No sean estorbadas

1 Pedro 3.71 Timoteo 2.8

En la Biblia existe una clara reciprocidad entre la espiritualidad y las relaciones familiares. Desde la perspectiva bíblica ambas son mutuamente condicionantes. Resulta interesante y muy importante el hecho de que la comunión con Dios, de cada miembro de la familia, resulta afectada por el cómo de las relaciones familiares.

La santidad en el ámbito familiar afecta el todo de nuestra comunión con Dios. Pero, no sólo eso, sino que nuestra santidad personal afecta la comunión de los nuestros con Dios y termina por afectar nuestra propia influencia y capacidad al enfrentar los problemas familiares. El cómo vivimos la fe en el ámbito familiar resulta ser todo un reto de vida.

La experiencia y la valoración de nuestras familias, hemos dicho, hace evidente la profunda crisis existencial que vive la mayoría de nuestros hijos. Confusión existencial, resentimientos, pérdida de la fe, rechazo de los valores cristianos, alejamiento de la iglesia, etc., son claras evidencias de tal crisis.

Ante ello, asumimos que nuestros modelos parentales enfrentan un reto que sólo puede ser superado con las que llamamos las armas espirituales2 Corintios 10.4 Y, tenemos razón al pensar así. Sin embargo, propongo a ustedes que ninguna de tales armas será efectiva a menos que, como padres, nos ocupemos, primero, de nuestra santificación personal.

Pedro advierte el riesgo de que nuestras oraciones sean estorbadas. Y, explica que tal obstrucción resulta de una relación familiar inapropiada. Con tal propuesta redimensiona la importancia y el impacto del pecado. Este no es, como nos gustaría que lo fuera, una cuestión personal ni una cuestión de pareja.

El pecado no resuelto afecta nuestra relación con Dios y con las personas que estamos en relación, especialmente con las que nos unen los vínculos más fuertes: los espirituales y los familiares. Hebreos asegura que el pecado nos enreda y nos hace tropezar. Hebreos 12.1 Esto es válido y aplicable, también, en el ejercicio de nuestra paternidad, tanto en el caso de las madres como en el de los padres varones.

Cierto es que este resulta un tema incómodo puesto que no siempre estamos dispuestos a reconocer nuestras conductas pecaminosas como pecado, si acaso, las reconocemos como meros errores o faltas menores. En otros casos, no estamos dispuestos a arrepentirnos, confesar y convertirnos de nuestros pecados.

De cualquier modo, cada vez resulta más común el que transitemos por la práctica del pecado sin una convicción de arrepentimiento y sin la necesidad de ponernos a cuentas con Dios, ignorando así el llamado bíblico de  Isaías 1.18 Es decir, dejamos de lado, ignoramos, la necesidad  de proceder correctamente para obtener su perdón y su restauración.

El problema es que la práctica y la falta de perdón afectan nuestra relación con Dios y quitan toda efectividad a nuestras oraciones. Esto no debemos ignorarlo ni debe sorprendernos. Isaías advierte que Dios ha asegurado: Cuando levanten las manos para orar, no miraré, aunque hagan muchas oraciones, no escucharé, porque tienen las manos cubiertas con la sangre de víctimas inocentes.

La expresión: tienen las manos cubiertas con la sangre de víctimas inocentes, podemos asumirla, en nuestro caso, como la denuncia del daño que nuestro pecado personal y de pareja ha hecho a nuestros hijos, y a nuestra familia toda, aún cuando no hayamos tenido la intención de lastimarlos.

No siempre hemos podido, o querido, asumir que hay relación, en alguna forma y grado, entre nuestro pecado personal y la calidad de nuestra relación de pareja, con la condición espiritual que nuestros hijos viven. Pero, la hay. De ahí la importancia de ocuparnos de procurar el perdón del Señor y de la restauración de nuestra comunión con él.

