, líderes de alabanza, etc. Desde luego, también recibí muchas llamadas de mujeres abusadas por sus esposos cristianos. Por hombres que, como me dijo un hijo adolorido, refiriéndose a su propio padre: en la iglesia se mostraba lleno de piedad, pero en su casa maltrataba verbal y físicamente a su esposa.

Alguien me dijo alguna vez que la historia que nos ha leído Samara no debería estar en la Biblia. Realmente es una historia que avergüenza, duele y muestra la perversión ancestral del trato indigno a las mujeres. El escritor sagrado ubica temporal y espacialmente los acontecimientos. Cuando no había rey en Israel. Dice. Esto evidencia que el autor se ocupa de algo que sucede en Israel, el pueblo de Dios. Hoy podría ocuparme de la violencia de género que azota a nuestra sociedad y tendría mucha razón y recursos para hacerlo. Pero, en el pueblo de Dios, la Iglesia, en muchos hogares, se están dando situaciones de violencia de género que debemos reconocer -con tristeza y vergüenza- y de las cuales debemos ocuparnos ya.

Propongo a ustedes que en nuestro relato encontramos las tres principales causas que explican la violencia en contra de la mujer del levita: El levita era un hombre santo, la mujer era propiedad antes que persona, la cultura religiosa-social prevaleciente. Tales causas explican, a mi entender, el que tantas mujeres cristianas sufran a manos de sus esposos cristianos, tantas formas de violencia creciente.

En primer lugar, está el que la cultura patriarcal que sectores importantes de la iglesia promueven, establece que el hombre, en razón de su género, y de su conversión a Cristo ocupa un lugar preeminente en la estructura familiar. Es santo. Es decir, merece que se le rinda honor y se le reconozca un alto grado de perfección. Como el levita que formaba parte de los principales círculos de poder en Israel por razones religiosas. La calidad de cabeza de la mujer se pretende, otorga al hombre poder y derechos por sobre el resto de la familia. Así, la esposa y el resto de los familiares tienen el deber de hacer la vida en función de las creencias, los intereses y los derechos de quien es la cabeza, el hombre.

En nuestra historia se llama concubina a la mujer del levita. Desde nuestra perspectiva moderna, se trataría de una amante, de una relación ilegal. Sin embargo, en el contexto histórico del relato, se trataba de una esposa que valía menos. No sólo menos que otras esposas, sino, sobre todo, menos que el hombre con el cual estaba en relación. Al ser menos importante, la relación con ella no quitaba la condición de santo, de célibe del levita. A final de cuentas, no se relacionaba con una persona, sino con alguien que era poco menos que una persona, era casi una cosa.

Si la organización familiar cristiana es piramidal, entonces el lugar del hombre es arriba y por lo tanto él resulta de mayor importancia que su esposa. Esa condición de superioridad del hombre y de inferioridad de la mujer, explica el trato que esta recibe. No se le reconoce como una persona, sino que se le trata como una propiedad. Por eso puede ser tratada como una cosa y ser empujada por la puerta para que otros abusen de ella. Vs 25

La tercera causa que explica la violencia en contra de las mujeres al interior de los hogares cristianos es la cultura religiosa-social prevaleciente. En nuestro relato resulta chocante el poder del padre de la mujer sobre esta, la disposición de quien los hospeda a entregar a su propia hija y a la mujer a quienes buscaban deshonrar a su huésped, y la insensibilidad y menosprecio del levita para con la mujer que amaba. Siempre he pensado que, a la mañana, cuando se disponía a que siguieran el viaje y salió a la puerta, al descubrir a la mujer tirada en el umbral y no recibir respuesta a su: levántate y vámonos, debe haberla movido con la punta del pie para, según él, despertarla.

Pero, más chocante resulta el que tantos hayan acudido con tanta naturalidad al hecho de la violencia en contra de la mujer. Nadie se ocupó de ella, la victimizaron y revictimizaron una y otra vez. Nadie se sintió ofendido por lo que le había pasado a ella. La razón de las decisiones tomadas por terceros y el malestar que llevó a la guerra contra Benjamín, fue ¡la deshonra que el levita había sufrido! A la mujer no la defendió su padre, mucho menos la defendió su marido y, desde luego, tampoco la defendió el viejo que los hospedó.

