Una Familia Dividida por Peleas

 Marcos 3 NTV

Al dinamismo que distingue al relato que Marcos hace de la vida de Jesús habrá que agregarle la dimensión contestataria de la vida y la propuesta evangélica del Señor. Jesús va por los caminos de la vida confrontando el orden establecido. Por lo tanto, despierta pasiones… y acusaciones. Los maestros de la ley lo acusaban de estar poseído por Satanás. Sólo así, decían, era posible que Jesús expulsara los demonios de aquellas personas que estaban poseídas.

Dado que más adelante nos ocuparemos de la realidad de la posesión demoníaca y de sus expresiones en la actualidad, hoy nos ocuparemos de un principio que Jesús establece acerca de los riesgos de las peleas que resultan en divisiones. En efecto, el Señor señala: Un reino dividido por una guerra civil, acabará destruido. De la misma manera una familia dividida por peleas se desintegrará. NTV

Al hablar de reino y de familia, nuestro Señor se refiere a aquello que goza y requiere de una unidad subyacente. Es decir, de aquello que une a una variedad de personas, diferentes entre sí, pero unidas por vínculos no voluntarios. No se trata, de entrada, de personas que se han aliado voluntariamente, sino de personas que forman parte de un mismo todo. La familia, en particular, goza de este tipo de unidad. Si bien es cierto que la unión de los cónyuges es resultado de su voluntad, también lo es el hecho de que al unirse en matrimonio se convierten en una sola carne. Es decir, ya no son más dos, sino se transforman en una nueva unidad de esencia[i] y de propósito.

La RAE define unidad como: [la] Propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Esto resulta de especial interés porque de acuerdo con Jesús las familias que se dividen por peleas terminan desintegradas. Empiezan por perder cohesión y fortaleza hasta que terminan destruidas por completo. Santiago se pregunta: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No son de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros? El término concupiscencia que utiliza Santiago es revelador de dos cuestiones de suma importancia. Las guerras empiezan siendo una cuestión personal, individual. La lucha interna que los miembros de la familia enfrentan en sí mismos se traduce en un estado de conflicto con el resto de los suyos. Es decir, antes de convertirse en una guerra familiar, empieza siendo un conflicto personal.

Como sabemos, el término concupiscencia se traduce como deseos desordenados, deseos que son incoherentes con la voluntad de Dios. Cabe aquí considerar el término esquizofrenia. Este proviene de dos raíces, la primera schizein, dividir, escindir, hendir, romper, y, la segunda phrēn, entendimiento, razón, mente. Alguien diría que la consideración del término no tiene lugar aquí pues se trata de una enfermedad. Y ello es cierto. Pero, existe una condición previa a la esquizofrenia, se trata de la personalidad esquizoide. Se trata de las personas que están escindidas. Es decir, que tienen una mente dividida, separada. Son personas inestables, de doble ánimo, y, nos advierte Santiago, que la persona de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos[ii].

La Biblia nos dice que nosotros tenemos la mente de Cristo[iii]. Es decir, tenemos la capacidad se saber y entender lo que es justo, lo que agrada al Señor en nuestra vida diaria. Sin embargo, existe en nosotros los cristianos un remanente, un resabio: el de nuestra vieja naturaleza. Así, constantemente enfrentamos la lucha interior entre hacer lo que sabemos que es bueno y hacer lo que nuestros deseos desordenados nos piden. Mientras más lugar damos a la consideración de la validez, oportunidad y derecho de actuar conforme a tales deseos, mayor es el conflicto que vivimos.

Someter nuestros pensamientos en obediencia al Señor es la clave de la victoria que se traduce en una vida apacible bajo el poder del Espíritu Santo. Pablo nos invita a que: Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, [pongamos] todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo; pues quienes disciplinan sus pensamientos y actúan en conformidad con la voluntad del Señor descubren el fruto apacible de la justicia. Tienen paz, siembran paz y viven en paz[iv].

Generalmente, cuando se trata de las guerras familiares procurarnos atender lo que está pasando en y con los otros. Cómo piensan y sienten y qué es lo que les lleva a actuar de la manera en que lo hacen. Pero, conviene considerar a partir de la enseñanza de Cristo que es necesario empezar por ocuparnos de nuestras propias guerras personales. De nuestro desorden interior. Se trata de lo que pasa con nuestro espíritu, nuestros pensamientos y nuestros deseos y emociones. ¿Qué nos está desintegrando? ¿Qué tenemos que recuperar y de qué tenemos que desprendernos, para recuperar nuestra estabilidad personal?

Para comprender lo que pasa afuera, debemos conocer lo que sucede adentro de nosotros. La Palabra nos invita: Dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes[v]. Esto sólo lo alcanzaremos si humildemente nos comprometemos en una búsqueda ansiosa de la presencia y la dirección de nuestro Dios. Para empezar, debemos de dejar de hacer aquello que sabemos –aunque no nos guste reconocerlo-, no es grato a Dios y, por lo tanto, no está dando buenos resultados. Además, debemos ocuparnos de ir a la Palabra para estudiar con atención dedicada los pasajes que traigan luz a nuestro conflicto. Habiendo confirmado lo bueno y lo malo de nuestros pensamientos y actitudes, debemos abundar en nuestra oración de confesión y de propósitos para que, una vez fortalecidos y dirigidos por el Espíritu Santo, podamos aportar elementos de paz y de recuperación a nuestras familias y a nuestro entorno social.

Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía. Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz[vi].

__________

[i] Aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. RAE

[ii] Santiago 1.8

[iii] 1Corintios 2.16

[iv] 2Corintios 10.5 ; Hebreos 12.11

[v] Efesios 4.23 NTV

[vi] Colosenses 3.14 y 15 NTV

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