Es Mejor Ser Dos Que Uno

Eclesiastés 4.9-11

 

Uno pensaría que de la familia es de quienes uno recibe la mayor simpatía y apoyo incondicional. La verdad, como lo hemos comprobado una y muchas veces, no siempre es así. En la vida enfrentamos situaciones en las que la cercanía familiar es un impedimento en sí misma para el compartir los retos, las dificultades y, aún, no pocas de las alegrías que la vida nos depara. Quizá ello se deba al hecho de que, aunque familia, no siempre, con razón o sin ella, nos sentimos en la libertad y la confianza de ser nosotros mismos.

Poder ser nosotros mismos para enfrentar nuestras ideas y sentimientos respecto de las cosas fundamentales de la vida. Poder ser nosotros mismos para tomar las decisiones que nos parecen apropiadas y actuar en consecuencia. Poder ser nosotros mismos cuando disfrutamos nuestros éxitos y, mucho más, cuando tenemos que enfrentar nuestros fracasos y temores. En fin, ser nosotros mismos es una tarea que no puede ser llevada a cabo si vamos solos por la vida.

Pero, como se trata de ser nosotros mismos y no lo que otros quieren que seamos, no siempre son las compañías naturales, aquellas que la vida nos impone sin tomar en cuenta nuestra opinión, las adecuadas para nuestro caminar vital. Así cómo para ser nosotros mismos elegimos nuestras creencias, nuestros valores y nuestras prioridades, así se hace necesario que elijamos a nuestros compañeros de camino. Cuando lo hacemos, les llamamos amigos.

Establecemos con ellos una peculiar y distintiva conexión. Decidimos amarlos, decidimos confiar en ellos, decidimos serles leales y, sobre todo, decidimos darles autoridad para que sean nuestros espejos. Sí, amigo es aquel en quien podemos vernos con la honestidad de quien se mira al espejo en la intimidad y no se avergüenza de lo que está mirando.

Amor, confianza, lealtad, autoridad y honestidad son los valores constitutivos de las relaciones de amistad. Ninguno de tales valores cae del cielo. Se construyen, se cultivan, se apuntalan cuando las circunstancias quieren echarlos abajo. Tal proceso inicia cuando, de alguna manera, los interesados se expresan mutuamente el interés por compartir la vida bajo el principio de la amistad. Tal interés deviene en compromiso, mismo que se convierte en el factor subyacente que sostiene la amistad.

Por ello es que resulta tan conveniente no depender, en cuestiones de amistad, de meras suposiciones. Es mejor ser explícitos y estar dispuestos a establecer compromisos, pautas y condiciones para el establecimiento y el cultivo de las relaciones entre amigos. Tal como lo hicieron David y Jonatán o Noemí y Rut. En el caso de los primeros, acordaron amarase el uno al otro como a sí mismos. Y en el caso de las mujeres acordaron presentar un frente común ante la vida y caminar juntas hasta el final del camino.

Amigos así son los que necesitamos. A los que podemos amar como nos amamos a nosotros mismos y de los que nos sabemos amados de la misma manera: incondicional, permanente y trascendentemente. Amigos a los que sabemos compañeros del camino, fieles en los tramos de luz, pero también en los tramos oscuros de la vida. Compañeros a los que los inicios no les resultan suficientes pues quieren compartir la travesía entera y sólo separarse cuando esta se haya acabado. Desde luego, no nos resulta del todo difícil optar por tal modelo de amistad porque así es como somos amados por nuestro Señor Jesús. Se trata, entonces, de que prestemos atención al hecho de su amistad, a su presencia constante que se traduce en aprecio a nosotros mismos, fortaleza y confianza para enfrentar los retos de la vida.

Amigos así son una bendición en la vida. Son, precisamente, los amigos por los que hoy damos gracias a Dios y para quienes pedimos la bendición divina. Se trata de quienes han decidido y se han empeñado en amarnos, de aquellos que nos dicen nuestras verdades como si nos dijeran que está lloviendo. Son aquellos que sin preguntar, saben lo que nos pasa. En fin, hoy celebramos y agradecemos a los que siempre están, aún sin estar presentes.

A ellos los bendecimos con la bendición de Aarón: Que el Señor te bendiga y te proteja; que el Señor te mire con agrado y te muestre su bondad; que el Señor te mire con amor y te conceda la paz. Amén.

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