No se preocupen por la comida, la bebida o la ropa

En obediencia y esperanza

Mateo 6.24-34 NTV

Como Pastor observo desde una posición privilegiada los cambios de ánimo de muchas personas. Con preocupación advierto que cada día son más las que viven en ansiedad y presas de temor, agobiadas por lo que puede llegar a pasar con ellas en un futuro distante. La fuente de su ansiedad no es lo que pasó, lo que tuvieron o no tuvieron en el pasado. Tampoco lo es lo que están teniendo y logrando en su presente. Lo que les hace estar ansiosas no es lo que no tienen ahora, pues reconocen tenerlo. Paradójicamente, sufren por lo que todavía no es, por lo que ni siquiera saben si llegará a ser.

Una de las consecuencias más visibles de la pandemia que enfrentamos es el incremento de eso que llamamos depresión. Aunque quizá sería mejor decir, de la tristeza profunda que muchos están, estamos, viviendo. Dado que la depresión es una enfermedad compleja que requiere de un diagnóstico preciso para ser reconocida como tal, diagnóstico que no todos los que se asumen deprimidos han recibido, es que hablamos de ese estado de tristeza profunda que nos lleva a la inmovilidad, al pesimismo, a la desesperanza.

De cualquier modo, actualmente se considera a la depresión como una de las diez principales enfermedades a ser consideradas en México. La depresión, o la tristeza profunda, tiene pocos motivadores, uno de los más importantes tienen que ver con el estrés -esa sobrecarga emocional que afecta tanto nuestra mente como nuestro cuerpo- resultante de la situación económica de quien la padece. Es muy difícil no preocuparse de si tenemos o no comida, o de si tenemos o no ropa. Es muy difícil hacer la vida sin la presión del dinero, tanto del que se tiene como del que no se tiene.

El dinero, tanto cuando abunda como cuando hace falta, tiene la capacidad de apoderarse de las personas. Es decir, el dinero tiene la cualidad de dominar y/o apropiarse de las personas. En nuestros términos, el dinero puede volverse en el señor de las personas.

La Biblia, palabra de Dios, nos recuerda una y otra vez que los creyentes somos diferentes, que pensamos de manera diferente y que tenemos valores distintos a quienes no conocen a Cristo. Hoy quiero proponerte la importancia de aprender a vivir fielmente nuestro aquí y nuestro ahora. Para ello, consideraremos el significado del contentamiento -la satisfacción con lo que se posee- y reconsideraremos la importancia de la correcta administración de los dones y bienes que se nos permite administrar.

Nuestra lectura inicia con una advertencia, nadie puede servir a dos amos. No puedes servir a Dios y al dinero, pues amarás a uno y odiarás al otro, o servirás a uno y despreciarás al otro. A la advertencia sigue un consejo de Jesús: Por ello les aconsejo que no se preocupen por la comida, la bebida o la ropa. ¡es mucho más importante tener vida y un cuerpo, que tener qué comer y qué vestir.

No pocas veces se ha usado esta recomendación de Jesús para acusar al cristianismo de promover una actitud de conformismo; la que, se acusa, hace de los cristianos tipos apocados y sin visión. En apariencia así resulta. Pero sólo en apariencia. Veamos por qué:

En primer lugar, el contexto da sentido a las recomendaciones de Jesús. Básicamente, lo que Jesús establece es la necesidad de que la persona se mantenga libre del poder del dinero, teniendo presente que la vida es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. En otras palabras, somos. Contra lo que la cultura dominante nos enseña: que lo que tenemos, comemos y vestimos es lo que nos hace ser, la Biblia nos enseña que, simplemente, somos.

En segundo lugar, cuando despojamos al dinero de su poder sobre nosotros, es cuando podemos establecer una correcta relación con el verdadero Señor, nuestro: Dios. Podemos amarlo. Pero también podemos reconocer dos atributos suyos: Dios se interesa en nosotros. Recuerda que tu Padre celestial sabe lo que necesitas, nos recuerda Jesús. Es decir, Dios está al pendiente de nuestras necesidades reales. Y se ocupa de suplirlas de manea conveniente.

El segundo atributo, es el de la responsabilidad. Dios es responsable. Si Dios cuida tan admirablemente de las flores…no cuidará mucho más de ti, hombre de poca fe? Dios ha decidido asumirse nuestro Padre y ha aceptado la responsabilidad que ello implica.  Sí, Dios es consciente de sus obligaciones y actúa conforme a ellas. Lo hace por amor, porque nos ha hecho suyos y porque está dispuesto a ocuparse de nosotros.

La manera confiada en que asumimos nuestras necesidades así como nuestra actitud ante las posesiones; aún respecto de las cuestiones elementales de nuestra manutención, comida y vestido, pone en evidencia el carácter de Dios: su cuidado y su responsabilidad.

