Dios ¿por qué no nos dejas en paz?

Job 7.11-21 NTV

Con mucha frecuencia Dios nos resulta incomprensible. Simplemente, no se ajusta a nuestras expectativas o a lo que presumimos saber de él y de la manera en la que debe actuar. La incomprensión respecto de Dios se traduce, general y fácilmente, en un sentido de decepción respecto de Dios. En no pocas veces nos sentimos defraudados por él y surge desde lo más profundo de nuestro corazón un ánimo de reclamo y hasta de venganza en contra de aquel en el que hemos confiado y no ha honrado, asumimos, nuestra confianza.

Desde Adán, son muchos los hombres y muchas las mujeres que han llegado al extremo de reclamar a Dios por aquello de Dios que les resulta incomprensible y hasta inaceptable. Otros, animados por su confusión y decepción han decidido castigar a Dios: disponen no creer más en él, se proponen no pronunciar, siquiera, la palabra Dios, reprimen la voz de su corazón cuando este les dice de parte del Señor: Ven y conversa conmigo. Son como Jeremías, quien se propuso no volver hablar de Dios atribulado por lo que el Señor había hecho de su vida. Jeremías 20.7-9 ¿Quién puede criticar a unos y a otros? ¿Quién puede arrojar sobre ellos la primera piedra, cuando muy en lo profundo de nuestro corazón hemos sentido y pensado lo mismo?

Job, el hombre que no fue y que es todos nosotros, expresa en nuestro pasaje tanto la confusión como la amargura de quien recibe de Dios lo que no espera recibir. Pareciera que lo llevó en su corazón por un buen rato, hasta que, quizá animado por el incremento de sus desgracias, no pudo más y se decidió a hablar. Con tono comedido confronta al Señor. Lo acusa de ensañarse con él, de perseguirlo aun cuando duerme: me destrozas con sueños y me aterras con visiones, le reclama. Aún, con sutileza lo acusa de actuar abusivamente, al recordarle que ante él, los seres humanos somos poca cosa. También lo acusa de ser intolerante y perseguidor: nos examinas cada mañana y nos pruebas a cada momento. Y, entonces, quien ha amado a Dios y ha hecho de servirlo la razón de su vida, estalla y le exige que lo deje en paz, siquiera el tiempo necesario para que pueda tragar un bocado.

Ante tales personas y circunstancias es frecuente que surjan defensores de Dios. Personas que como Bildad, amigo de Job, asumen que Dios necesita quién defienda, explique o justifique lo que es y hace. Desde luego, para defender a Dios hay que humillar al inconforme, acusarlo de que él mismo es culpable de lo que le pasa. Pero, Bildad, como muchos otros que lo imitan, tiene que dejar de ver, pasar por alto, ver sesgadamente, hacer como que no ve, en su intento de explicar lo inexplicable. Porque, en la vida, hay muchas circunstancias, muchas cosas para las que no hay explicación, cuando menos no una explicación satisfactoria. Y, si las cosas son así, ¿qué podemos hacer cuando nos enfrentamos con el Dios incomprensible, que hace y deja que pasen cosas que no tienen sentido, en las cuales no hay, o no parecer haber, beneficio alguno?

Lamentaciones 3, es uno de los pasajes más difíciles de la Biblia. Se trata de un reclamo–juicio de quien asegura ser el que ha visto las aflicciones que provienen de la vara del enojo del Señor. Jeremías acusa a Dios de ser quien lo ha llevado a vivir en tinieblas, de haber vuelto su mano en su contra, de quebrar sus huesos, de sitiarlo y rodearlo de angustia y aflicción. De haberlo acechado como lo hace un león, de arrastrarlo fuera del camino, descuartizarlo y dejarlo indefenso y destruido. De haberlo utilizado como blanco para sus flechas. De haberlo hecho masticar piedras, revolcarlo en el polvo y arrebatarle su paz. Y, como si ello fuera poco, también lo acusa de haber cerrado sus oídos al lloro y los gritos con los que elevaba sus oraciones.

