Los retos de la vejez

Salmo 23

La vejez en particular representa una crisis tanto para quien se hace viejo, como para quienes le aman y acompañan. Resulta cuando menos curioso, el hecho de que siendo la vejez una etapa natural de la vida estemos tan poco preparados, y dispuestos, para enfrentarla. Resulta difícil asumir que uno se hace viejo. Pero, también resulta difícil que los familiares de los viejos estén dispuestos y en condiciones de aceptar la vejez de aquellos a quienes aprendieron a ver siempre fuertes, capaces y llenos de conocimientos y habilidades.

La pandemia y sus consecuencias colaterales hacen de la vejez y del trato con los viejos un reto de vida que resulta especialmente complejo, doloroso y difícil de manejar. En ocasión del Día Mundial contra el Maltrato y Abuso de la Vejez, fuentes oficiales hicieron pública información al respecto. En la CDMX, el 52% de quienes agreden a los ancianos son sus propios hijos. El 22% de tales agresiones son físicas, 19% afectan el patrimonio de los padres -los roban o despoja de sus bienes muebles o inmuebles-, 28% sufren agresiones emocionales, acompañadas en la mitad de los casos por violencia física, y el 11% de las agresiones son, simple y dolorosamente, por falta de los cuidados adecuados.

Para quienes se hacen viejos, la vejez resulta en la pérdida de su fuerza, de su sentido de utilidad, de su autonomía, etc. Pero, más difícil resulta el hecho de que al saberse cada día más débiles y frágiles, al sentirse cada vez menos útiles y al sentirse y verse cada día más dependientes de los demás, el principal dolor de los viejos sea el de la pérdida de su estima propia. Se cree que, aprenden a creer que mientras más viejos, menos valiosos, menos importantes, menos dignos del aprecio de aquellos a los que amamos y de quienes necesitamos su aprecio y consideración.

Resulta difícil de aceptar que los familiares de los viejos añaden un sentimiento más a la crisis provocada por la vejez de los suyos, hablamos del coraje (rabia, enfado o disgusto, especialmente el que causa no haber podido evitar una situación o suceso adversos). A tal sentimiento, añaden una emoción creciente: el enojo.

Les enoja ver que los suyos cada vez pueden valerse menos y menos por sí mismos obligando así a los suyos, hijos, nietos, parientes, a vivir una espiral que altera progresivamente el todo de su vida. Les enoja el que ante la creciente pérdida de capacidades, inteligencia y autonomía que sufren sus familiares, en especial sus ancianos, sean ellos quienes tengan que ocuparse de suplir, de hacer y de prever lo que el enfermo o el anciano ya no pueden atender por sí mismos.

En no pocas ocasiones, la pérdida de capacidades del anciano exacerba las culpas de los suyos, haya o no razón para las mismas. Ver, saber, al padre o a la madre, tan vulnerables, sufriendo lo que no logran comprender, enfrentando situaciones que los hacen tan frágiles, provoca el surgimiento de los recuerdos de las heridas provocadas a quienes ahora están viejos y a expensas de otros.

Pero, también, la culpa se manifiesta en una especie de resignación ante el sufrimiento del viejo, puesto que, en no pocos casos los hijos asumen que el anciano, la anciana, se merecen el sufrimiento, los problemas y las dificultades que se enfrentan, pues algo se ha de estar pagando con la cruz representada por el padre o la madre enfermos y viejos.

Dado que la vejez, la nuestra y la de los que amamos, es previsible, conviene que nos preparemos para vivirla. Y que, quienes ya estamos frente a tal realidad, sea porque nosotros mismos ya somos viejos o porque alguien de nuestra familia ya ha llegado a la Tercera Edad, tomemos en cuenta algunas consideraciones.

La primera es que tendremos que asumir la realidad de la vejez y la consumación de aquello que temimos o quisimos no tener que vivir. Job 14.1,2 Como sabemos, en el procesamiento del duelo por las pérdidas, la etapa en la que la persona encuentra y recupera su equilibrio es, precisamente, la etapa de la aceptación. Al respecto, resulta muy interesante el significado de la palabra aceptar: Recibir voluntariamente o sin oposición lo que se da, ofrece o encarga.