Ello porque sólo con la ayuda de Dios estaremos en condiciones de enfrentar el reto que nuestros hijos representan y de luchar con posibilidades de éxito para que ellos se vuelvan a Dios. Isaías registra que el Señor tiene consciencia del dolor que enfrentamos, tiene la cabeza herida y el corazón angustiado, dice. Isaías 1.5 Y con ello nos recuerda la condición de David mientras no confesó su pecado: Mientras me negué a confesar mi pecado, mi cuerpo se consumió, y gemía todo el día. Día y noche tu mano de disciplina pesaba sobre mí; mi fuerza se evaporó como agua al calor del veranoSalmos 32.3,4

¿Quién de nosotros, padres, no conoce el terror nocturno de la angustia provocada por la condición de vida de nuestros hijos? ¿Quién no se seca ante la abrumadora realidad de su incompetencia ante el deslizamiento de los que ama?

Estoy seguro, por experiencia propia, que oramos y derramamos nuestro espíritu delante del Señor. Pero, me temo que nuestras oraciones están siendo estorbadas porque, aunque levantamos nuestras manos, estas no están limpias. No han sido santificadas por el perdón que sigue al arrepentimiento y la conversión. En otras palabras, porque no nos hemos puesto a cuentas con el Señor.

No es suficiente con sentirnos mal o temerosos porque hemos pecado, no es suficiente lamentarlo y condolernos por las consecuencias del mismo. Ni siquiera es suficiente con dejar de pecar. Tenemos que ponernos a cuentas con el Señor. Esto implica el arrepentimiento sincero, sin justificaciones; la confesión dolida por haber lastimado y ofendido a Dios y el compromiso sincero y serio de no volver a caer en tal práctica. Esto y no otra cosa es ponernos a cuenta con Dios.

Animados por un acercamiento a la gracia basado en el poder y el mérito de nuestras acciones, hemos aprendido a hacer una valoración selectiva del pecado. Para empezar, pecan los otros: el esposo, la esposa, los hijos, etc., no nosotros. Además, pecado es matar, adulterar, robar, etc y nosotros no hemos hecho nada de eso. Estoy seguro que quienes me han escuchado hasta aquí habrán pensado que lo dicho no aplica en sus vidas porque ellos no han pecado.

Pero, el pecado se expresa en muchas maneras que van más allá del asesinato y del adulterio. Se expresa en el menosprecio del esposo, en la violencia contra la esposa. El cultivo del enojo y del resentimiento. En la amargura y la insensibilidad. En la hipocresía del mostrarse uno ante los ajenos y ser diferente con los de casa. En fin, el pecado que afecta a la familia tiene muchos rostros y muchas voces.

Ensucia tanto nuestras manos el adulterio como la hipocresía, la violencia como la insensibilidad. La inmoralidad como el trato injusto. Por eso  es que somos llamados, todos, al arrepentimiento y a la conversión.

Ahora bien, nuestro arrepentimiento y conversión a Dios no garantiza que nuestros hijos se vuelvan a él. Debemos saber que hay pérdidas irrecuperables y condiciones sumamente dolorosas, difíciles de superar y sanar. Pero, quien no se arrepiente no deja de pecar y sigue lastimando a Dios, a sí mismo y a los suyos.

El arrepentimiento y la conversión de los padres es una ofrenda y un argumento que los hijos, y todos los miembros de la familia, no podrán ignorar. Y encontrarán en ello un llamado para que ellos mismos vengan y se pongan a cuentas con su Señor.

Quien se arrepiente y corrige su camino, su modo de hacer la vida, es liberado del poder del pecado y está en condiciones de convertirse en un agente de reconciliación entre Dios y los suyos. Además de que, por la gracia del Señor, ni la situación más difícil que nuestros hijos vivan y provoquen podrá apartarnos del amor y del cuidado divinos. Permitiéndonos así poder interceder con poder y confianza por ellos ya que nuestras oraciones no tendrán estorbo.

Hoy les invito a caminar por el camino de la conversión, de nuestra conversión personal. A que, humildes, vengamos al Señor y reconozcamos nuestros pecados de acción y de omisión. A que pidamos perdón y nos comprometamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para honrar a Dios y a luchar por nuestra santidad. Esto como una ofrenda a Dios, por si acaso tenga misericordia de nosotros y de los nuestros. Pero, también como una expresión de nuestro amor por aquellos a los que hemos traído a la vida. Hebreos 4.16

A esto los animo, a esto los convoco.

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