Una propuesta de diálogo

Juan 13.1 DHH; Romanos 14.9 NVI; Romanos 11.29 DHH

Quizá sepas que soy Adoniram Gaxiola, pastor por 45 años. Una de las cuestiones que más dolorosas me resultan es la incapacidad de la iglesia para retener a quienes se han formado en ella, que han entregado sus vidas a Dios, y que aún han servido a sus hermanos en la fe en distintos espacios de ministerio. Me duele como cristiano, como pastor y como padre de familia. Hoy quiero identificarme con Juan el Bautista y asumir el riesgo de ser una voz que grita en el desierto: preparen un camino recto para el Señor. Juan 1.23

Ello porque quiero invitarte a ti que te has alejado de Dios, que has abandonado la iglesia y quizá hasta renegado de la fe, a que dialoguemos. Lo hago sin saber dónde te encuentras, ni qué tanto te interesa que conversemos sobre el asunto. Pero, lo hago en la fe de que el Espíritu del Señor que da testimonio a tu espíritu que eres hijo, hija, de Dios, animará que esta invitación llegue hasta ti y entonces podamos conversar sobre la vida, tu historia y el amor de nuestro Dios. Así que grito en el desierto con la confianza de que mi voz llegue a ti.

Como sabes, un diálogo es la conversación que sostienen dos o más personas. Hay tres cosas que te propongo como el punto de partida de nuestra conversación. Como te darás cuenta, no son los temas que algunos considerarían los inmediatos: la existencia de Dios, la infalibilidad de la Biblia, los pecados de la iglesia, etc. Si quieres podemos hablar de ello. Mi propuesta es que empecemos considerando tres cuestiones que van más allá de nosotros mismos, de lo que creemos en este momento, de lo que nosotros podemos determinar o no. Te propongo que hablemos de cosas que conocemos, que han marcado nuestra vida y con las que de tanto en tanto luchamos y nos cuestionamos.

El aporte inicial para nuestra conversación es el hecho de que Dios te ama. Sí, hoy, en tu aquí y ahora, donde y como estés, Dios te ama. Que Dios nos ame es una decisión unilateral que él ha tomado, una decisión y un compromiso que tienen que ver con quién es él y con su carácter. El amor de Dios, la gracia, es el favor gratuito que Dios otorga a las personas. Lo hace porque quiere, porque ha decidido que le importemos. El salmista se preguntaba, al contemplar el cielo, la luna y las estrellas, creación de Dios, ¿qué es el ser humano? ¿Por qué lo recuerdas te preocupas por él? La respuesta es simple, le importamos a Dios porque él nos ama. Y nos ama por que ha decidido hacerlo.

Las personas practicamos diversas expresiones del amor, según los griegos son cuatro: eros, storgé, philia y ágape. Los primeros tres, los más comunes, tienen como factor común el que quien ama espera ser correspondido. El amor ágape, que de acuerdo con la Biblia es el amor con el que Dios te ama, nos ama, no depende ni busca la correspondencia del amado. Te propongo que este es un hecho que resulta fundamental en la cuestión de tu alejamiento de Dios. Porque el que te hayas alejado de Dios, aún si has renegado de él y niegas su existencia y señorío, Dios sigue amándote.

Le interesas a Dios porque Dios te ama. La mayor expresión de su amor es Jesucristo, a quien Dios entregó para estar en comunión, en una relación amistosa, contigo, conmigo, con todos aquellos que han respondido a su llamado de amor. El amor de Dios en Jesucristo subsiste. Es decir, se mantiene en el mismo estado inicial, independientemente de las circunstancias. Creo que este es un buen punto de partida para considerar el hecho de tu alejamiento de Dios. Porque, estoy seguro, si Dios te ama a pesar de todo, Dios sigue estando interesado en recuperar, regenerar, una relación armónica contigo. De Jesús se dice que como amó a los suyos al principio, los amó del mismo modo hasta el fin. Lo mismo contigo, Dios te ama igual que como te amó cuando caminaron juntos los caminos de la vida.