Los cristianos, en todas las épocas, somos llamados a la lectura cuidadosa de la Palabra y a analizar nuestra identidad, nuestros modelos de relación y nuestros valores culturales a la luz de la misma y no al revés. Tal lectura cuidadosa de la Palabra nos muestra que Dios nos ha creado a todos los seres humanos, sin distinción de género, raza o condición económica-social, con igual dignidad porque todos somos imagen y semejanza suyos. Hacer nuestra tal convicción nos permite comprender que el cómo de la relación de pareja no depende, en principio, de una cuestión de género sino de la condición de persona, de ser humano, de los que la formamos.

Es decir, que el trato debido a la esposa no resulta de su ser mujer, sino de su ser persona. Y lo mismo podemos decir del trato al esposo, no se da en función de su género sino de su condición de persona. La palabra persona hace referencia a un ser con poder de raciocinio que posee conciencia sobre sí mismo y que cuenta con su propia identidad. Así que la violencia en contra de la mujer tiene que ver, mucho más, con su menosprecio a su calidad de persona, que a su género. Quien abusa de su esposa no reconoce su identidad, quién es. En el ámbito cristiano, mucho más grave resulta que no reconoce quién es su esposa en Cristo. No reconoce su derecho a ser ella y no una mera extensión de sí mismo, es decir, no acepta la libertad que Cristo ha recuperado para ella. Quien considera a su esposa su propiedad, aquella sobre la que tiene derecho, atenta contra la libertad que Cristo le ha dado.

De acuerdo con Pablo –Efesios 5.21-, las relaciones de pareja sanas son aquellas en las que se reconoce, de entrada, la igualdad de quienes las conforman. Sólo pueden someterse mutuamente quienes son iguales entre sí. Además, Pablo asegura que el marido debe amar a su esposa como ama a su propio cuerpo. Pues un hombre que ama a su esposa en realidad demuestra que se ama a sí mismo. Efesios 5.28 El ser uno de la pareja sólo es posible entre quienes son iguales, de ahí que amar a la esposa es igual a amarse a sí mismo. Iguales atraen a iguales, es el principio de la llamada resonancia simpática.

Ahora bien, las relaciones conyugales presentan retos similares a los que resultan de todo tipo de relaciones entre personas. Conviene precisar que las personas no somos totalmente iguales una a las otras, si acaso similares, es decir parecidas. Las personas siempre estamos cambiando, así que, en la relación de pareja, los esposos a veces nos parecemos más que en otras. Nos mueven factores internos y externos. Nuestra historia de vida, nuestras necesidades existenciales, las circunstancias físicas, emocionales, relacionales, etc., explican nuestras diferentes formas de ser y de actuar en el cómo de nuestra relación de pareja.

Dado que ya me he ocupado de la consideración de los factores que explican la violencia del levita en contra de su mujer, déjenme apuntar aquí los que, a mi parecer, son dos elementos, presentes en el ser y hacer de la mujer y que resultan propiciadores o facilitadores de la violencia que sufrió. Al leer el relato encontramos una cuestión pendular: sumisión y agresión. El relato no registra una sola queja de la mujer ante el trato injusto del levita. Ni siquiera nos dice que la decisión de regresar con él haya sido de la mujer, fue un arreglo entre su padre y su marido. Después de los abusos recibidos por sus violadores, regresa al lugar donde estaba el que la había empujado por la puerta.

Pero, la historia también nos presenta a una mujer con decisiones propias. El verso 3 dice que ella se enojó con su marido y volvió a casa de su padre. Otras traducciones dicen que ella le fue infiel o, de plano que, se prostituyó. Como haya sido, el hecho es que tuvo arrestos de independencia y aún de agresión y ofensa en contra de quien la poseía, de quien se asumía su dueño. Su breve historia muestra que, a pesar de su condición, siguió siendo persona.

