Dios: Señor, Veraz y Amor

Deuteronomio 10.17-21 NVI

Hoy iniciamos una serie de cuatro reflexiones sobre los pilares de nuestra fe. La RAE define pilar como aquello que sirve para sostener otra fábrica o armazón cualquiera. También como hito o mojón que se pone para señalar los caminos. Para efecto de nuestro propósito, utilizamos el término pilar en ambos sentidos: al referirnos a las verdades únicas que sustentan nuestra fe y al hecho de que las mismas nos distinguen, nos hacen diferentes, respecto de quienes no las profesan. Creer es también pensar, como bien asegura John Stott, por lo tanto necesitamos y debemos conocer mejor los fundamentos de la fe que profesamos. Debemos asegurarnos que los sentimientos que la misma produce, tengan el fundamento de la razón bíblica. Así podremos alabar a Dios con el corazón y con el entendimiento. Salmos 119.34

El primer pilar de nuestra fe es Dios mismo. Necesitamos comprender quién es él, así como algunos de sus atributos. De las cualidades más distintivas de su carácter. Comprender esto nos ayuda a entender el cómo de nuestra relación con él, sabiendo lo que él pide de nosotros y lo que nosotros podemos esperar de él. Aquí nos ocuparemos del señorío de Dios, de su carácter veraz y de su ser amor.

Lo primero que debemos saber acerca de Dios es que él es el Señor. En el desarrollo de la teología bíblica encontramos etapas en las que, aunque sea por licencia literaria, se reconoce la existencia de otros dioses, aparte del Dios de Israel. Sin embargo, la Biblia distingue, siempre, el carácter único de Dios como Señor. Nuestro pasaje lo establece enfatizando que el Señor tu Dios es Dios de dioses y Señor de señores; él es el gran Dios…

Según W. E. Vine, en su Diccionario Expositivo de términos del Antiguo y Nuevo Testamento las palabras Jehová y Adonai, mismas que sirven como nombres del Gran Yo Soy, indican su posición (es amo) sobre su pueblo; tiene autoridad para recompensar a quienes son obedientes y castigar a quienes le desobedecen. Dado su señorío, nosotros no podemos relacionarnos con Dios de cualquier forma. Para empezar, él es nuestro Creador (Salmos 100; Jeremías18.3-6). Además, es nuestro Salvador (Jeremías 43.11). Así, su señorío sobre nosotros se sustenta en el hecho de que él nos hizo y el que él nos ha redimido mediante su Hijo Jesucristo. Así que, si somos creados y redimidos por él entonces somos llamados a cumplir su propósito para nosotros, sus criaturas redimidas. ¿Cuál es este propósito? El Catecismo Abreviado de Westminster, encara esta cuestión así: ¿Cuál es el fin principal y más noble del hombre?  El fin principal y más noble del hombre es el de a) glorificar a Dios, y, b)  gozar de él para siempre. A) Romanos 11:36, 1Corintios 10:31. B) Salmos 73:24-26; Juan 17:22, 24.

Dado que Dios es el Señor, hemos dicho que no podemos relacionarnos con él de cualquier forma. Así, la única manera correcta, funcional, de relacionarnos es reconociendo que es nuestro Señor, que le pertenecemos, que somos nosotros los que vivimos para él y que somos llamados a vivir nuestro día a día de tal forma que él sea glorificado en nosotros. Dios demanda de nosotros tal reconocimiento, aunque no la obliga. Pero, sí nos advierte que quien vive en esta condición de armonía con él recibirá bendición, mientras que quien no lo haga tendrá que enfrentar las consecuencias de su pecado, además del castigo por el mismo. Su Palabra nos anima a que hagamos de Dios el motivo de nuestra alabanza. Hacerlo así nos coloca en el camino de la vida pues la Biblia nos asegura que Dios honra a quienes lo honran.

La segunda cualidad inmanente de Dios es su condición de veraz. Nuestro Señor Jesucristo así lo asegura en Juan 3.3, cuando asegura a Nicodemo que quien le recibe a él, a Jesús, certifica que Dios es veraz. Hace constar que Dios es veraz, es decir, que dice, usa o profesa siempre la verdad. Se dice que alguna vez le preguntaron a William Randolph Hearst, Jr., uno de los magnates de la prensa norteamericana cuál era su más grande temor. Él dijo: que lo que la Biblia dice sea verdad. Explicó que si era verdad todo lo que la Biblia asegura del amor de Dios, él se habría privado de tan grandes bendiciones. Pero, y esto era lo que más le preocupaba, si lo que la Biblia dice acerca del castigo de Dios era cierto, entonces su destino sería la condenación eterna.