El segundo elemento que te propongo que consideremos es que Dios sigue siendo el Señor. No sólo es el Señor, lo sigue siendo aún cuando nosotros no reconozcamos su señorío. Uno de los engaños en los que más fácil resulta caer es en el creer que Dios es lo que nosotros queremos que sea. Que como en la paradoja del gato de Schrödinger, depende de nosotros si vive o muere. Más aún, si es creíble, si es actual, si es relevante, si es Señor o sólo un proveedor de lo que queremos, nos haga falta o no.

Dios no es el Señor porque hizo todo lo que existe. Hizo todo lo que existe, incluyéndonos a ti y a mí, porque es el Señor. Al igual que la cuestión de su amor, su señorío no depende de lo que nosotros somos o creemos, sino de quién es él. Esto apunta a una cuestión de suma importancia: si Dios es el Señor, nosotros ¿qué papel jugamos en el espacio de su señorío? ¿Somos dueños de nosotros mismos? ¿Podemos decir lo que está bien y lo que no? Si Dios es o no Señor ¿cómo afecta mi de dónde vengo y a dónde voy? Si soy el señor de mi propia vida ¿cuál es el sentido de la misma, soy yo mismo origen y destino?

Aún las personas más poderosas, en el presente y a lo largo de la historia, han tenido que decidir cómo responder a tales preguntas. Ello porque la vida nos da constantes testimonios del señorío de Dios. Según Pablo, la naturaleza, la creación, revela todo lo que el ser humano necesita saber de Dios: su poder, su sabiduría, su presencia, su señorío. Es decir, la naturaleza revela el orden de vida que resulta del señorío de Dios y que es necesario para que todo lo creado alcance su plenitud. Problemas como el sobrecalentamiento global hacen evidentes las consecuencias del rebelarse a seguir el orden propio del señorío divino. Si así sucede en la naturaleza ¿qué no sucede en nuestras propias vidas?

Déjame correr el riesgo de lastimarte u ofenderte, pero quiero proponer a tu consideración que desde que te alejaste de Dios tu vida tiene un problema de equilibrio. Estás haciendo lo que quieres, ejerciendo tu derecho, viviendo como quieres. Pero, me temo, no estás alcanzando lo que buscas. Vives una constante de crisis existencial, donde la insatisfacción, la frustración y, sobre todo, el temor son las constantes que te afectan. Es que estás ignorando el hecho de que Dios es el Señor de tu vida.

A veces dejamos de lado un hecho sumamente importante. La cuestión del compromiso. El diccionario define compromiso como una obligación contraída voluntariamente. Quienes se alejan de Dios y renuncian a la iglesia, generalmente consideran las cosas que otros hicieron y dejaron de hacer. En la mayoría de los casos tienen razón para tales razonamientos. Pero, generalmente, quienes se van ignoran un hecho determinante: ellos hicieron un compromiso con Cristo mediante el bautismo. Unos pocos que lo toman en cuenta, terminan argumentando que lo hicieron por razones que los liberan de la responsabilidad contraída: emociones, temores, imposición paterna, etc. El hecho es que hicieron suyo a Cristo.

Y, Cristo es Señor. Que yo, o cualquiera, no lo reconozca como tal no lo hace menos Señor. Porque, la razón, el sustento de su señorío, escapa a nuestra voluntad y capacidades. Es Señor porque, por amor a nosotros, Cristo murió y volvió a vivir, para ser Señor de los vivos y de los muertos. La realidad presente del señorío de Dios en Cristo demanda una definición constantemente actualizada de todos nosotros. Si Cristo es Señor, y lo es ¿qué fundamento tienes para vivir como lo haces? Y ¿cuáles son las consecuencias en la vida presente y en la vida venidera de tu alejamiento de Dios.

