Les prometen que serán libres

2 Pedro 2.17-20

Serie de meditaciones pastoralesUna de las razones más aducidas por aquellos que defienden el uso de sustancias que producen adicción es la libertad, el derecho de las personas a elegir lo que a su interés convenga. Desde luego, tal consideración deja de lado las cuestiones morales y aún éticas. Ello porque se presume que el valor fundamental de la libertad para elegir está por encima de cualquier otra consideración. Así, el deterioro personal: físico, mental, laboral, etc., del adicto; o los daños colaterales que su adicción provocan a su familia, su entorno laboral y social, son considerados de menor importancia ante el ejercicio de la libertad. Se presume que mientras menos restricciones morales, legales, sociales, tenga la persona, las consecuencias de su adicción serán menores y ésta gozará de los beneficios del ejercicio de su libertad.

Wikipedia llama adicción a una enfermedad crónica y recurrente del cerebro que se caracteriza por una búsqueda patológica de la recompensa y/o alivio a través del uso de una sustancia u otras conductas. Esto implica una incapacidad de controlar la conducta, dificultad para la abstinencia permanente, deseo imperioso de consumo, disminución del reconocimiento de los problemas significativos causados por la propia conducta y en las relaciones interpersonales así como una respuesta emocional disfuncional. Más aún, la palabra latina addictus, se usa para identificar a la persona que, ante la incapacidad de pagar sus deudas, se convertía en esclava de su acreedor. Como podemos ver, poco hay de libertad en aquella persona que se vuelve adicta a sustancias o relaciones que la incapacitan para controlar su propia conducta.

En la comunidad cristiana evangélica es significativo el número de los conversos de primera generación que vivieron diferentes formas de adicción antes de venir a Cristo. Para muchos de ellos, Cristo significa un antes y un después de una vida de adicciones que los hicieron tocar suelo, destruyéndolos a ellos y a sus familias. Generalmente, se trata de personas que fueron adictas al alcohol y a sustancias tales como el tabaco, la marihuana, la cocaína y, en los años más recientes, a drogas químicas de fácil acceso. Ello explica que se haya desarrollado una cultura de tolerancia cero respecto de tales sustancias entre los conversos de primera y segunda generación. Es decir, entre aquellos que fueron adictos y los hijos de estos, mismo que padecieron de manera directa los estragos de la adicción de sus padres.

Sin embargo, cada vez es mayor la presencia de creyentes de tercera y hasta cuarta generación en nuestras congregaciones. Esto, aunado a la cosmovisión cultural dominante, ha desarrollado una cultura de permisividad entre la comunidad cristiana. No son pocos los nietos de los primeros conversos que se sienten atraídos a experimentar lo que les resulta un escenario atractivo y, sobre todo, un espacio de libertad. Acusan de extremismo fanático el que la iglesia considere que los cristianos deben abstenerse del consumo de alcohol, tabaco y otras drogas. Consideran exagerados los llamados a abstenerse de participar de conductas, relaciones y actividades en las cuales resulta normal el consumo de tales sustancias y la práctica de conductas que identifican con la libertad de ser de la persona.

¿Cómo podemos enfrentar los retos que la emergencia de tal cosmovisión nos presenta? ¿Cómo mantener un acercamiento equilibrado entre aquellos que han experimentado en carne propia las consecuencias de las adicciones y aquellos que tienen una actitud permisiva? ¿Cuáles son las consideraciones bíblico-pastorales que conviene tener en cuenta?

Primero, consideremos que la Biblia no se ocupa de manera explícita de muchas de aquellas cosas que los cristianos enfrentamos hoy en día. (En el caso de ciertas sustancias, tales como el alcohol, la Biblia no se pronuncia en contra de su uso, pero sí en contra de su abuso). Pero, sí encontramos principios bíblicos que resultan en pautas a considerar y seguir. En el caso de las adicciones que implican el uso y/o la afectación de nuestro cuerpo, el principio por excelencia es que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. 1 Corintios 6.9 Esto implica dos cuestiones. La primera, es que somos llamados a no dejar que ninguna parte de nuestro cuerpo se convierta en un instrumento del mal para servir al pecado… sino a usar todo nuestro cuerpo como un instrumento para hacer lo que es correcto para la gloria de Dios. Romanos 6.13 La segunda, y más importante, es que el cómo del uso de nuestro cuerpo también determina el cómo de nuestra relación con Dios. Hay quienes consideran que el cuerpo es pura carne, destinado a la destrucción. Por lo tanto, lo que se haga del y con el cuerpo, aseguran, no trasciende. Pero, San Pablo nos recuerda que el cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo, así que no somos dueños del mismo. El cuerpo de creyente está consagrado –dedicado a Dios-, y, por lo tanto, lo que hacemos en y con el cuerpo trasciende, afectando, para bien o para mal, nuestra relación con el Señor. 1 Corintios 6.13