La relación entre personas resulta, siempre un reto. En el matrimonio especialmente, cuando las circunstancias que como individuos y como pareja siguen gravitando en el cómo de la relación. Todos, en nuestras relaciones, seguimos luchando con nuestro cuerpo de muerte. Romanos 7 Es decir, nuestras relaciones están condicionadas por lo que aprendimos y por lo que reforzamos en nuestro aquí y ahora. En el ambiente cristiano, desafortunadamente, reforzamos la idea de la superioridad del hombre respecto de la mujer. Lo creemos los hombres y lo creen las mujeres. No solo lo hemos aprendido, también lo hemos aprehendido. Lo hemos hecho nuestro. Eso explica, en los ambientes religiosos, la violencia masculina y la sumisión femenina, en buena medida.

Los que amamos a nuestra esposa como a nosotros mismos. Los que nos hemos propuesto amarla como Cristo ama a la iglesia, sabemos que no siempre resulta sencillo hacerlo. Como, estoy cierto, para muchas esposas cristianas les resulta especialmente difícil cumplir con el principio bíblico, del que nos ocuparemos el domingo próximo, DM, de respetar a su marido. Tras casi 45 años como pastor, estoy convencido de que unos y otras lo que menos necesitamos son recetas del tipo: 3 pasos para un matrimonio feliz. Por ello, a riesgo de parecer simplista, permítanme proponer como un recurso para evitar la violencia en contra de la mujer, lo siguiente.

Los condicionamientos aprendidos y aprehendidos del hombre respecto de su posición en el matrimonio, sumados a los retos representados por la dupla sumisión-agresión, también aprendidos y aprehendidos por no pocas mujeres, sólo podrán ser superados cuando ambos, hombre y mujer, mujer y hombre, aprendan y se dispongan a ser pacientes. No, no estoy proponiendo que se dispongan a ser solamente tolerantes, condescendientes, magnánimos con el otro, con la otra. No estoy proponiendo a nadie que se aguante. Sino que se mantengan haciendo lo bueno, independientemente de las circunstancias que enfrenten. Romanos 2.7

Ante la sumisión de la mujer que facilita el abuso y la violencia contra ella. Ante la agresión de la esposa, en cualquiera de sus expresiones. En cualquier circunstancia, los hombres son llamados a perseverar haciendo el bien, lo que corresponde a nuestra condición de nuevas criaturas que reconocen en la esposa a una su igual, igualmente redimida e igualmente coheredera de la gracia de la vida, que recibiremos en Cristo. 1 Pedro 3.7 Es decir, que si nuestra esposa responde a los condicionamientos culturales que le llevan a ser sumisa, no nos aprovechemos de ello sino que, por el contrario, abundemos en el trato digno, respetuoso y empoderante para que crezca en su identidad en Cristo. Y que, ante la posible incongruencia en su conducta, aún cuando nos faltare al respeto, nos lastimara o nos maltratara, perseveremos en nuestro propósito de honrarla y la tratemos de acuerdo con nuestra condición de nuevas criaturas.

Debo confesar mi tristeza e impotencia ante la realidad que vivimos no pocas de las familias cristianas que conocemos. En medio de tanta oscuridad familiar, cuando hay tantas familias dolidas, esposas y esposos lastimados, hijos heridos, fracasos, etc., pareciera que como Iglesia nos sumamos a la oscuridad que nos rodea. Una y otra vez resuenan en mi mente las palabras de un hijo decepcionado de la Iglesia, cuando se preguntaba ¿en qué hemos fallado como Iglesia?

Es mi oración y mi convocatoria a ustedes para que nos propongamos que nuestras familias se caractericen por el respeto a nuestras mujeres, esposas, hijas, hermanas, nueras, abuelas, etc. Reconocerlas como nuestras iguales en Cristo nos permitirá honrarlas, protegerlas y caminar a su lado en el camino de su crecimiento integral en el Señor. Así, todos seremos luz que ilumina a quienes viven su cotidianidad familiar en la oscuridad y en la desesperanza.

A esto los animo, a esto los convoco.

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