Biblia y revelación

Efesios 1.17-21

En no pocos casos, una de las principales razones que damos para no leer la Biblia es que no la entendemos. Desde luego, tal aseveración no se refiere sólo a su peculiar lenguaje o a los sucesos de los que se ocupa. Se trata, ante todo, de la dificultad para comprender el propósito y sentido de la misma. Es decir, de entender cuál es el mensaje de la Biblia, qué tiene este que ver con nuestra propia vida y cómo podemos aplicar en nuestro día a día lo que la Biblia nos revela acerca de Dios.

La Biblia comunica el conocimiento de Dios al alma, a la mente de las personas. A esto es a lo que llamamos revelación bíblica. Todo lo que les dado al hombre conocer acerca de Dios lo encontramos en la Biblia. Lo que la Biblia no nos dice acerca de Dios: de su carácter, de su manera de actuar, de sus planes, etc., son cuestiones que no resultan relevantes a nuestra vida presente. Por lo tanto, ni hay necesidad de conocerlas, ni nuestra vida adolece de falta alguna si no las conocemos.

Ahora bien, existen tres presupuestos que nos permiten acceder a la revelación, al conocimiento de lo que Dios es, hace y quiere de nosotros. En primer lugar, se requiere de nuestra disposición de fe para aceptar que la Biblia es, en efecto, la Palabra de Dios. En segundo lugar, se requiere de nuestra disposición para, aceptando que Dios es nuestro Señor, vivir para honra y gloria suya. Y, en tercer lugar, se requiere de nuestra disposición obediente para guardar, vivir conforme a lo que Dios nos revela en su Palabra.

Cuando hacemos nuestros tales presupuestos estamos en condiciones de desarrollar lo que aquí llamaremos una mentalidad bíblica. Es decir, una manera de pensar lógica, analítica y aplicable al todo de nuestra vida. Ello, porque aceptar que la Biblia es la Palabra de Dios, establece el marco normativo de nuestro pensar y quehacer. Asumir que hemos sido creados para honra y gloria de Dios, provee sentido a nuestra vida, estableciendo la razón de ser de la misma. Y, en tercer lugar, nuestra disposición obediente da dirección a nuestro quehacer cotidiano, pues nos dirige en la toma de decisiones en cada área y etapa de nuestra vida.

El desarrollo de tal mentalidad bíblica, nos permite entender, además, a qué tipo de preguntas da respuesta la Biblia y a cuáles no. Ello nos lleva al cultivo de dos de las virtudes humanas más preciadas: la libertad de elección y la capacidad para asumir la responsabilidad de nuestra propia vida.

La revelación bíblica no se da en detrimento de la libertad y la capacidad de elección de los creyentes. Dios, aún cuando es el Señor, si bien ordena, no impone su voluntad a los hombres. Respeta el que estos elijan lo que habrán de obedecer y seguir. Por ello, es que las ordenanzas divinas pueden y deben ser asumidas dentro del marco del ejercicio de la libertad humana. Desde luego, ello implica que las personas distingan entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero -según lo que Dios ha establecido-, y actúen en consecuencia. Asumiendo, claro, la responsabilidad propia respecto de las decisiones tomadas.

Difícilmente, la revelación bíblica se traduce en directivas precisas y particulares, casuísticas. La Biblia revela la voluntad divina para el todo de la vida, considerando los presupuestos antes referidos. Toca al lector-creyente, discernir cómo es que tales presupuestos se concretan en la circunstancia que le atañe.

La mentalidad bíblica, fruto de la oración, el conocimiento integral del texto bíblico y de la propia naturaleza humana, proporciona a los creyentes los elementos de juicio pertinentes a cada decisión tomada. Una mayor comunión con Dios, mediante el cultivo de las disciplinas devocionales; así como un mejor y más profundo conocimiento de la Palabra, redundan en una mejor comprensión de la voluntad divina en nuestro aquí y nuestro ahora.

Pero, debemos decir, tal comprensión sigue a la obediencia de lo ya entendido. En este sentido es que la revelación bíblica es progresiva. La revelación bíblica no se obtiene antes de la obediencia, requiere de la disposición a la misma. De la aceptación anticipada de lo que la Biblia dice y enseña, así como de lo que Dios quiere, como algo relativo, aplicable, a nuestra experiencia. Quien obedece en lo menos, comprende lo más.

La Biblia no es un libro de adivinación. Tampoco es un libro mágico. Es palabra de Dios que ha de ser discernida, aceptada y llevada a la práctica responsablemente. Por lo tanto, la Biblia, la palabra de Dios, es guía, es luz que ilumina el camino que ha de andar cada quién con sus propios pasos. Pero, quien cree y obedece lo que la Biblia enseña, descubre que tal luz es poderosa y vital. Que no sólo dirige, sino que también da poder a quien la cree y la practica. En consecuencia, descubre el lector obediente que la Biblia, palabra de Dios, es viva y da vida, por cuanto nos permite conocer a Dios y así estar en comunión con él.

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