Termino esta consideración recordando que aún quienes se han alejado lo más posible de Dios, quienes se han ido lo más lejos posible, quienes lo han negado y hasta olvidado, al igual que los que nos esforzamos por servirlo, volveremos a encontrarnos con él. Estaremos frente a él y enfrentaremos la gracia o la severidad de su señorío. No conviene olvidar que, lo creamos o no, todos tendremos que estar delante de Cristo para ser juzgados. Cada uno de nosotros recibirá lo que merezca por lo bueno o lo malo que haya hecho mientras estaba en este cuerpo terrenal. 2 Corintios 5.10 NVI

La última consideración que propongo para iniciar nuestro diálogo es que nuestro llamamiento permanece. Si repasas Romanos 11, descubrirás que el sujeto de la declaración paulina: Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento, es el pueblo de Israel. Pues bien, te propongo que hay mucho en común entre quienes reniegan de Dios y abandonan la iglesia, y el pueblo de Israel. La primera y fundamental cuestión es que tanto Israel como quienes se separan de Dios han sido llamados.

Esta cuestión del llamamiento es muy importante. Entre otras cosas porque quienes han sido llamados y han respondido a tal llamamiento no pueden ser los mismos después de Cristo. El llamamiento marca. Como te das cuenta, aquí no estoy tratando de convencer a nadie que Dios existe, ni mucho menos llamando a creer en él. Me dirijo a ti y a otros que han tenido una relación con Dios y que han quedado marcados por la misma. Así como las relaciones humanas no terminan sino se transforman. Así, quien ha estado en relación con él permanece relacionándose con él, aunque sea contracorriente.

En efecto, no pocos de quienes se alejan de Dios desarrollan lo que llamo una relación de la no relación. Como aquel hombre que siempre había animado a su hija a orar, leer la Biblia, etc., cuando decidió alejarse de Dios prohibió a su esposa e hija que ni siquiera mencionaran la palabra Dios, en su casa. Como este hombre, muchos descubren que cuando renuncian a Dios lo que saben de él se convierte en una cuestión incómoda, molesta. Pero, también descubren, Dios sigue siendo inevitable. Se lo encuentran al doblar de cada esquina de la vida.

Pocos de los que se alejan de Dios o de su iglesia se vuelven ateos. Ya no creo en el Dios que he creído, ya no creo en tu Dios, ya no creo en ese Dios del que me hablas, la iglesia me ha decepcionado, etc. Expresiones como estas les caracterizan. Así que son, más bien, agnósticos. Se asumen incapaces para entender la naturaleza y existencia de Dios. Pero no niegan, del todo, su existencia, su obra y su presencia en sus vidas. De vez en cuando oran o piden la oración, su lenguaje contiene expresiones propias de quienes conocen la fe, sus valores morales contradicen su independencia de lo establecido por Dios, etc.

¿Qué explica tales conflictos? Simple, su llamamiento permanece. Dios que los ama y no ha renunciado a ser Señor de ellos, los sigue llamando. Los llama desde dentro, mi corazón ha dicho de ti, buscad mi rostro, decía el salmista y lo mismo pasa con quienes se han alejado. La vida les recuerda que son llamados, que son diferentes. Que no encajan entre aquellos que no conocen a Dios. Lo que saben de Dios se convierte en una piedra de tropiezo que les impide disfrutar la vida lejos de aquel que los llama.

Hasta aquí la presentación de mis propuestas de diálogo. Te recuerdo que son eso: propuestas. Ideas que te invito a considerar. La relación con Dios no puede darse en nuestros términos sino en los de él. Si algo tiene Dios es que es fiel, perseverante en sus propósitos y decisiones. Así que su amor se seguirá manifestando en ti, cada día comprobarás su señorío y, también, cada día te saldrá al encuentro -a veces sutilmente otras de manera dramática- para recordarte que eres suyo, suya, para llamarte a estar en comunión con él.

Espero que aceptes mi invitación al diálogo, llámame o escríbeme. Reflexionemos juntos, incomodémonos para comprender mejor las cosas de la vida. Seamos sensibles a lo que sucede dentro y fuera nuestro, en el viento de la vida podremos encontrar cosas que nos asombrarán y enriquezcan.

A esto te animo, a esto te convoco.

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One Comment en “Una propuesta de diálogo”


  1. […] te has dado cuenta, hoy me estoy ocupando de la tercera de las consideraciones que propuse para dialogar con quienes han decidió alejarse de Dios y de la iglesia. Ahora insisto en que quienes […]


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