Poniendo la vida en todo lo que hacemos

Colosenses 3.23

En la declaración paulina que sirve como sustento de nuestra reflexión, la palabra pas, significa radicalmente todo. Es decir, da a las palabras del Apóstol una carga totalitaria, por lo que no hay nada del pensar, hablar y quehacer del creyente que quede fuera de la admonición: [todo] háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

La expresión háganlo de corazón puede ser traducida como: poniendo la vida en lo que hacen; y el llamado, como para el Señor, añade la que podemos considerar como la dimensión del Reino; pues, de acuerdo con nuestro Señor Jesús, lo que hacemos con nuestros semejantes lo hacemos, en realidad, para él. Mateo 25

Así, pues: Pongan la vida en todo lo que hacen porque, en realidad, todo lo hacen para el Señor; sería una traducción que hiciera más lógica la conclusión del vs 25: Porque ustedes sirven a Cristo, que es su verdadero Señor.

Ustedes sirven a Cristo. Es esta otra frase llena de fuerza. Los creyentes estamos al servicio de Dios. Esto significa que lo que hacemos, de palabra o de hecho, lo hacemos para la gloria, de Dios. Nos unimos a su propósito y lo que hacemos contribuye a que él cumpla, en nosotros y en la Creación entera, su voluntad. Colaboramos con él y contribuimos al cumplimiento de su voluntad. ¿Por qué habríamos de hacer tal cosa? ¿Por qué vivir de tal manera?

Básicamente son tres las razones que tenemos para ello. La primera, porque reconocemos que Dios es nuestro Señor. La segunda, porque, en el bautismo, hemos contraído el compromiso de servirle. Y, la tercera, en gratitud por lo que él es y hace a favor nuestro. Pero, ¿qué significa poner la vida en todo lo que hacemos… porque todo lo hacemos para el Señor?

Primero que nada, significa cambiar nuestros paradigmas, nuestros pensamientos gobernantes. Saber que estamos al servicio de Dios implica reconocer que vivimos para algo más grande e importante que nosotros mismos. Es vivir sabiendo que la vida es más que aquello que generalmente nos ocupa; que la vida trasciende y que nosotros somos llamados a dejar huellas en la eternidad. En la práctica, esto significa que somos llamados y nos obligamos a vivir una calidad de vida diferente, mejor, trascendente. Nos negamos a la mediocridad (dejamos de tirar a lo malo), y nos comprometemos a vivir como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios. Efesios 4.1

El punto de inflexión, la cuestión que facilita el cambio de nuestra manera de pensar, tiene que ver con el pasar del presupuesto de la justicia, al presupuesto de la gracia como la razón y el motivador de nuestras actitudes y acciones. Si poner la vida en todo lo que hacemos y hacerlo para el Señor, requiere de la negación a nosotros mismos, nunca podremos hacerlo mientras nos mantengamos anclados al presupuesto de la justicia, entendido este como nuestro derecho.

Nunca podremos relacionarnos con los otros como con el Señor, si nuestro presupuesto vital es nuestro derecho. Con frecuencia escucho a quienes recomiendan, aconsejan, que se defienda lo que es justo, como el principio regulador de las relaciones. El problema es que quien se coloca en el espacio de la justicia, se obliga a sí mismo a la justicia, queda él mismo bajo la justicia divina. Mateo 18.23-35 Y, esta establece que no hay uno solo que sea justo y dado que, todos han pecado y todos están lejos de la presencia gloriosa de Dios. Romanos 3.23 DHH Ello implica, desde luego, que ninguno tiene derechos inherentes, dada su condición de enemigo de Dios.

El corazón de la relación cristiana es, antes que la justicia, la gracia. La disposición amistosa de la que procede el acto bondadoso… [la] bondad, [la] buena voluntad en general. ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones si estas estuvieran regidas por el principio de la disposición amistosa a favor del otro! Si la justicia es retribución equivalente, la gracia es, siempre, don inmerecido. A fin de cuentas, el creyente es llamado a imitar, en su trato con los demás, la actitud y la conducta que Dios mismo ha tenido y sigue teniendo con él. Relación esta que se fundamenta en la gracia, antes que en la justicia.

La segunda cuestión relacionada con hacerlo todo como para el Señor, es que aprendemos a discernir[i] quién es el destinatario último de nuestro quehacer. Sobre todo, cuando se trata de las tareas de la Iglesia, es frecuente que nos confundamos respecto de a quién estamos sirviendo y de las razones que tenemos para hacerlo. Generalmente, nos vemos orillados a hacer las cosas para el pastor, para los hermanos, por los perdidos, etc.

Pero, hacer la tarea de la Iglesia, por las razones y para las personas equivocadas, siempre termina en cansancio, frustración y fracaso. La razón es sencilla: nunca el otro será suficiente razón para que nos neguemos a nosotros mismos. Ni sus méritos, ni su simpatía, ni sus necesidades. Nada será suficiente razón para que pongamos la vida en lo que hacemos por el otro, puesto que el otro siempre representará posibilidades o taras que hagan parecer vana, absurda, nuestra entrega. Tal cuestión es válida aún para los miembros de nuestra propia familia, y no se diga para los compañeros de trabajo, de estudio, o los vecinos, las amistades, etc.

Solo Dios en Cristo es razón suficiente para que estemos dispuestos, y podamos, negarnos a nosotros mismos. Porque él es el Señor, porque nos hemos comprometido con él y porque vivimos una constante de gratitud por lo que es y hace en, y por, nosotros.

Obviamente, una clase de vida así requiere tanto de fe como de fidelidad. Es decir, se requiere de conocer y confiar en el Señor y en su Palabra. Conocerlo lo suficiente para confiar en él. Pero, también se requiere que, en todo, permanezcamos leales a él. A que, como Abraham, cuando ya no haya razón para la esperanza, creamos y tengamos esperanza. Romanos 4.18 DHH Él es la razón de nuestra confianza y, por lo tanto, el sustento de nuestro actuar superior; así como él es la razón por la que permanecemos firmes en el propósito de poner la vida en todo lo que hacemos [ii].

El camino que tenemos por delante es un camino de fe. No sabemos por dónde va, ni el tiempo ni los recursos que demanda de nosotros. Pero, sí sabemos quién es: nuestro camino es Cristo. Por lo tanto, les animo a que en cada persona, circunstancia y reto que enfrentemos, en cada oportunidad para el ejercicio de nuestros dones, procuremos descubrir a Cristo. Así podremos poner la vida en todo lo que hacemos, sabiendo que, en todo, servimos a Cristo quien es nuestro Señor. Así es como daremos gracias por todos los dones recibidos.

 

[i] 1. tr. Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo.

[ii] El que perdona termina la pelea.

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