El otro factor, el ignorado

Deuteronomio 8:10-18; Lucas 12:20-32

Aquí estamos de nuevo. Quiero empezar agradeciendo a quienes han tenido la atención de compartir sus comentarios e inquietudes respecto de nuestra reflexión anterior: Una Propuesta de Diálogo. Debo reconocer que mientras escribía las notas de la misma estaba consciente de que mi propuesta caía dentro del reclamo que muchos tienen a la fe cristiana, la de asumir a Jesucristo, y su doctrina, como la verdad absoluta. Si Jesús no es la verdad ni sus enseñanzas deben ser creídas y asumidas como regla de vida, entonces mucho de lo que propuse no tiene lógica ni resulta aceptable ni relevante para quienes no creen en el Dios de Jesucristo.

Una de tales cuestiones es la propuesta de que quienes se han alejado de Dios tienen un problema de equilibrio de vida. Descubro que mi propuesta no sólo es rechazada sino asumida, por algunos, como una acusación de que su vida está mal, de que han fracasado. Hay quienes presentan sus logros profesionales, económicos, sociales, etc., como la evidencia de mi errada percepción. Hay quienes aseguran que ahora están mejor, más libres, más prósperos, más felices, con mayor paz.

Jesús contó una historia e hizo una declaración que conviene tomar en cuenta. La historia se refiere a un hombre que trabajó mucho, se esforzó y logró tener muchas riquezas, reconocimiento e influencia social. Tuvo tanto que dejó de usar lo que tenía y debió ocuparse en guardarlo. O sea, llegó a tener mucho, mucho, más de lo que necesitaba. ¿Quién podría negar que había triunfado en la vida? Tenía mucho y tenía más que muchos otros sin ocuparse de Dios en su vida.

Cuando tuvo tanto, consideró que había llegado el tiempo de gozarlo. Después de todo, se lo merecía. Lo que tenía era fruto de su esfuerzo, de su capacidad para sobreponerse a las dificultades y salir victorioso. Una noche, después de hacer el recuento de sus logros y de pensar cómo disfrutarlos, aparentemente se fue a dormir. Desde luego, en la evaluación de sí mismo y de su forma de vida, no se ocupó de Dios. Pero, Dios sí se ocupó de él.

Vino a hablar con él, le informó que esa noche moriría e hizo una consideración diferente a la evaluación que el hombre había hecho. Sí, de acuerdo con Dios, había un factor, un factor ignorado, que aquel hombre exitoso no había considerado al hacer el juicio de su vida: el que almacena riquezas terrenales pero no es rico en su relación con Dios es un necio, dijo el Señor. O, como traduce TLA: Así les pasa a todos los que amontonan riquezas para sí mismos. Se creen muy ricos pero, en realidad, ante Dios son pobres. Lucas 12

Esta historia contada por Jesús me lleva a considerar la pertinencia de una declaración sumamente incómoda -y hasta ofensiva- que el mismo hizo, acusó a los escribas y fariseos -las clases sociales más exitosas y poderosas económica, política y socialmente- de ser sepulcros blanqueados. La NTV lo traduce así: Son como tumbas blanqueadas: hermosas por fuera, pero llenas de huesos de muerto. Podríamos detenernos a considerar con qué derecho Jesús ofende a tan exitosas personas. Pero, el fondo de su impertinencia es la denuncia de que la apariencia exitosa, por más deslumbrante que sea, no siempre está en concordancia con lo que hay en el interior de las personas.

Y, no, no se trata de si somos buenas personas, sinceras, honestas, de buen corazón, bien intencionadas, etc. Se trata de que, desde la perspectiva absolutista del Dios de Jesucristo, si no tenemos una relación armónica con el Señor, por mucho que hayamos logrado, somos pobres, muy pobres. Porque, de nada sirve que ganemos el mundo si perdemos nuestra alma. El problema con Jesús es que nos recuerda, siempre, que la vida es más que lo que tenemos, somos y vivimos en el espacio de la vida terrenal.

El pasaje que Samara nos ha leído, en el Deuteronomio, revela el profundo conocimiento que Dios tiene el corazón humano. Por ello se anticipa y nos advierte acerca del riesgo de hacer la vida dejando a Dios a un lado. Quien rechaza a Dios, quien renuncia a él, tiene una necesidad creciente de afirmar su independencia y autonomía. Necesita saberse y sentirse seguro de que es el creador de sus logros y que todo depende de lo que puede hacer.

Pero, Dios advierte: En tu abundancia, ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios… que no se te ocurra pensar: He conseguido esto con mis propias fuerzas y energías. Acuérdate del Señor tu Dios. Él es quien te da las fuerzas para obtener riquezas. El Señor sustenta su argumento en un hecho que Israel no puede ignorar la relación existente entre él y Dios en su pasado, así como el quehacer de Dios en favor suyo.

Las relaciones que se agotan y cambian en su dinámica, siempre se vuelven incómodas. Si tienes algún o alguna ex, por ahí, sabes bien de lo que estoy hablando. Mientras más compartimos con tal persona, más difícil e incómodo resulta su recuerdo o permanencia cuando ya no está. Las personas en relación se marcan indeleblemente, Y como sucede con los tatuajes, aun cuando los borremos, dejan cicatrices que nos recuerdan que ahí estuvieron.

