Ese ídolo al que llamo “mi Dios”

Isaías 44.14-17

La elaboración de ídolos siempre responde a necesidades o intereses específicos. Génesis 32 Los ídolos se hacen de personas, de cosas, de circunstancias. Así, Marte es el dios de la guerra, San Agustín es quien cuida a presos e inmigrantes, Juno es la diosa de la maternidad, San Judas Tadeo, el especialista de las causas imposibles. Por cierto, si la imagen de San Judas Tadeo lleva el bastón en la mano derecha, entonces se le puede pedir que haga buenas obras. Pero, si lo lleva en la mano izquierda es señal de que está listo para apoyar cualquier acto delincuencial.

A su carácter de especialistas, los ídolos (Figura o imagen que representa a un ser sobrenatural y al que se adora y se rinde culto como si fuera la divinidad misma), se caracterizan por ser manipulables, se les puede mover con las manos. Así, no son sujetos sino meros objetos que dependen de quien los posee y pueden ser colocados en la posición deseada, castigados, sustituidos o, de plano, desechados. Si se quiere que San Antonio consiga novio, hay que ponerlo de cabeza. Si se quiere restar poder a los enemigos, hay que secuestrar sus objetos sagrados. 1 Samuel 4 Si se asume que el ídolo del otro es más poderoso que el propio, se le puede pedir prestado o intercambiarlo, etc. Los ídolos pueden ser alquilados, como en el caso del Niñopa (Niñopan), o confrontados como en caso de las vírgenes de Guadalupe (Patrona del Ejército Insurgente), y de los Remedios (Generala del Ejército Realista), en la Guerra de Independencia de México.

De muchas formas se hace evidente que, en tratándose de ídolos, la fe resulta de la necesidad o del interés de quienes los han creado o hecho suyos. Por lo tanto, no se requiere, ni es posible, una relación interpersonal ni, mucho menos, una subordinación incondicional al ídolo o al poder que represente. Ello porque el ídolo es un mero instrumento al servicio, y siempre bajo la autoridad, de quien ha decidido reconocerlo como su dios. En consecuencia, tanto el poder como la autoridad del dios creado siempre resultan relativos al interés y las circunstancias del adorador, así como a los resultados que el mismo obtenga.

Tradicionalmente, entre el cristianismo no católico se asume que el problema de la idolatría es una cuestión pagana que poco tiene que ver con los cristianos evangélicos. Sin embargo, pareciera existir una gran variedad de elementos que descubre que, en no pocos casos, aquello que se asume como fe es, en realidad, idolatría. Que se trata de una práctica religiosa, sí, pero dirigida a un ídolo y no al Dios de Jesucristo.

Con mayor frecuencia nos encontramos con cristianos que denunciar haber sido defraudados por Dios, creyentes que, decepcionados porque Dios no respondió de acuerdo con lo que esperaban de él, simplemente reniegan de su fe en el Señor y se apartan de su camino. Otros, han aprendido a nadar en dos aguas y mientras que hacen la vida a su manera, con una práctica exquisita del pecado, siguen profesando su fe y confianza en el Dios de amor que todo lo comprende y que no niega su gracia a nadie. También hay quienes han hecho una selección de qué creer y qué no creer de lo que Dios ha dicho en su palabra. Consecuentemente, en no pocos casos, han desarrollado un sincretismo que les permite decidir, por sí mismos, aquello que les resulta relevante y atendible y lo que no.

Míguez Bonino dice el al respecto: O, lo que en realidad es peor, nos llamamos cristianos, decimos que adoramos al verdadero Dios, que creemos en Jesucristo, pero en realidad, bajo esos nombres ocultamos nuestros propios intereses egoístas, de grupo o de clase. Hemos mantenido el nombre de Dios, pero hemos vaciado su contenido. Y agrega: No hay verdadera fe si no se destruyen estos falsos dioses. Este es el primer problema: para creer en Dios hay qué descreer de los dioses que nos fabricamos, hay que comenzar por ser ateos de estos dioses.

Hemos mantenido el nombre de Dios, pero hemos vaciado su contenido, asegura este pastor. Por mi parte, considero que se hace de Dios un ídolo, se vacía su contenido, cuando se convierte a Dios en un objeto, un instrumento o medio, para cumplimentar cualquier clase de intereses. Aún aquellos que resulten legítimos o indispensables. Es decir, cuando se desconoce el señorío divino y se pretende manipularlo con devociones, ofrendas o exhibiciones de dolor o necesidad. En síntesis, cuando Dios pasa a ser el medio por el cual la persona se asegura de convertirse en la razón de su propia existencia.

Con frecuencia escucho a personas que explican la razón de su fe en el hecho de que Dios, siempre les ha concedido todo lo que le han pedido. Es decir que, quizá sin darse cuenta, asumen que la bondad de Dios consiste en el cumplimiento de la tarea que se le ha asignado. Porque, estaremos de acuerdo, se asume que Dios es bueno y que, por lo tanto, tiene la obligación de hacer el bien. Entendiendo este por aquello, y sólo aquello, que quien le adora asume como un beneficio. La cuestión es que si el que adora es quien determina la identidad y la utilidad de lo adorado, entonces se estará ante una multiplicidad de imágenes divinas a las que se les llama mi Dios. Por cierto, la palabra imagen viene de una raíz, eoika, que significa: Me he asemejado. De ello podríamos proponer que hay una fuerte motivación o necesidad de hacer de Dios alguien o algo que resulte acorde a nuestros intereses y expectativas.

Creo que unos y otros tenemos que darnos la oportunidad de preguntarnos si estamos adorando al Dios de Jesucristo o a ese ídolo al que llamamos mi Dios. Y, la pregunta básica, multiplicadora de opciones y decisiones es preguntarnos si asumimos en nuestro aquí y ahora, en nuestra dinámica cotidiana, el que Dios es el Señor. El que nosotros hemos sido creados para gloria de Dios. Es decir, para, al reconocer que él es el Señor le obedezcamos en consecuencia. La obediencia no es sino la manifestación última de nuestra comunión con el Señor, fruto de su amor en nosotros y de nuestro amor para él.

 

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One Comment en “Ese ídolo al que llamo “mi Dios””


  1. Excelente análisis del tema Pastor. Totalmente de acuerdo. En el momento en que uno entiende esto, toma mayor sentido nuestra fe. Deja de ver en objetos lo que debemos ver en los hechos y manifestaciones que nos rodean y que no tienen nada que ver con con una representacion tangible de algo de debemos sentir y percibir muy dentro de nosotros. Lamentablemente somos incrédulos y necesitamos algo tangible a lo cual aferrarnos. Es cuestión de crecimiento en la fe. Un camino que se recorre dia a dia.


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