El segundo principio tiene que ver con la capacidad de pre visualización del creyente. El cristiano que tiene la mente de Cristo no juzga por las apariencias, sino que prevé lo que puede ocurrir. Juan 7.24 Ve con anticipación. Conoce, hace juicio por algunas señales o indicios lo que ha de suceder. La iglesia nos enriquece con el testimonio de muchos de sus miembros. Nos permite estar en contacto con quienes han experimentado el poder destructor del pecado y el poder regenerador de la gracia. Además, también nos permite ver las cosas desde una perspectiva espiritual. Proverbios asegura: El prudente se anticipa al peligro y toma precauciones. El simplón avanza a ciegas y sufre las consecuencias. Proverbios 22.3

Esto es muy importante para quienes no han conocido de primera mano el poder destructor de las adicciones. Pueden, y conviene que lo hagan, seguir el principio de los profetas bíblicos: Compararon el aquí y ahora que vivían con lo que el pueblo de Dios había vivido en circunstancias pasadas similares y examinaron las consecuencias de las decisiones tomadas. A partir de tal consideración, supieron lo que convenía hacer y lo que no. Nuestros jóvenes deben prestar atención a lo que su familia u otras familias fueron antes de Cristo. Deben preguntarse qué ganan con ir hacia aquellas circunstancias de las que Cristo rescató a otros que ahora caminan en verdadera libertad al seguir a Cristo. Juan 8.32

El tercer principio bíblico es el que nos advierte que quien practica el pecado se convierte en esclavo. Pedro se refiere a una de las características de las adicciones: son una búsqueda patológica de la recompensa y/o alivio a través del uso de una sustancia u otras conductas. Es decir, quien es adicto no elige, simplemente sigue la compulsión, la pasión vehemente, de obtener alivio, en un proceso que cada vez demanda más y que, cada vez más, ofrece menos. Obviamente quien pone su vida bajo el poder de las adicciones, se encuentra impedido de estar al servicio de Dios. Nadie, dijo Jesús, puede servir a dos señores. Lucas 16.13

Esto es de primordial importancia para los cristianos que se vuelven al pecado. Desafortunadamente, el número de cristianos adictos crece día a día. Sustancias, relaciones, conductas, etc., se convierten en los señores de no pocos cristianos. Pedro advierte que los que han conocido a nuestro Señor y Salvador Jesucristo… si se dejan engañar con esas cosas, y además se dejan controlar por el pecado, quedarán peor que antes. 2 Pedro 2.20 No vuelven a su condición anterior, se degradan aún más y más. Lamentablemente podemos identificar a algunos que habiendo estado con nosotros, son claro ejemplo de lo que la Palabra asegura. Ellos merecen nuestra oración intercesora, pero, ante ellos corresponde que tomemos una decisión radical. Pablo nos advierte: Esas cosas les sucedieron a ellos como ejemplo para nosotros… Si ustedes piensan que están firmes, tengan cuidado de no caer. 1 Corintios 10.11 y 12

Eso me puede pasar a mí, es una buena reflexión ante los errores de los otros. No es lo mismo no tener, que perder lo que tanto ha costado. De ahí la necesidad y conveniencia de que nos ocupemos de nuestra salvación con temor y temblor. Filipenses 2.12 Cada vez más, cristianos y no cristianos, enfrentaremos la tentación de las adicciones. Después de todo, nos ofrecen libertad. Y, tendremos que preguntarnos cómo es que algo que resulta tan agradable pueda ser malo. Pero, nosotros somos cristianos y llamados a libertad. Entreguemos nuestra mente y corazón a Dios, su llenura es y será siempre nuestra libertad.

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