¿Casada con Peter Pan?

El reclamo más frecuente que escucho de esposas en situación de crisis es: mi marido no me deja ser yo misma. Si no soy o hago como él quiere, me manipula, me agrede, me chantajea para que sea como y quien él quiere que sea. No pocas terminan asegurando: es un macho. Sin dejar de lado el hecho de que las causas de los conflictos de pareja son multifactoriales, alimentados tanto por el hombre como por la mujer, ocupémonos aquí de la expresión más perfecta de la inmadurez masculina, el machismo.

El machismo, esa actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres, tiene tanto una razón espiritual como una sicológica. Respecto de la primera, el machismo evidencia la pérdida de la identidad primaria con la que el ser humano ha sido creado. Como deja de ser a imagen y semejanza de Dios, se convierte en caricatura de sí mismo. La pérdida de sus valores fundamentales: la dignidad, la integridad y la libertad, lo llevan a vivir y a actuar animado por sus temores. Al no tener conciencia de quién es, resulta incapaz de relacionarse en condiciones de igualdad, aprecio y respeto con sus semejantes, principalmente con las mujeres. Génesis 3.16-19 Ello nos lleva a la razón sicológica: quien no sabe quién es, cuál su propósito en la vida y cómo relacionarse con sus semejantes, se vuelve vulnerable sicológica y emocionalmente. Incapaz de reconocer y administrar adecuadamente sus patrones de pensamiento y sus emociones, sólo puede establecer relaciones codependientes que le ofrecen el seudobeneficio del ocultamiento de sus temores y del pretendido control de sus relaciones. Propiciando así una falsa sensación de seguridad.

La Biblia, que nos revela el carácter de Dios y hace evidente el carácter de los hombres, nos ayuda a identificar las expresiones más comunes del machismo, así como sus consecuencias. Vayamos al encuentro de algunos hombres del pasado con los que muchos de los hombres del Siglo XXI podríamos identificarnos.

Nuestro primer personaje es Nabal, el necio.  Nabal representa bien la vertiente de la inmadurez masculina que se traduce en el control por medio del poder y de la violencia. El escritor bíblico nos presenta a este personaje como un hombre poderoso, muy rico, temido, quizá viejo pues sus riquezas y poder no corresponden a las de un hombre joven y, sobre todo, grosero y mezquino en todos sus asuntos. NTV Casado con una mujer, con toda probabilidad más joven que él y sujeta a la condición de las mujeres de esa época y cultura: dependiente del marido, casi su propiedad y aislada del auxilio y cuidado de su familia parental.

El diccionario define el término mezquino como: Pequeño, diminuto. Pobre, necesitado, falto de lo necesario. Desdichado, desgraciado, infeliz. Conviene destacar dos de estas acepciones: falto de lo necesario y desdichado. Los hombres que recurren a su poder y a la violencia como los elementos primarios de la relación con su esposa, son, generalmente, hombres faltos de lo necesario y desdichados. Hay en su historia personal vacíos existenciales que les producen desdicha. Quizá ellos mismos sufrieron abusos, el más doloroso, el del abandono. Aprendieron que valían en tanto podían y tenían. Así que no les es suficiente con poder y tener, sino que necesitan relacionarse con la esposa haciéndole ver que ella ni puede, ni tiene. Por lo tanto, en lo que la esposa no puede y no tiene, encuentran la oportunidad para sentirse completos, para sentirse hombres.

Lo que no pocos hombres, herederos del espíritu de Nabal, descubren tarde o temprano, es que sus mujeres son más fuertes de lo que parecen. Y que, dado lo que han sembrado en ellas, corren el riesgo del tiempo en el que Dios hará justicia.

Acab, rey de Samaria, es de los machos que manipulan haciéndose víctimas. Por lo general, se trata de hombres que han sido criados por madres sobreprotectoras. Han aprendido a ser los reyecitos de la familia. Tardan en aprender a hablar porque Mamá y los otros adivinan lo que quieren, lo que necesitan. Así, aprenden que su papel es mostrar su necesidad, de la manera más dramática posible, y esperar a que la mujer a cargo se ocupe de satisfacerlos.

Acab quería un terreno, él era el rey de Samaria, no era un hombre justo así que no tenía limitaciones para el ejercicio arbitrario de su poder. Pero, en tratándose de resolver sus problemas, dependía de su mujer. La motivaba haciendo berrinches: regresó a su casa enojado y de mal humor… se acostó de cara a la pared y no quiso comer. 1 Reyes 21.4 Fijémonos que Acab no renunció a su intención de obtener el terreno deseado. Se valió de su mujer para que ella lo obtuviera para él. Desde su debilidad, Acab enganchó a la rescatadora que había en Jezabel. Ella le dijo: ¿Acaso no eres tú el Rey de Israel? Levántate y come algo, no te preocupes por eso. ¡Yo te conseguiré el viñedo de Nabot! Uno podría criticar a Jezabel y acusarla de ser perversa, pero el hecho es que Acab era hábil para manipular y para lograr estudiadamente su propósito. Estaba conciente de su poder ante Jezabel, había aprendido a manipularla y se sentía con el derecho de hacerlo porque se acercaba de manera prepotente a ella.

Los hombres como Acab buscan relacionarse con mujeres fuertes de carácter, osadas y hasta atravesadas. Buscan controlarlas victimizándose a sí mismos, pero, tarde o temprano descubren que la manipulación que hacen de su mujer se revierte en contra de ellos. Que, al final de cuentas, son ellos los que terminan bajo la influencia de su mujer. Desatando, así, una cadena sin fin de deshonra y desgracias familiares.