Pero, este hombre que conoce el lado más oscuro e incomprensible de Dios toma una decisión que expresa la terquedad de su fe. Dice: Siempre tengo presente este terrible tiempo mientras me lamento por mi pérdida. No obstante, aún me atrevo a tener esperanza cuando recuerdo lo siguiente: ¡el fiel amor del Señor nunca se acaba! Sus misericordias jamás terminan. Grande es su fidelidad; sus misericordias son nuevas cada mañana.

Cosa rara de entender esta, pero que sólo puede explicarse en función de la terquedad de la fe. Terco es el irreducible, el que no se deja reducir por las circunstancias que enfrenta. La fe no sólo es convicción respecto de los milagros posibles; es, ante todo, la decisión de perseverar en quien se ha creído. Es el propósito de no permitir que lo que nos pasa reduzca nuestro propósito de permanecer fieles a Dios, firmes en nuestra relación con él y fieles en su servicio. Por ello es por lo que Jeremías, cuando llega al final del camino de las explicaciones y se encuentra con que no tiene más delante suyo que ignorancia, confusión y cansancio adolorido, toma una decisión que sólo es propia y comprensible en quienes profesan tal clase de fe.

Jeremías asegura que es bueno esperar en silencio la salvación que proviene del Señor. Que es bueno que quien sufra al Dios incomprensible, se quede solo y en silencio ante las exigencias del Señor, que pegue el rostro a la tierra… pues quizá por fin haya esperanza. En cierta manera, con su incomprensible respuesta al quehacer del Dios incomprensible, Jeremías pone al Señor a prueba. Colocándose en el espacio que da lugar para que Dios muestre la esencia de su ser, el amor, y que actúen en consecuencia. Jeremías se anticipa a Pablo quien asegura que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman. Porque, según el Apóstol, precisamente, es nuestra debilidad la situación indispensable para que el poder de Dios actúe mejor en nosotros.

Durante el tiempo que estamos viviendo hemos enfrentado muchas pérdidas y acumulado muchas dudas. Nuestra fe está siendo puesta a prueba, sobre todo, porque hemos clamado muchas veces, pedido muchas cosas y no hemos obtenido las respuestas deseadas. Sin importar, al parecer, la justicia de nuestras súplicas, Dios no ha respondido de acuerdo con lo que, creemos, debía y podía haber hecho. Esto pone a prueba no sólo nuestra capacidad para confiar, sino nuestra disposición a seguir creyendo en él y a servirle ofreciéndole la ofrenda de nuestra fidelidad, perseverancia y entrega. La cuestión es que, como pasó con Job y con Jeremías, Dios no hará un acto deslumbrante para recuperar nuestra confianza y fidelidad. Deja la pelota en nuestra cancha y deja que seamos nosotros los que decidamos si, a pesar de todo, seguiremos confiando en él y perseveraremos en nuestro propósito de servirle. Deja que seamos nosotros quienes, como Jeremías, decidamos que es bueno esperar en silencio la salvación que proviene del Señor.

En estas circunstancias debemos considerar que parara mucho de lo que Dios es y hace no tenemos, ni hallaremos, respuestas satisfactorias. Pero, que también es cierto, que como en muchos otros casos, las respuestas se encuentran al final del camino. Así que, se trata de que perseveremos en la terquedad de la fe. Que ante las montañas que se levantan ante nosotros y las rocas que impiden nuestro avance, hagamos nuestra la petición contenida en ese antiguo canto de los esclavos negros, mismos que pedían a Dios:

Mi Señor, no tienes que mover la montaña, pero dame fuerzas para escalarla. Y, Señor, no tienes que quitar las piedras que me estorban, pero guíame, guíame, alrededor de las mismas.

A esto los animo, a esto los convoco.

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