Implica la necesidad de que estemos dispuestos, de que salgamos al paso de la realidad de la vejez que ahora enfrentamos. También implica que actuemos en consecuencia. Que no pretendamos que no somos viejos, y que tampoco insistamos en que nuestros viejos todavía pueden, o que nada más se están haciendo los viejos. Lo que es, es lo que es.

La segunda es que asumamos el hecho de que la vejez es un espacio propicio para el ánimo mutuo. Sí, debemos animar a quienes han llegado a la vejez y enfrentan situaciones desconocidas para ellos. Les damos ánimo tanto con nuestras palabras amorosas y con nuestras actitudes amables, comprensivas y pacientes. Pero, lo cierto es que también nosotros, los familiares de los ancianos dependientes, necesitamos ser animados.

No siempre el ánimo vendrá de los consanguíneos pues estos enfrentan sus propios demonios. Por ello necesitamos de amigos que sean más que hermanosProverbios. 17.17 Dios es bueno y está, siempre, atento a nuestras necesidades. Así que él se ocupa de acercarnos a quienes nos observan, se ocupan de nosotros y están dispuestos a animarnos. Debemos, ante estos ángeles disfrazados de humanos, ceder nuestra pretensión de fortaleza y permitir que su ánimo venga a refrescar nuestras almas.

La última y, quizá la más importante consideración es que conviene que los ancianos y quienes conviven con ellos recuperen la que podemos llamar la espiritualidad práctica. Es decir, hay que fortalecer la fe y reconocer el valor central de la misma en nuestra vida. La espiritualidad práctica es la que lleva la fe al todo de la vida y cuando se resuelve el todo de la vida a la luz de la fe.

Esta se entiende, desde luego, como la confianza en Dios; el creer que él responderá a nuestras peticiones y que se ocupa de nuestras circunstancias. Pero, la fe también es conocimiento: de Dios, de nosotros mismos y de la vida. La fe también es vida en comunidad, es decir, el reconocimiento del valor del hacer la vida estando en relación armónica con otros, mismos que por amarnos y conocernos pueden comprendernos mejor, así como nosotros podemos hacerlo con ellos.

Al enfrentar los retos de la vejez, sobre todo el de la atención paciente y comprensiva a nuestros viejos que nos han lastimado, a veces desde que éramos niños, debemos cambiar nuestro enfoque de lo que ellos son y han hecho o dejado de hacer, a quienes somos nosotros en Cristo. Como en pocas otras circunstancias, el espacio de relación entre nosotros y nuestros viejos requiere del ejercicio del perdón y de la caridad mutuas. Quienes se atrincheran en el dolor recibido, quienes hacen de este la razón del cómo de su relación con sus ancianos, niegan su identidad en Cristo.

La aseveración de Juan en el sentido de que quien dice que ama a Dios, pero aborrece -rechaza, repudia o ama menos- a su hermano (quien es al mismo tiempo su padre o su madre), es un mentiroso. 1 Juan 4.20 La manera en que tratamos a nuestros viejos revela la veracidad y la fidelidad de nuestro amor a Dios. Que seamos discípulos de Cristo y que estemos más fuertes, capaces y aún lúcidos que nuestros viejos, nos hace a nosotros los primeros responsables en el ejercicio del perdón, la caridad y la comprensión aún a aquellos que nos han lastimado tanto.

En muchos sentidos la vejez es, para lo viejos y para los suyos, un valle de sombra de muerte, el más oscuro de los valles. Pues bien, podemos transitar el oscuro valle de la vejez, sea que se trate de la propia o la de nuestros seres queridos, al amparo del amor, el cuidado y la providencia divinos. No hay ninguna razón para que temamos que el que nos ha traído hasta aquí, nos abandonará nada más porque ya estamos viejos. Salmo 71.9,12

Al contrario, podemos confiar que, en la circunstancia de la vejez, el amor de Dios y su cuidado es lo que necesitamos para que nuestras pérdidas pierdan el poder de destruirnos. Podemos creer que, en Dios, tenemos lo que necesitamos para hacernos viejos en paz y esperanza y para vivir con nuestros viejos en la confianza de que habremos de ser su apoyo, sus compañeros y los que compartan la alegría que todavía anima sus vidas.

A esto los animo, a esto los convoco.

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