La Necesidad de Orar con Perseverancia

 Lucas 18.1

  Eso de orar no siempre resulta una tarea fácil. La principal dificultad se encuentra en el hecho de que la oración no pareciera producir ningún beneficio práctico. ¿De qué sirve orar? Sería la pregunta que, explícita e implícitamente se hacen aquellos que no se sienten atraídos hacia la práctica de la oración. Nadie ha tenido una vida más compleja y difícil, ni una tarea más pesada que Jesús mismo. La tarea, los retos y las dificultades sobrepasaban, con mucho, sus capacidades humanas. Resulta evidente, entonces, que había en él algo extraordinario, una fuerza sobrehumana, una capacidad extra que le permitió vencer: enemigos, circunstancias, depresión, etcétera y cumplir con su propósito. Contra quienes objetan la falta de utilidad práctica de la oración, en la vida de Jesús se hace evidente que esta fuerza o capacidad resultaba, era fruto de la oración. Jesús oraba.

Generalmente cuando nos ocupamos de la historia de la de la viuda y el juez injusto, pasamos por alto la razón que tuvo Jesús al contarla: Jesús les contó una historia a sus discípulos, para enseñarles que debían orar siempre y sin desanimarse. Por ello, hoy nos ocupamos de considerar la necesidad de la oración. La necesidad de orar siempre y no desmayar.

La palabra necesidad se refiere a aquello que resulta indispensable tener para lograr lo que uno se propone. Lo que Jesús dice es: si ustedes no oran no pueden conseguir o lograr aquello que esperan. ¿A qué tarea se refiere Jesús? ¿Qué es aquello que nos llama a esperar? Generalmente individualizamos nuestras tareas: personales, familiares, laborales. Y dentro de cada área aún somos más específicos. Esto es un error. Nuestra tarea prioritaria es una sola y todas las demás giran alrededor de la misma. Esta tarea consiste en que vivamos de tal modo que en nosotros se revele Dios. Nuestra tarea es hacer visible, creíble y accesible a Dios para las personas que están a nuestro alrededor. Isaías 43.7

Estamos rodeados de personas que anhelan conocer el misterio de Dios. Personas que con sus pensamientos y motivaciones, con el qué de sus acciones y el cómo de sus relaciones están gritando su necesidad de ser salvos. De encontrar la luz que les ilumine y les guíe para poder vivir para la honra y gloria de Dios.

Siendo esta la tarea, ahora podemos considerar los elementos que hacen indispensable la oración:

Somos seres integrales. Somos espíritu, alma y cuerpo. (Ver 1 Tesalonicenses 5.23). Cada una de las áreas de nuestro ser debe ser atendida y desarrollada cabalmente. Si no lo hacemos, no sólo el área desatendida resultará afectada, sino que esta terminará afectando negativamente a las otras dos.

El área espiritual es aquella por la cual nos re-ligamos con Dios. Re-ligar (religión), significa ligar dos veces: desde Dios y desde la persona humana. Los seres humanos necesitamos estar en comunión personal, permanente y creciente con Dios y esto sólo se logra mediante la oración.

El área del alma es aquella de nuestro intelecto, de nuestras capacidades pensantes, de conocimiento, creativas, etc.

El área física tiene que ver con la salud y el equilibrio de nuestro cuerpo.

Enfrentamos un reto que excede a nuestras fuerzas humanas. San Pablo asegura que nuestra lucha no es contra seres de carne y hueso. Nuestra tarea afecta lo que algunos identifican la cuarta dimensión. Sabemos que las dimensiones espaciales son: ancho, largo y profundo, algunos agregan también la dimensión temporal. La Biblia nos enseña que también existe la dimensión espiritual. Que siempre hay algo más que lo que vemos a simple vista, tanto en lo bueno como en lo malo. Algo más que la carne y el hueso nuestros y de los que están en relación con nosotros. Algo más, no en lugar de. Lo espiritual no sustituye ni es sustituido por lo intelectual ni por lo físico, con sus tres o cuatro dimensiones. Por lo tanto, debemos desarrollar la capacidad espiritual, mediante la oración, de discernir el origen y las consecuencias espirituales de todos y cada una de las circunstancias y los actos de nuestra vida.