En tercer lugar, nuestra debilidad da lugar a la manifestación poderosa del cuidado y la provisión divinos. Ciertamente esta es una manera rara e incómoda de hacer las cosas. Es una de esas cuestiones que no entiendo y que, no pocas veces, me provocan conflicto. ¿Por qué tenemos que ser débiles para que se manifieste el poder de Dios? Mateo nos cuenta que cuando Jesús envió a sus discípulos a propagar la buena nueva del Reino, estableció el modelo que sigue siendo válido: No lleven dinero ni bolsa con comida. No lleven más túnicas ni más calzado que los que traen puestos, ni lleven bordón, porque las personas que ustedes ayuden deben alimentarlos y cuidarlos.

Gracias a mi condición de pastor sé lo que significa vivir así. Sin evidencias visibles de la seguridad económica. Caminando siempre en la fe. Recibiendo todo, sí, pero casi siempre al último y sólo justo lo necesario (sin cambio con qué quedarnos a diferencia de cuando nos mandaban a las tortillas.). La crisis económica que vivimos ha provocado que algunos de ustedes estén siendo lanzados por el mismo camino. Están teniendo que dejar lo que tenían. Buscando en la cartera o en el monedero y descubriendo que no hay suficiente dinero. Ni siquiera pudiendo llevar el bordón, ese instrumento de trabajo que, en un momento podría representar la posibilidad de ayudar al Señor generando recursos por nuestros propios medios.

Les veo confundidos y atribulados. Y es comprensible, porque lo que teníamos se ha acabado y lo que sabemos no siempre es suficiente para tener o retener. Pero, paradójicamente, también los veo ligeros y/o aligerados. Estamos aprendiendo a vivir con menos. Porque al final de cuentas este era el propósito de Jesús, que sus enviados no llevaran nada que les estorbara o pesara en el camino. Él se encargaría de suplir lo necesario: Cuando llegaran a cualquier ciudad o pueblo y al través de las personas que ustedes ayuden deben alimentarlos y cuidarlos. Porque el obrero es digno de su salario. Formas extrañas de hacer las cosas.

En cuarto lugar, esto nos plantea una cuestión de fondo: ¿Deben los cristianos trabajar? ¿Deben los cristianos ser productivos? ¿Pueden y deben los cristianos generar riqueza? La respuesta es: Sí, siempre y cuando sea con un espíritu (mente), de empresario.

Quien sólo trabaja para satisfacer sus necesidades: (1) Está al nivel de los animales exclusivamente. Trabaja para comer y come para trabajar. Aún cuando haga acopio para su familia no va más allá de lo que hacen las bestias. (2) Por lo tanto, corre el riesgo de odiar su trabajo. Reconoce que este lo domina y si bien satisface algunas de sus necesidades, no le causa satisfacción plena, no da sentido a su vida. No hay trascendencia en lo que se hace. Quienes viven así terminan odiando su lugar de trabajo, odian la calle. Odian la gente, odian estar solos. Por eso muchos se estacionan en situaciones de mediocridad. Dan para más, pero se desgastan invirtiendo su vida -más bien gastándola, siempre lamentando su pequeñez de propósitos y de logros.

Por el contrario, hay quienes trabajan con una mentalidad empresarial, de emprendedores, de productores de bienes. Estos bienes sobrepasan a los meramente indispensables para satisfacer las necesidades del empresario y terminan beneficiando a otros. Este es el principio bíblico de la generación de la riqueza: producir para estar en condiciones de beneficiar a otros. Si alguno roba, no lo haga más; al contrario, trabaje honradamente para que tenga con que ayudar a los que están en necesidad, nos dice Pablo.

Cuando desempeñamos un trabajo que no contribuye a nuestra trascendencia, sucede algo complejo. Se da una relación de atracción y rechazo. Nos insatisface seguir haciendo lo mismo, pero, no podemos dejar de hacerlo. Las crisis como la que estamos viviendo nos dan la oportunidad de caminar por nuevos caminos de vida. Conviene estar abiertos a hacer cosas diferentes y de manera diferente lo que hemos hecho hasta aquí. La providencia divina no está atada a nada en particular, el Espíritu de Dios nos lleva por senderos que nosotros no conocemos, pero, en los que Dios está y se hace presente.

Para terminar; pocas cosas ponen mayormente en evidencia nuestra fe que el dinero: su abundancia y su falta. Pocas veces la doctrina, los sacramentos o la escatología, afectan el cómo de nuestra relación con Dios como lo hacen las cuestiones económicas. Sí lo hace, y fuertemente, lo que tenemos o aquello de lo que carecemos. Son estas cosas las que nos hacen entrar en crisis o nos hacen sentir que vale la pena ser cristianos.

Los cristianos, quienes vivimos conforme a los valores del Reino, somos llamados a la fidelidad, la obediencia y la confianza. Son estos tres elementos los que nos permitirán permanecer y caminar hasta el extremo en el que Dios se manifieste poderosamente como Señor nuestro y de nuestros recursos. Mientras permanecemos y caminamos veamos y agradezcamos la provisión divina actual y presente. Que lo que no tenemos, no nos lleve a ignorar la abundancia de lo que estamos recibiendo.

A esto los animo, a esto los convoco.

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