Podemos estar seguros que lo que Dios asegura se ha cumplido, se está cumpliendo y se habrá de cumplir. Bien lo asegura Balaam en Números 23.29: Dios no es hombre,  para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.  El dijo,  ¿y no hará?  Habló,  ¿y no lo ejecutará? Por ello, los creyentes debemos asegurarnos que lo que creemos es lo que Dios ha dicho y que creemos lo que Dios ha dicho. Aunque parece lo mismo, no lo es. Uno de los grandes problemas de la fe cristiana es cuando esta se contamina con creencias, sentimientos y convicciones que no tienen sustento bíblico. La mayoría de las personas asumen que con creer sinceramente es suficiente. No hay tal. En cuestiones de la fe cristiana sólo nos es dado creer lo que el Señor ha dicho, su verdad y no la nuestra.

Hay una disposición a creer aquello que nos agrada y que se ajusta a nuestra lógica difusa. Al no poder distinguir lo que es fruto de nuestro deseo y la verdad, terminamos confundidos. Isaías (30.10 ) nos advierte respecto de la inclinación humana a creer sólo aquello que resulta complementario a la manera de pensar de quienes no hacen suyo el señorío de Dios: A los videntes dicen:  “No tengan visiones”, y a los profetas: “No nos cuenten revelaciones verdaderas; háblennos palabras suaves; no nos quiten nuestras ilusiones. Pablo advierte a Timoteo (2Timoteo 4.2ss): Porque va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos. Por ello, le pide a Timoteo que este se mantenga sobrio y que predique el mensaje, y que insista cuando sea oportuno y aun cuando no lo sea. Igual disposición debemos tener nosotros.

La tercera cualidad de Dios, para algunos el atributo clave para la comprensión de su carácter, es que Dios es amor. Cuando Juan hace tal aseveración recurre al testimonio personal de su experiencia  (1Juan 4:16): Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor;  y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Lo primero que el escritor sagrado nos revela es que el amor de Dios puede ser conocido. Si Dios es amor, entonces podemos tener trato y comunicarnos con él. La unicidad de Dios, es decir su manera de ser única, hace posible que aunque él es Espíritu, nosotros podamos establecer una relación con él. Podríamos utilizar el término persona, para referirnos a él, aunque no es suficiente. El hecho es que todos, creyentes y no creyentes, no sólo podemos estar, sino que estamos en relación con Dios.

Pero, dado que Dios es amor, hay una manera de relación particular, única, entre aquellos que le sirven y creen y el Señor. Esta está determinada por su benevolencia. El término bíblico ágape, que traducimos como amor, se refiere al afecto y la benevolencia de Dios para con los suyos. En esencia ambos términos resultan sinónimos, se refieren a la inclinación favorable de Dios hacia los suyos. El término benevolencia agrega el concepto de buena voluntad. Esto revela el trato favorable que Dios tiene en favor de su pueblo, de su Iglesia. Aún en medio del castigo o de las consecuencias que por su pecado los creyentes sufran, Dios, asegura en Isaías 60.10, en mi ira te castigué, mas en mi buena voluntad tendré de ti misericordia.

Terminemos diciendo que el Dios que es el Señor y que dice siempre la verdad es, también, un Dios de misericordia, se compadece de nuestros trabajos y de nuestras miserias. Por ello, a quienes nos hemos apartado de Dios en alguna circunstancia de nuestra vida y aún a aquellos que no han querido estar cerca de él hago una misma invitación, que nos volvamos a Dios, le reconozcamos como nuestro Señor y confiemos en la verdad de su palabra. A que reconociendo su manera única de ser, tal como lo sintetiza 2 Crónicas 6:14: Jehová Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti en el cielo ni en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia con tus siervos que caminan delante de ti de todo su corazón. Así seremos testigos de que de día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida. Salmos 42.8 Amén.

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