El Espíritu nos Asegura que Somos Hijos de Dios

Romanos 8.14-17

 Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Tal nuestra convicción, tal nuestra confianza. En virtud de ello conviene considerar que la comprensión del qué, del cómo, de cuándo y del adónde, requiere, primero, de la convicción del quién. Cuestión toral, básica de la vida es saber quiénes somos. La conciencia de nuestra identidad, la capacidad para saber quiénes somos, a diferencia de quién hemos aprendido a ser, resulta una cuestión determinante en la comprensión del sentido, el propósito, de nuestra vida y la pertinencia de las relaciones que establecemos y la tareas que realizamos.

Sin embargo, sucede que las dinámicas relacionales en las que participamos desde antes de nuestro nacimiento contribuyen al desarrollo de una conciencia de identidad deformada. Bajo la influencia del pecado, las personas dejan de ser quienes en realidad son y se convierten en caricaturas de sí mismas. Son influenciadas negativamente por quienes tampoco tienen una conciencia sana acerca de su identidad. Se creen así ambientes enfermos, disfuncionales, pecaminosos. En estos, las personas se ven presionadas a ser lo que los demás han determinado y esperan que sean, aún cuando ello vaya en contra de la dignidad propia y contribuya a una espiral perversa en la que cada vez más se aleja uno de su verdadera identidad y vive confundido y desgastándose tratando de ser lo que no es.

De acuerdo con el Apóstol Pablo, las personas en tales circunstancia viven animadas por sus malos deseos. Estos no son, necesariamente, deseos perversos, sucios, inhumanos. Se trata de deseos equivocados animados por el temor. Quien no sabe quién es, vive dominado por el temor, por el miedo. El temor de no ser plenamente humano, digno y capaz de ser él mismo. También dominado por el temor de no ser apreciado y, consecuentemente, por el temor a sufrir emocionalmente ante la no aceptación y la violencia de quienes le presionan para que sea lo que ellos quieren que sea.

El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo sabe esto y actúa en nuestro favor. Para poder guiarnos y, sobre todo, para que nosotros podamos entender su guianza y seguirlo en la misma, empieza por lo primero. Da testimonio a nuestro espíritu, a nuestra mente, de que somos hijos de Dios. Que aquellos que hemos sido redimidos por Jesucristo, somos hijos de Dios y, por lo tanto, herederos suyos. Nuestra traducción asegura: el Espíritu nos convierte en hijos de Dios y nos permite llamar a Dios: ¡”Papá”!

Como sabemos, una de las acepciones de la palabra padre es: origen, principio. Nuestro ser está determinado por nuestro origen, por nuestro principio. Así, si nuestro genus es Dios, luego entonces, nuestra identidad resulta de Dios mismo. A este se refiere el Apóstol cuando asegura que el Espíritu nos convierte en hijos de Dios. En Jesucristo Dios nos ha regenerado, nos ha hecho de nuevo. Somos nuevas criaturas y todas las cosas que tiene que ver con nosotros son nuevas también. En el sentido de que dada nuestra novedad de vida podemos acercarnos de una manera diferente, empoderada, tanto a lo nuevo de la vida como a las cosas que pertenecen a nuestro pasado. Lo que esto significa es que nuestro pasado deja de tener el poder para determinar nuestro presente, al mismo tiempo que lo que desde lo que somos ahora podemos re dimensionar nuestro pasado y las consecuencias del mismo.

Desde luego, resulta difícil, cuando menos complicado, el aceptar esta capacidad y esta oportunidad inherentes a nuestra nueva vida. Por ello es, precisamente, tan necesaria e importante la obra del Espíritu Santo, el cual, asegura Pablo: se une a nuestro espíritu, y nos asegura que somos hijos de Dios. Da testimonió a nuestro espíritu, dicen otras versiones. Es decir, nos da pruebas de que, en verdad, somos hijos de Dios.

Que, ¿cómo lo hace? De acuerdo con el contexto se trata de un diálogo de Espíritu a espíritu, mismo que se traduce en una convicción interior. En un pensamiento gobernante. La Biblia describe tal pensamiento gobernante como la paz de Dios que protege el corazón y el entendimiento de los que ya son de Cristo. Filipenses 4.7

Pero, hay más. De acuerdo con nuestro pasaje, como somos sus hijos, tenemos derecho a todo lo bueno que él ha preparado para nosotros. Obviamente, el pasaje no se refiere, primero a cosas, sino a las características que nos distinguen como hijos de Dios. A nuestra condición de seres dignos, merecedores del aprecio y del respeto, de nosotros a nosotros mismos, y del de los demás. A nuestra capacidad para ser co creadores con Dios de aquello que nos compete. Y, desde luego, al derecho a ejercer responsablemente nuestra condición de seres libres, ínter dependientes, pero autónomos de los demás.

Somos hijos de Dios. Somos personas dignas, capaces y libres. Podemos, entonces, hacer la vida de manera diferente a como la hemos hecho estando en la esclavitud del pecado. Podemos ser nosotros mismos, trazar nuestros propios objetivos y caminar con quienes los complementan mutuamente. Si escuchamos con atención lo que Dios susurra a nuestro espíritu. Si entendemos lo que su Palabra nos revela. Si sabemos discernir los acontecimientos que vivimos. Si hacemos todo esto, creyendo que somos hijos de Dios, podremos, entonces, vivir plenamente la novedad de vida a la que hemos sido llamados en Cristo Jesús. Así es que podemos comprobar la verdad contenida en la promesa: Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan. (Romanos 8:28 TLA)

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One Comment en “El Espíritu nos Asegura que Somos Hijos de Dios”

  1. José Rene Says:

    Gracias! Muy edificante y el Espíritu Santo hablo a mi corazón reafirmando mi identidad de hijo, bendecidos!


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