Vicios ocultos de la iglesia

Efesios 2.20 y 21 BLPH

Prácticamente todas las construcciones tienen defectos que no pueden ser detectados a simple vista. A estos se les conoce como vicios ocultos. De acuerdo con nuestro pasaje, la iglesia es un edificio en construcción, compuesto con piedras vivas, es decir, por personas que contribuyen con sus fortalezas y debilidades a lo que el edificio es en sí mismo. Podemos asumir, entonces, que el edificio de la iglesia, como cualquier otro edificio, también padece de vicios ocultos.

A Dios gracias, la Biblia ni desconoce ni manifiesta alarma por tal realidad. Nos recuerda que la iglesia es un edificio que va creciendo hasta convertirse en templo consagrado al Señor. Además, advierte que los miembros de la iglesia, cada uno de nosotros, se va integrando hasta llegar a ser casa en la que habita Dios. Consecuentemente, una y otra vez, la Palabra nos invita a tomar en cuenta aquellas áreas de nuestra vida personal y congregacional en las que debemos hacer, y permitir que el Espíritu Santo haga, los ajustes que nos permitan llegar a ser, que no serlo ya, el edificio y la casa deseados. Ello nos previene tanto del conformismo como del derrotismo[i]. Nos anima a seguir adelante y a no volvernos atrás en el caminar cristiano.

En abono al ejercicio de reflexión que estamos realizando con Philip Yancey en su libro Una Iglesia, ¿Para qué?, propongo a ustedes dos vicios ocultos a los que debemos prestar especial atención en nuestra comunidad.

Divisiones. Diversos estudios sociológicos y reiteradas exhortaciones pastorales denuncian que uno de los principales problemas de la iglesia cristiana-evangélica es el de las divisiones. Estas tienen que ver tanto con congregaciones que se dividen, como liderazgos que también lo hacen en los niveles denominacionales e institucionales en todas partes. Desde luego, el primer riesgo que las divisiones causan es el debilitamiento de la casa de Dios. Nuestro Señor Jesús advirtió que una casa dividida contra sí misma no puede permanecer. Marcos 3.25 Un segundo riesgo es la pérdida de la autoridad moral para dar testimonio de la realidad de Cristo, ello porque no pocas divisiones abundan en rencillas, odios y enemistades. Es decir, en todo menos en el amor que identifica a los creyentes como discípulos de Cristo. Esto es algo que, desafortunadamente, se hace evidente una y otra vez para propios y extraños.

Sin embargo, aquí estamos hablando de los vicios ocultos. Es decir, de aquello que no se ve a simple vista. Existe una forma de división menos visible pero más peligrosa. La que resulta de la falta del cultivo de la unidad del Espíritu Santo que nos hace miembros del cuerpo de Cristo. Se trata de una división pasiva, no violenta, sin encono. Esta resulta del no cultivo del sentido de pertenencia, del no asumirse miembros los unos de los otros y, por lo tanto, no abundar en las actitudes y acciones que contribuyen al fortalecimiento de la relación entre los miembros de la congregación y de la iglesia en general. La distancia genera división, es decir, separa en partes a quienes son y deben asumirse con un solo cuerpo.

Dado que quienes no se asumen miembros los unos de los otros actúan motivados por prejuicios, intereses y preferencias, debemos decir que al ser miembros del cuerpo de Cristo somos llamados a establecer relaciones prioritarias con los domésticos de la fe, con los que forman la familia de la fe. Gálatas 6.10 Ello requiere de dos fuerzas complementarias: Primero, que los miembros del cuerpo de Cristo procuremos ser amables, es decir, fáciles de amar. Y, en segundo lugar, que los miembros del cuerpo de Cristo prefiramos a los de la familia de la fe como aquellos con los que nos sentimos más cercanos y a los que asumimos como tales. Preferencia es: [la] elección de alguien o algo entre varias personas o cosas. RAE Ello implica que la unidad subyacente del cuerpo de Cristo, que es obra del Espíritu Santo, no nos obliga en automático a asumirnos miembros los unos de los otros. Respeta nuestro derecho y capacidad de elección. Este privilegio se convierte en responsabilidad pues, consecuentemente, el cultivo de la unidad de la iglesia, y la lucha en contra de las divisiones de hecho, es privilegio y responsabilidad de cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo, de cada uno de nosotros.