Dios es mucho más incómodo que una ex. Primero, porque, como hemos dicho, nos sigue llamando a su lado. Y, en segundo lugar, porque la comunión que hemos perdido con él se convierte en un factor de desequilibrio en nuestra vida. El vacío de Dios es un vacío existencial que afecta el todo de nuestra vida. El salmista describió el vacío de Dios como aquello que seca el todo de la vida.

Que la vida se seque no significa que no podamos gozar el momento presente. Significa que todo se reduce al momento presente. No hay trascendencia, lo que tenemos, por mucho que sea, no alcanza para heredar, para trascender, para enfrentar el hecho inevitable de la eternidad. Significa que, a pesar de todo lo logrado, Dios sigue haciendo falta y su palabra sigue resonando en nuestros oídos.

Así que al desequilibrio al que me refiero consiste en el cómo resolvemos, día a día, la ausencia de Dios en nuestras vidas. Estamos tocados por él, lo conocemos, hemos experimentado lo que significa estar en relación con él. Hemos orado, es decir, hemos conversado con él. Bueno, hasta lo hemos compartido. Hemos hablado de él con otros. Los hemos animado a que lo busquen, a que confíen en él y lo hagan su Señor. También hemos caminado con él en los desiertos de la vida y hemos bebido del agua de la roca cuando, en situaciones extremas él ha sido nuestro compañero, refugio y proveedor.

Puede que ahora decidamos que ya no creemos en él. Hasta que cuestionemos la realidad de lo que creímos de él. Podemos encontrar explicaciones a modo que justifiquen nuestra negación. El hecho es que estamos tocados por Dios y, aún distanciados de él, vivimos esa tensión entre lo que sabemos y lo que deseamos no saber. Vivimos la convicción de nuestras capacidades y fortalezas y, al mismo tiempo, el temor de lo que podrá ser.

Si Dios es nuestro origen y destino, si como aseguró Pablo en Éfeso: en él vivimos, nos movemos y existimos, luego entonces, alejarnos de él, negarnos a él, deja nuestra vida al garete, sin sentido ni dirección. Déjame decir que evidencia de esto es la necesidad de siempre estar logrando más y nunca estar satisfecho con lo que se ha alcanzado. Es que el vacío de Dios no puede llenarse con nada que no sea Dios.

Amores, recursos, títulos, propiedades, etc., nada llena el vacío de Dios. Podemos acallar su voz, pero Dios sigue siendo Dios. Nos sigue amando, sigue siendo el Señor y nos sigue llamando a comunión.

He hecho un alto y he repasado lo hasta aquí dicho. Reconozco que sueno dogmático y que puedo resultar incómodo a quienes han decidido alejarse de Dios. Así que, quiero reconocer tu derecho a alejarte, a hacer tu vida a tu manera. Ello no te hace menos digno ni menos merecedor de respeto. No es esa la cuestión. Porque te respeto es que te animo a que consideres el reconsiderar el cómo de tu relación con Dios. Te propongo que vayamos más allá de las apariencias.

También los que permanecemos en el camino tenemos que preguntarnos, confrontarnos, respecto de la congruencia entre nuestra apariencia y nuestro contenido. No sería raro que pretendiendo estar adentro, estemos bien afuera. Que creyendo estar cerca, estemos lejos. Y que pretendiendo estar en comunión con Dios nos encontremos sus contrarios, sus enemigos. Somos los cristianos los primeros que pueden convertirse en anticristos. De ahí la importancia de la reflexión. Y, diría yo, de la reflexión a la luz de la palabra de Dios, la Biblia.

Ya sé que cada uno lee la Biblia con sus propios ojos. Que cada quién le pone y le quita a conveniencia. Pero, mi propuesta es que si que si quienes tenemos puntos divergentes buscamos la dirección del Espíritu Santo, este revelará a cada uno lo que a nuestros ojos está oculto. Que la verdad absoluta de Dios se sobrepondrá a nuestras verdades relativas. Y que al confirmar su Espíritu al nuestro, nuestra verdadera identidad, podremos abundar en la sabiduría para hacer la vida como aquellos que hemos sido redimidos por la sangre de Jesucristo y llamados a ser salvos en el bautismo.

El vacío de Dios provoca la pérdida del equilibrio de vida, lo creamos o no. Tarde o temprano esta verdad se hace evidente en nosotros. Sea en la vida presente o en la venidera. Dios quiere que vivamos en equilibrio y ha hecho todo lo que el podía hacer para lograr tal propósito. Su todo es Jesucristo. En la comunión con él es que podemos reencontrarnos con nosotros mismos, superar las heridas de vida que llevamos y desarrollar en plenitud los recursos que, una vez salvos, hemos recibido del Señor.

Te animo a que corras el riesgo de volverte a Dios. Que decidas vivir para él. Que dejes que su señorío se haga manifiesto en tu vida. Te aseguro que, cuando lo hacemos así, por mucho que perdamos, siempre salimos ganando. Porque el otro factor, el que ignoramos a conveniencia, es el que define el éxito o el fracaso de nuestra vida. Sólo Dios equilibra el todo de nuestra existencia.

A tomar en cuenta esto te animo, a hacerlo te convoco.

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