Jacob es otra clase de macho, se trata del macho complaciente. Estaba casado con dos mujeres, mismas que eran hermanas. Debe haber sido la suya una dinámica conyugal muy compleja y desgastante. Lea y Raquel tenían pleitos frecuentes, como hermanas y como esposas competían entre sí. Un día, Rubén, hijo de Lea, encontró mandrágoras en el campo. Cuando Raquel lo supo creyó que, si las comía, sus problemas desaparecerían. Siendo estéril por decisión divina, vio en las mandrágoras la oportunidad de despertar su fertilidad, o cuando menos, de evadirse de su realidad drogándose. Así que negocia con Lea. Al final, a cambio de las mandrágoras, Raquel la deja dormir con Jacob. Lea no lo piensa y acepta el trato. Acecha a Jacob cuando este regresa del campo y le advierte: pagué por ti con algunas mandrágoras que encontró mi hijo. Jacob, complaciente, duerme con ella y le hace un hijo más. Todos felices.

Harto de los pleitos de sus mujeres, Jacob les pierde el respeto y actúa de manera complaciente con ellas. No hace lo que es propio de su condición de esposo, ni lo que conviene o resulta oportuno. Manipula a su familia volviéndose tolerante, permisivo. Le da igual lo que pase. Lo único que le interesa es su propia tranquilidad y, por lo tanto, usa su poder para evadir su responsabilidad.

En nuestros días crece el número de los hombres que ante los conflictos familiares se evaden, se encierran en sí mismos, recurren al alcohol o a otras drogas, se hacen infieles, se van a casa de mamá. Se trata de los hombres conscientes de su condición de cabeza de la mujer, de jefes de la familia. Pero, de hombres que renuncian a su liderazgo conyugal y paternal. No les importante poner en riesgo a los suyos, porque lo único que ansían es sentirse bien, estar tranquilos. Abusan de su mujer e hijos desentendiéndose de ellos.

Se aíslan, porque pueden. Dan menos dinero o dejan de darlo, porque pueden. Abandonan a la esposa y a los hijos, porque pueden. En este contexto, la evasión, el dejar de estar comprometido, es una expresión del poder de hombres enfermos, de hombres machos.

Hace poco leí que la mayoría de los hombres que llegan a edades avanzadas mueren con cáncer de próstata, aunque no todos mueren por el cáncer de próstata. Traigo esta a colación, porque es muy probable que todos los hombres muramos siendo machos. Lo que no significa, necesariamente, que el cómo de nuestra vida esté necesariamente determinado por tal actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. Es decir, aunque inoculados con el germen del machismo no tenemos que ser, ni actuar, como machos. También en esta área de nuestras vidas podemos vestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4.17ss

El primer paso a seguir consiste en la aceptación de nuestra condición de machos y en la identificación del modo en que expresamos y ejercemos nuestro machismo. Abrir la puerta a la posibilidad de considerarnos machos, nos ilumina nuestro entendimiento y nos permite identificar las causas y los disparadores de nuestras actitudes y conductas machistas. Obviamente, este es un paso doloroso y que requiere de que seamos humildes, dispuestos a reconocer nuestras debilidades y faltas. Ningún hombre debería meterse a nadar en tales aguas si no lleva el salvavidas de su comunión personal con Cristo. De ahí la necesidad de abundar en nuestra relación con él, del darnos la oportunidad y el tiempo para la práctica de la oración, de la lectura y el estudio de la Palabra y del fortalecimiento de nuestras relaciones con otros hombres, nuestros hermanos en la fe.

El segundo paso tiene que ver con el arrepentimiento y la conversión. Se trata de, una vez aceptada nuestra condición de machos e identificados los modelos machistas que seguimos, pidamos perdón a Dios por nuestras faltas y nos propongamos volver al camino de la justicia, la santidad y la verdad, propio del hombre nuevo. En esta etapa también necesitamos ayuda, sobre todo, orientación, consejo y una disposición para atender aquello que se nos indica y/o propone.

El tercer paso es el de la restitución. Los dos primeros pasos no involucran necesariamente ni a nuestra esposa, ni al resto de nuestra familia. El de la restitución sí lo hace. Nuestro machismo ha ido privando a los nuestros de aquello que les es propio, que les pertenece: aprecio, respeto, apoderamiento. Además, los hemos cargado de cosas que les impiden ser ellos y alcanzar su plena realización: amargura, inseguridad, culpa, automenosprecio, etc. Restituir es: Volver algo a quien lo tenía antes. Restablecer o poner algo en el estado que antes tenía. El machismo destruye, despoja, lastima. Como machos hemos destruido, robado y lastimado a nuestra esposa e hijos, así como al resto de nuestros familiares. No basta, entonces, con que nos sintamos mal por ello, ni siquiera con que pidamos perdón sinceramente. Debemos dar lo que tomamos indebidamente y restablecer aquello que contribuimos a destruir.

Desde luego, el machismo no puede ser superado ni con un sermón, ni con un momento emocionado de arrepentimiento y propósito. El de la superación del machismo es un camino que hay que recorrer día a día y circunstancia en circunstancia. Pero no por difícil, costoso y doloroso, es menos posible. Hay esperanza para los machos que quieren dejar de actuar como tales. Es esta nuestra fe, nuestra convicción y nuestra exhortación. Por ello animo a los hombres interesados en vivir dignamente, a que se revistan del hombre nuevo. Así, con la ayuda de Dios podrán ser la clase de líderes que sus familias necesitan y encontrarán la paz, el contentamiento y la fortaleza que tanto anhelan. De nosotros, hombres fieles, depende que nuestras esposas dejen de estar casadas con Peter Pan, y descubran el amor de un hombre de verdad.

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