Intrascendencia. Las tinieblas no avanzan, la luz es la que retrocede. Es un hecho que la iglesia cristiana es más conocida, se hace presente en más lugares, es tomada más en cuenta por gobiernos, empresas y la sociedad, pero, al mismo tiempo, es más y más irrelevante. Cada vez resulta menos importante e influye menos en la realidad social de la que participa. Jesús dijo que sus discípulos somos luz y sal. Es decir, que podemos y debemos ser guía y preservadores en un contexto de desequilibrio y confusión. Sin embargo, la iglesia en general ha sido permeada por los antivalores que imperan en nuestra sociedad y forma parte del problema antes que de la solución.

Pero, otra vez, se trata de los vicios ocultos. No del hecho de que al aislarse dentro de las paredes del templo la iglesia se vuelve intrascendente, cuestión que es pública y conocida por muchos. Se trata de la intrascendencia, de la pérdida de la importancia que el ser, la doctrina y la práctica de la iglesia tiene para sus propios miembros, en especial para sus miembros más jóvenes. Cada vez más los cristianos, las familias cristianas, los jóvenes cristianos en especial, viven como si no fueran cristianos. La fe cristiana no les resulta relevante y, por lo tanto, viven como si no conocieran a Cristo y no fueran formados por su doctrina. Como resulta propio de los que no conocen a Cristo, estos cristianos viven en este mundo sin Dios y sin esperanza. Efesios 2.12

Vivir sin Dios es carecer del orden, de la estructura de vida que resulta del reino de Dios en las personas. Así, quien vive sin Dios no tiene forma, no tiene estructura, no tiene orden, es como un cuerpo sin esqueleto. Alguien ha dicho que si esperar es difícil, mucho más lo es el esperar sin esperanza. Quien pierde o no tiene esperanza deja de tener razones para esforzarse y puede caer en una situación fatal y un conformismo destructivo.

Intrascendentes para con los de afuera, irrelevantes para los nuestros. Terrible cosa resulta esto. ¿Cómo recuperar nuestra esencia y así poder alumbrar e impedir la descomposición de los nuestros y de aquellos que nos rodean? (En la consideración de las alternativas está implícito el reconocimiento de las causas de esta situación).

Cristo nos llamó a hacer discípulos. Es decir, a formar en la fe –enseñando las cosas que él nos ha mandado-, a unos y a otros. La base del discipulado es la Palabra de Dios, es esta la fuente de la fe. Desafortunadamente, las actuales son generaciones analfabetas de la Palabra. Una fe que no se sustenta en la Palabra es una fe irrelevante, la consecuencia es que las personas que ignoran la Palabra, son llevadas de aquí para allá por todo viento de doctrina. Efesios 4.14 No es suficiente el asistir a la iglesia, resulta indispensable ser formados paciente, firme y caritativamente en la doctrina de Cristo.

Cristo nos llamó a ser sus testigos. Nos llamó a ser la prueba, justificación y comprobación de la certeza o verdad de Cristo. Es decir, a modelar a Cristo en nuestro aquí y ahora. Cuántas grietas ocultas impiden que nuestros hijos y nuestros cercanos, aún a aquellos a quienes queremos atraer a Cristo, crean en nuestra palabra. Si somos cuerpo de Cristo, luego entonces nosotros lo representamos, lo hacemos visible, lo hacemos creíble… o no.

Cristo nos llamó a amarnos. Es decir, a permanecer en una relación complementaria. Se ha dicho que la relación con los padres es el filtro al través del cual interpretamos a Dios y nos relacionamos con él. Por lo tanto, al interior de nuestra familia somos llamados a desarrollar relaciones íntimas –profundas-, que den testimonio, se conviertan en prueba, de la realidad del amor de Dios. Somos llamados, como personas, familias y congregación, a relacionarnos de tal forma que todos anhelemos formar parte los unos de los otros.

Karl Barth acuño la frase: Ecclesia semper reformanda est. La iglesia siempre está siendo reformada. Sea este nuestro propósito al identificar nuestros vicios ocultos. No nos conformemos, no caigamos en derrotismo. Más bien, propongámonos el reexaminarnos constantemente a nosotros mismos, como individuos y como congregación, a fin de mantener la pureza y la práctica de la fe cristiana.

[i] Derrotismo: Tendencia a propagar el desaliento en el propio país con noticias o ideas pesimistas acerca del resultado de una guerra o, por ext., acerca de cualquier otra empresa.

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