Satanás los ha pedido para sacudirlos

Lucas 22.31-34

1578235539666Si de algo nos llenamos las manos en la vida es de decepciones. Con frecuencia nos encontramos que la confianza depositada en otros no es honrada por ellos y actúan en forma diametralmente opuesta a lo que esperábamos de ellos. Es esta la razón de la pérdida de la esperanza, de la confianza y aún del interés en seguir adelante. Mientras más cercana a nosotros la persona que nos decepciona, mayor el conflicto que experimentamos, la tristeza que sufrimos.

En tal sucesión de decepciones, siempre vamos atesorando la esperanza de que algunos, hasta llegar a uno, Dios, nunca puedan decepcionarnos. No nos extraña que otros lo hagan, pero creemos que no lo harán los más cercanos a nosotros… hasta que estos lo hacen. Caemos en una especie de espiral en la que pensamos que, si este lo hizo, aquél no lo hará. Y así, hasta llegar al momento en el que ya no tenemos en quién más confiar. Entonces, nuestro consuelo último es pensar que el Señor, Dios, nunca lo hará, que él nunca nos decepcionará. Así pensaba Pedro, seguramente. Creía que Jesús siempre respondería a su confianza y que nunca haría, ni permitiría, nada que pudiera significarle un conflicto; sobre todo, confiaba que Jesús nunca lo abandonaría en las manos de Satanás.

Pero, un día Jesús le avisa que Satanás los ha pedido, a Pedro y a sus compañeros discípulos, para sacudirlos como si fueran trigo. Estoy seguro de que, al impacto de tal anuncio, Pedro reaccionó con temor, se cimbró… hasta que razonó pensando: pero Jesús no lo va a hacer caso y va a hacer algo en mi favor. No estaba equivocado, pero ese algo en mi favor, no era lo que Pedro esperaba. Él esperaba que Jesús impidiera a Satanás lastimarlo a él y a sus compañeros discípulos. Pero, Jesús tenía otros planes y le dice: yo he rogado por ti, para que no te falte la fe.

Por un momento pongámonos en las sandalias de Pedro. Valiente ayuda, pudo haber pensado, o de qué me sirve que ore pidiendo que no me falte la fe, si de todos modos voy a sufrir. O, si puede evitarlo, ¿por qué no lo hace? También pudo pensar en un extremo de decepción, de qué me sirve haber sido fiel, haberle creído y haber hecho lo que él me pidió que hiciera, si de todos modos va a dejar que el diablo me haga sufrir. Podemos imaginar las preguntas de Pedro porque, seguramente, son las mismas que nos hemos hecho cuando el Señor no ha estado a la altura de nuestras expectativas. Porque, seguramente, ha habido ocasiones en que hemos enfrentado el silencio de Dios, el que Dios se esconda, el que lo que Dios hace no tenga sentido.

La actitud de Jesús ante la solicitud de Satanás nos muestra que los cristianos, al igual que pasa con los no cristianos, hemos de enfrentar ciertos sufrimientos que habremos de beber hasta la última gota. Que, en la vida, como alguien dijo: hay veces en las que el dragón gana. Creo que el que Pedro haya entendido esto es lo que le llevó a exhortarnos diciendo: “Queridos hermanos, no se extrañen de verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. 1Pedro 4.12 En tal declaración encontramos tres cosas que conforman una manera alternativa de enfrentar el sufrimiento:

Lo primero es entender que el sufrimiento no nos es extraño. Hemos aprendido a creer que el sufrimiento es ajeno a nuestra condición de cristianos. Son muchos los que creen que la salvación es un salvoconducto que evita el sufrimiento. A estas personas el dolor y el sufrimiento los sorprenden, les mueven el piso porque han aprendido a pensar que lo único aceptable para ellos es la paz, la prosperidad y el confort. Otros suman al dolor la carga de la culpa. Se sienten culpables y tratan de encontrar en su culpa la razón de su sufrimiento. Piensan que ya que la única razón que explica su sufrimiento es alguna falla o pecado. Ciertamente hay sufrimientos que nosotros mismos nos causamos al hacer el mal. Pero, cabe siempre la posibilidad de que aún el hacer el bien también provoque nuestro sufrimiento. 1Pedro 2.20ss Y como el sufrimiento no nos es extraño, debemos y podemos soportarlo con paciencia… porque eso es agradable a Dios.

Lo segundo es que bendición y sufrimiento ni se excluyen, ni se anulan mutuamente. Podemos estar siendo bendecidos y sufriendo simultáneamente. Podemos estar sufriendo y recibiendo bendición al mismo tiempo Marcos 10.30 No es raro que, en medio de la oscuridad de la vida, de pronto descubramos la bendición. O que, en medio de la bendición surjan situaciones difíciles y dolorosas. Quien aprende que así es la vida aprende a disfrutar lo bueno sabiendo que en cualquier momento pueden surgir dificultados, o quien está en medio del sufrimiento permanecer firme, sabiendo que este pasará y será superado con las bendiciones recibidas.

Lo tercero es que ningún sufrimiento tiene el poder para destruirnos. Pedro no solo escuchó las malas noticias, también oyó a Jesús decirle: tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Pedro descubre que la decepción inicialmente sentida no tiene razón de ser. Jesús sí actúa en su favor. Jesús hace lo que es apropiado, no lo que él sabía que Pedro preferiría, por ejemplo. Permite que Pedro enfrente a Satanás porque sabe que Satanás ha sido vencido y, entonces, sus victorias son efímeras, nunca definitivas ni definitorias. Y, sabe también, que Pedro tiene la capacidad para vencer y permanecer unido a Cristo, y que, como años después dijera Santiago, quien es puesto a prueba, aprende a soportar con fortaleza el sufrimiento. Santiago 1.2ss

En y con Cristo, el sufrimiento nunca es definitivo, ni definitorio. No tiene poder para definir quienes somos, para hacernos ser o para destruir el quienes somos. La historia, nuestra propia historia, no termina en, ni por el sufrimiento. Hay quienes permiten que el sufrimiento los defina; que el sufrimiento determine no sólo lo que piensan y hacen, sino lo que son. Jesús nos dice, al hablarle a Pedro, que el sufrimiento termina, pero tu victoria permanece.

Finalmente, Pedro se entera de que el sufrimiento no sólo no tiene el poder para destruirlo, sino que él mismo será beneficiado por el sufrimiento. De su sufrimiento resultaría su capacidad para crecer y servir. Tú, cuando te hayas vuelto a mí, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes, le dice Jesús. Las cicatrices en las manos y el costado del Señor, símbolo de su sufrimiento, son también señales de su victoria. Son testimonio del poder de Dios… como las tuyas y las mías. Jesús no siempre hace lo que esperamos, siempre hace lo que es mejor para nosotros.

 

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