En esta tarea no son suficientes las armas humanas. Es decir, no son los recursos inherentes a la naturaleza humana: fuerza física, inteligencia, conocimiento, etc., los que desarrollan la dimensión espiritual de la persona. Se requiere de algo más.  Un principio aplicable a esto, una verdad que trasciende el tiempo, el lugar y las circunstancias, es este: únicamente los espirituales, los que tienen al Espíritu Santo dentro, pueden entender las cosas del Espíritu Santo. A los demás les es completamente imposible. El espiritual –a diferencia del que está en el estado natural-, lo entiende todo, y esto molesta y desconcierta al hombre mundano, que nada entiende.

La oración nos previene de la tentación. En Marcos 14.38, el Señor Jesús anima a sus discípulos, en particular a Pedro, para que velen y oren para que no los venza la tentación, porque aunque el espíritu está dispuesto, la carne es débil. Para comprender la importancia de la declaración de Jesús debemos considerar lo siguiente:

La sola disposición del espíritu (de nuestro intelecto), hacia el bien no nos libra de la tentación. Todo creyente, por el Espíritu que habita en él, está dispuesto a favor del bien. De hecho el Espíritu de Dios y el espíritu del hombre se atraen, se desean. El salmista define esta atracción así: Mi corazón te oyó decir: Ven y conversa conmigo, pueblo mío. Y mi corazón responde: Ya voy Señor. (Salmo 27.8). Podemos notar que a la propuesta divina: ven y conversa conmigo, debe darse una respuesta consecuente: mi corazón responde. Sin embargo, aún concientes de nuestro deseo de buscar y agradar a Dios, a veces nos sorprendemos cuando descubrimos que hemos caído en la tentación del pecado, que nos hemos alejado y aún confrontado con el Señor. Tal el caso de Pablo que confiesa: Yo no me entiendo a mí mismo, porque quiero sinceramente hacer lo bueno, pero no puedo. Hago lo que no quiero hacer, lo que aborrezco. (Romanos 7.15)

Jesús se refiere a la tentación que es resultado de nuestra negligencia y/o desobediencia. La palabra periasmos, se traduce como tentación. Sin embargo, implica la distinción entre dos tipos de tentación: Uno, las pruebas con un propósito y efecto beneficioso (Cf. Lc 22.2u; 1 P 4.12); y, dos, las pruebas que tienen el propósito concreto de conducir a actuar mal, probando o retando a Dios, por parte del hombre (Cf. Lc 4.13; 1 Ti 6.9). Jesús se refiere a las pruebas del primer tipo, en las que, como consecuencia de nuestra negligencia (okneros, encogedor), no estamos en condiciones de superar la prueba.

Jesús establece que la tentación puede ser superada. Invita a Pedro a orar y velar, para que no te venza la tentación. Es decir, si velamos y oramos la tentación no nos vence. La exhortación a velar, gregoreo, significa mantenerse despierto, dar atención estricta a algo. De ahí que podamos establecer que el grado de nuestra actitud vigilante, así como la cantidad de oración requerida va en proporción directa con el tipo de tentación que enfrentamos. Para Jesús la diferencia la marcó una hora de oración. ¿Qué hubiera sucedido si Pedro y sus compañeros hubieran orado una hora?

La oración es el recurso indispensable para que podamos cumplir exitosamente nuestra misión en la vida.

Las tareas espirituales se realizan tanto individual como corporativamente. Lo uno no excluye a lo otro, tampoco lo sustituye. Necesitamos desarrollar una vida individual de oración: sistemática, profunda, con propósito. Pero, también necesitamos desarrollar una vida corporativa, congregacional, de oración que sea sistemática, profunda, con propósito. Sólo así podremos honrar a Dios en todo y salir victoriosos de cualquier circunstancia que enfrentemos.

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